Los secretos ancestrales y la transformación hidráulica del Lago de Texcoco: de la prehistoria al Imperio Mexica - News

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Los secretos ancestrales y la transformación hidráulica del Lago de Texcoco: de la prehistoria al Imperio Mexica

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Bajo la estructura urbana de la actual Ciudad de México yace una de las cuencas hidrológicas y bioarqueológicas más complejas y determinantes del continente americano: el antiguo Lago de Texcoco.

Formado hace millones de años a raíz del hundimiento de placas tectónicas y la actividad geológica del Eje Neovolcánico, este cuerpo de agua dio origen a una cuenca endorreica o cerrada en el Valle de México.

Alimentada por los ríos que descendían de las montañas circundantes, la cuenca albergó un vasto sistema lacustre integrado por los lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco.

Mientras que los cuerpos de agua situados al sur —Xochimilco y Chalco— eran de agua dulce, Texcoco, Zumpango y Xaltocan presentaban aguas salobres, un factor determinante que llevó a las primeras poblaciones a desarrollar técnicas de extracción de sal mediante la evaporación.

El poblamiento de la cuenca se remonta a miles de años atrás, como lo constatan los vestigios arqueológicos hallados en Tlapacoya, correspondientes a comunidades de cazadores-recolectores, pescadores y nómadas.

Con el tiempo, la región dio testimonio de asentamientos humanos fundamentales para la comprensión de la prehistoria americana.

Entre los hallazgos fósiles destaca el denominado “Hombre de Tepexpan”, descubierto en 1947 por el arqueólogo Helmut de Terra en la antigua ribera del lago, junto a restos de mamuts.

A pesar de la atribución inicial que hizo la revista Time, presentándolo como “el soldado mexicano más antiguo”, análisis posteriores de isótopos de uranio realizados por la doctora Silvia González, geoarqueóloga de la Universidad John Moores de Liverpool, determinaron que el esqueleto posee una antigüedad aproximada de 4,700 años y pertenece, en realidad, a una mujer.

El cuerpo fue hallado en posición decúbito ventral, con los brazos recogidos bajo el pecho y las piernas retraídas, habiéndose hundido en el lodo del lecho lacustre en una época en que el cuerpo de agua era profundo, rodeado de bosques y abundante fauna acuática.

De igual relevancia es la llamada “Mujer del Peñón”, un cráneo paleoindio hallado en 1959 en el Peñón de los Baños —un antiguo islote rocoso cerca de las riberas del lago, ubicado en la actual alcaldía Venustiano Carranza— a pocos metros de donde hoy se ubica el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Las dataciones de radiocarbono ejecutadas por la doctora González asignaron a este fósil una antigüedad de 10,750 años, posicionándola como la presencia humana femenina más antigua registrada en territorio mexicano.

La especialista sostuvo además que, debido a las características morfológicas del cráneo, el ejemplar guarda un parentesco genético con el pueblo Pericú de la península de Baja California.

Los descubrimientos paleontológicos en la cuenca continuaron transformando las nociones científicas sobre las técnicas de subsistencia prehistóricas.

En 2019 se confirmó el hallazgo de 824 huesos correspondientes a un número mínimo de 14 mamuts pertenecientes al Pleistoceno, atrapados en dos trampas excavadas artificialmente hace 15,000 años.

Ante este hito, Pedro Francisco Sánchez Nava, coordinador nacional de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), explicó las implicaciones del descubrimiento: “El descubrimiento de un contexto inédito de cacería de mamuts representa un punto de inflexión sobre lo que hasta ahora imaginábamos fue la interacción de bandas de cazadores-recolectores con estos enormes herbívoros.”

El arqueólogo añadió que la evidencia modifica la narrativa previa sobre la captura circunstancial de fauna pesada: “Este descubrimiento cambió la noción azarosa y eventual que los libros de texto presentan sobre la caza del mamut por una más confiable y frecuente.

Hasta ahora se había creído que los hombres prehistóricos atacaban a los mamuts principalmente cuando se empantanaban, y con este hallazgo se comprueba que también eran cazados con una técnica surgida del ingenio del ser humano.”

Complementariamente, estudios genéticos realizados por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e investigadores del INAH sobre restos fósiles extraídos en las obras del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) en Santa Lucía, Zumpango, aportaron nueva luz sobre la biodiversidad del periodo.

