La noche en que Galveston desapareció bajo el mar: la crónica del desastre meteorológico que transformó a Estados Unidos - News

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La noche en que Galveston desapareció bajo el mar: la crónica del desastre meteorológico que transformó a Estados Unidos

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El 8 de septiembre de 1900, la ciudad costera de Galveston, Texas, vivió el episodio más mortífero en la historia de los desastres naturales de Estados Unidos.

Hasta esa tarde, la localidad no era solo un asentamiento costero; se erigía como el puerto más activo del estado de Texas, el tercero más grande a nivel nacional y un núcleo financiero más próspero que Houston y San Antonio.

Con una población de 37.000 habitantes y un volumen de exportación de algodón que rivalizaba directamente con Nueva Orleans, la vida transcurría entre las mansiones victorianas de la avenida Broadway y el incesante movimiento de mercancías con destino al continente europeo y al Caribe.

Sin embargo, toda esta estructura económica y urbana reposaba sobre una geografía vulnerable: una isla barrera de 43 kilómetros de largo, sin elevaciones naturales y con un promedio de apenas 2.5 metros de altitud sobre el nivel del mar, carente de muros de contención o de un sistema de drenaje diseñado para marejadas de gran escala.

La confianza colectiva de la población se fundamentaba en seis décadas de experiencia frente a tormentas menores y en los 14 años de calma transcurridos desde el último huracán relevante en 1886, un factor que convirtió la percepción del riesgo en una teoría distante.

A las 08:00 horas del 6 de septiembre, dos días antes del impacto principal, el meteorólogo Isaac Cline, director del Servicio Meteorológico local, abrió la oficina del organismo registrando una temperatura de 28 grados Celsius y un mar aparente en calma.

En su escritorio descansaba un telegrama emitido desde Cuba que advertía sobre un ciclón tropical en desplazamiento hacia el noroeste del Caribe.

Al verificar que el barómetro se mantenía en niveles habituales y ante las limitaciones operativas de la época —donde las alertas viajaban por telégrafo con horas de retraso y sin el soporte de imágenes satelitales o radares—, Cline redactó un boletín que anticipaba únicamente lluvias y vientos moderados para las siguientes 48 horas.

La recomendación oficial se emitió en concordancia con un análisis científico publicado por el propio Cline en 1891, donde afirmaba que la configuración geográfica del golfo de México hacía extremadamente improbable que un huracán destruyera la ciudad.

 

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Las señales previas continuaron manifestándose en la actividad cotidiana del puerto. Durante la tarde del 6 de septiembre, tras regresar de una jornada en altamar, el pescador Thomas Scurry conversó con el encargado del Ritter Café mientras consumía una bebida caliente.

Ante la pregunta de cómo había estado la jornada de pesca, Scurry señaló: “El mar se siente diferente; el agua está inusualmente cálida y las olas parecen moverse con un ritmo extraño, como si una fuerza invisible las empujara desde muy lejos”.

Este testimonio, representativo de los efectos iniciales de la marejada ciclónica en mar abierto, no llegó a integrarse en los reportes oficiales ni modificó las previsiones institucionales.

Al amanecer del 7 de septiembre, el barómetro mostró un descenso apreciable.

Cline emitió un nuevo aviso recomendando precaución para las actividades marítimas y caminó hacia la costa para inspeccionar la franja marina, observando la presencia habitual de familias y comerciantes en la playa.

No obstante, en la noche previa, el ciclón había impactado territorio cubano el 4 de septiembre con vientos sostenidos de 215 kilómetros por hora (categoría 4), para posteriormente realizar un giro inusual hacia el oeste internándose en aguas cálidas del golfo de México, lo que le permitió incrementar su intensidad hasta alcanzar vientos superiores a los 200 kilómetros por hora.

Esta información sobre la trayectoria e intensidad real permaneció fragmentada entre diversas oficinas meteorológicas sin coordinarse a tiempo para ordenar una evacuación generalizada.

El sábado 8 de septiembre a las 06:00 horas, el barómetro de la oficina meteorológica registró 964 milibares, reflejando una caída de 32 milibares en menos de 24 horas.

Cline caminó hacia la costa, constatando vientos intensos del sureste y olas de casi 2 metros de altura que comenzaban a invadir la franja terrestre.

Al regresar, redactó un reporte de emergencia advirtiendo del impacto inminente de un huracán e indicando a la población resguardarse en estructuras sólidas.