El genetista Federico Sánchez V., integrante del equipo de investigación, indicó que los análisis de ADN mitocondrial permitieron identificar características inéditas en los mamuts colombinos del centro de México en comparación con los especímenes estudiados en Canadá y Estados Unidos.

“Los análisis revelaron al menos dos corrientes migratorias del mamut colombino en el continente americano y que en la Ciudad de México vivieron en un mismo lugar varios ejemplares de diferentes linajes,” señaló el genetista, destacando la presencia de tres subclados genéticos con ancestros comunes procedentes de distintas épocas en un mismo entorno geográfico.

Con la llegada del periodo Preclásico mesoamericano (aproximadamente entre el 2500 a.C. y el 200 d.C.), época marcada por el desarrollo de la alfarería y la consolidación de la agricultura, el ecosistema lacustre de Texcoco sirvió de asentamiento para importantes centros poblacionales.

En el margen noroeste surgieron aldeas agrícolas como Tlatilco, El Arbolillo y Zacatenco, relacionadas culturalmente con tradiciones cerámicas del occidente mesoamericano y atribuidas filogenéticamente a grupos otomangueanos.

La cultura de Tlatilco (2500 a.C. – 500 a.C.) destacó por sus técnicas alfareras de influencia olmeca, prácticas de deformación craneal y mutilación dentaria, viviendo en asentamientos donde la vestimenta e ideogramas aún no se desarrollaban, recurriendo a la pintura corporal roja.

En el extremo sudoeste de la cuenca, en las inmediaciones del lago de Xochimilco, floreció el centro cívico-religioso de Cuicuilco entre el 800 a.C. y el 250 d.C., contemporáneo a la civilización olmeca.

Cuicuilco contaba con una compleja estratificación social y edificaciones monumentales como su pirámide circular.

Sin embargo, la erupción del volcán Xitle hacia el año 200 d.C. sepultó la ciudad bajo capas de lava de hasta 30 metros de espesor en un radio de 20 kilómetros, obligando a un desplazamiento masivo.

Aproximadamente el 75% de la población desplazada se reasentó al noreste de la cuenca en Teotihuacán, impulsando su rápida transformación de una red de pequeñas aldeas a la metrópoli rectora del periodo Clásico (siglos I a VII d.C.), que monopolizó la explotación de la obsidiana de la sierra de Guadalupe e influyó en regiones distantes como Monte Albán, El Tajín, Kaminaljuyú, Tikal y Copán.

El colapso de Teotihuacán a mediados del siglo VI d.C., propiciado por insurrecciones sociales y crisis agrícolas derivadas de severas sequías y deforestación, desencadenó reordenamientos poblacionales en torno al lago.

Habitantes de Teotihuacán y grupos nómadas chichimecas de habla náhuatl procedentes del norte migraron hacia las riberas, fundando y poblando señoríos como Culhuacán, Azcapotzalco, Portesuelo, Chimalhuacán y Tenayuca.

La posterior convergencia étnica dio paso al desarrollo de la cultura tolteca a partir del siglo IX d.C.

Fue precisamente en este contexto del siglo IX cuando comenzó a perfeccionarse en las zonas bajas del lago de Texcoco y los lagos dulces del sur la tecnología agrícola de las chinampas.

Este sistema de modificación hidráulica permitía ganar terreno cultivable al agua mediante la colocación de estacas de ahuejote en los fondos someros, sosteniendo entretejidos de tule (petates) sobre los cuales se vertía limo extraído del lecho del lago.

Con el arraigo de las raíces de las estacas, las parcelas se consolidaban como islas artificiales de alta productividad, capaces de obtener hasta siete cosechas anuales de maíz, calabaza, frijol, chile, jitomate y amaranto de manera independiente a las precipitaciones pluviales. Las chinampas más antiguas registradas formalmente corresponden al año 1000 d.C. en Culhuacán, en la península de Iztapalapa.

La llegada definitiva de los mexicas al Valle de México redefinió la geografía del lago. Tras ser expulsados del dominio de Culhuacán producto de un conflicto desencadenado por el sacrificio ritual de una princesa culhua, los mexicas presenciaron la señal profética transmitida por Huitzilopochtli —un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente— en un islote pantanoso dentro del Lago de Texcoco, donde fundaron México-Tenochtitlan en el año 1325.