No obstante, el periódico local Galveston Daily News no publicaba ediciones los domingos, por lo que el aviso no se difundió a tiempo. Los intentos de transmisión telegráfica hacia Houston y Nueva Orleans sufrieron interrupciones por la saturación de las líneas.

 

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A las 09:00 horas del mismo día, el agua comenzó a penetrar en los barrios de menor altitud. En la calle Tremont, el residente William Mercer observó la acumulación de agua a la altura de los tobillos en la entrada de su vivienda.

Tras colocar toallas para frenar el flujo, Mercer se dirigió a su esposa e hijos expresando: “Vamos a subir los muebles al segundo piso; esto va a pasar en unas horas”.

Durante las horas siguientes, Mercer y su familia trasladaron sus pertenencias a la planta alta, una medida adoptada simultáneamente por cientos de familias en la zona.

A las 11:00 horas, el nivel del agua en las calles alcanzaba la altura de las rodillas. Para el mediodía, un telegrama urgente procedente de la oficina central de meteorología en Washington confirmó la llegada inminente de un huracán de gran intensidad a la costa de Texas.

Al intentar coordinar medidas de evacuación masiva con la alcaldía y los servicios policiales, Cline constató que las oficinas municipales se encontraban cerradas por ser día domingo y que la mayoría de los funcionarios permanecían resguardados en sus hogares.

Al regresar a su residencia, donde se encontraban su esposa Cora, sus tres hijas y su cuñado, Cline observó que la vía pública estaba inundada e indicó a su familia subir al segundo piso portando suministros básicos

. Cuando su esposa le preguntó si aún era posible evacuar la isla, el meteorólogo respondió: “Ya es tarde; vamos a quedarnos aquí, esta casa es sólida”.

A las 14:00 horas del 8 de septiembre, los vientos alcanzaron los 160 kilómetros por hora, provocando el desprendimiento de las estructuras de madera, techos y fachadas de las viviendas tradicionales construidas con pino.

La marejada ciclónica inundó el primer piso de casi la totalidad de las construcciones en las zonas bajas, cortando las vías de comunicación terrestre y colapsando los puentes que unían la isla con el continente.

A las 16:00 horas, la velocidad del viento registró marcas de 233 kilómetros por hora, momento en el cual la ciudad quedó incomunicada al destruirse las líneas telegráficas.

 

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Entre las 16:00 y las 22:00 horas, la marejada y los vientos destruyeron de manera progresiva la infraestructura urbana.

Las corrientes de agua alcanzaron velocidades de desplazamiento de hasta 30 kilómetros por hora en la red vial inundada.

Durante el punto crítico del evento, la residencia de William Mercer colapsó por completo al desprenderse su estructura superior a las 18:00 horas, provocando la muerte de su esposa y sus dos hijos; Mercer sobrevivió al mantenerse aferrado a una viga de madera hasta ser arrastrado hacia un edificio de ladrillo en el centro de la ciudad.

Por su parte, la vivienda de Isaac Cline colapsó durante la noche, evento en el que falleció su esposa Cora; Cline y sus tres hijas lograron mantenerse a flote sobre restos de madera hasta que la intensidad del viento disminuyó pasadas las 22:00 horas.

Al amanecer del 9 de septiembre, la avenida Broadway y las zonas costeras se encontraban cubiertas por restos de mampostería, madera y embarcaciones arrastradas por el mar.

Años después de la catástrofe, Isaac Cline analizó el colapso de los sistemas de previsión de la época en sus memorias oficiales, registrando la siguiente conclusión:

“La ciudad confiaba en la palabra de la ciencia y la ciencia confiaba en la ausencia de precedentes. No teníamos los datos, no teníamos la tecnología, no teníamos el tiempo”.

Tras el impacto del huracán de 1900, las autoridades locales y federales ejecutaron obras de ingeniería para la protección de la isla. Entre 1902 y 1904 se inició la construcción de un muro de contención marítimo (seawall) frente al golfo de México con más de 5 metros de altura.

Adicionalmente, durante un proceso de reingeniería urbana que se extendió por varios años, se elevó la cota del suelo de la ciudad modificando la base topográfica de más de 500 manzanas mediante el bombeo de arena y sedimento marino, redefiniendo la infraestructura de Galveston para el siglo XX.

 

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