Inicialmente supeditados al señorío de Azcapotzalco, gobernado por Tezozómoc, los mexicas recibieron a su primer tlatoani, Acamapichtli, procedente de la dinastía de Culhuacán, quien gobernó desde la década de 1370 hasta 1387, iniciando la expansión territorial y el pago de tributos mediante la explotación intensiva de los recursos del lago.

A fin de abastecer a una población urbana en constante crecimiento, las obras de infraestructura hidráulica se aceleraron. En 1426, el tlatoani Chimalpopoca obtuvo la autorización de su abuelo Tezozómoc para canalizar agua dulce desde los manantiales del cerro de Chapultepec.

La construcción del acueducto prehispánico de Chapultepec conectaba el cerro con la calzada de Tacuba para conducir el recurso directamente a Tenochtitlan, trazado que posteriormente sufrió modificaciones estructurales tras la conquista de Tlatelolco en 1473 para ampliar el caudal.

Uno de los hitos de ingeniería más significativos de la América precolombina se materializó hacia 1449 con la edificación del Albarradón de Nezahualcóyotl, ideado por el tlatoani de Texcoco, el poeta, arquitecto y urbanista Nezahualcóyotl (1042-1472), a quien el historiador Francisco Javier Clavijero denominaría “el Solón del Anáhuac”.

Construido bajo el gobierno de Moctezuma Ilhuicamina con mano de obra proveniente de pueblos sometidos, el dique abarcaba una extensión de norte a sur entre Atzacoalco y el Peñón de los Baños.

La estructura de piedra volcánica, arcilla, arena y madera dividió al cuerpo de agua en dos sectores diferenciados: el oriental, que contuvo las aguas salobres de Texcoco, y el occidental, alimentado por el trasvase de agua dulce proveniente de los lagos de Xochimilco y Chalco.

La separación química y el control de niveles permitieron mitigar inundaciones recurrentes e incrementar el desarrollo de chinampas a gran escala, algunas de hasta 90 metros de longitud por 10 de ancho (900 metros cuadrados por unidad).

A pesar de los avances técnicos, la cuenca no estuvo exenta de contingencias. En 1499, bajo el reinado del tlatoani Ahuízotl, la desviación del manantial Acuexcomatl desde Coyoacán hacia Tenochtitlan colapsó la capacidad de flujo del acueducto.

Pese a las advertencias previas sobre el volumen hídrico, la inauguración de la obra —festejada con ceremonias rituales a lo largo del trayecto— provocó una severa inundación que elevó el nivel del Lago de Texcoco, anegando viviendas e instalaciones cívicas y forzando la evacuación temporal de los habitantes.

Hacia principios del siglo XVI, México-Tenochtitlan se erigía como una metrópoli insular conectada a tierra firme mediante tres grandes calzadas de mampostería: la calzada de Tepeyac al norte (actual Calzada de los Misterios), la calzada de Tlacopan al oeste (actual Calzada México-Tacuba) y la calzada de Iztapalapa al sur (actual Calzada de Tlalpan y Avenida San Antonio Abad), la cual se bifurcaba hacia Coyoacán y Mexicaltzingo a la altura del islote de Xólotl.

La densidad poblacional de la capital mexica alcanzaba entre 150,000 y 300,000 habitantes hacia el año 1500, cifra que superaba ampliamente a los principales centros urbanos europeos de la época, como Granada (70,000 habitantes), Sevilla (55,000), Valencia (50,000) o Madrid (15,000), situándose al nivel de grandes metrópolis globales como París, que albergaba a 225,000 personas.

El impacto visual de la arquitectura lacustre quedó registrado en la crónica de la conquista redactada por Bernal Díaz del Castillo, quien en 1519 describió el asombro de las tropas españolas al contemplar el sistema urbano sobre el agua:

“Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua y en tierra firme otras grandes poblazones y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que se cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto.  Y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.  Y no es de maravillar que yo lo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos.”

La geografía que garantizó la defensa y la productividad de Tenochtitlan terminó actuando en su contra durante el conflicto bélico de 1520 a 1521.

Tras la retirada española en el episodio conocido como la Noche Triste, Hernán Cortés estructuró una estrategia de aislamiento militar aprovechando la condición insular de la ciudad.

Con el respaldo de diversos pueblos indígenas del valle hostiles al dominio mexica, los conquistadores construyeron 12 bergantines en el sector oriente del lago.

Para ingresar al cuerpo occidental y cercar Tenochtitlan, las fuerzas españolas destruyeron tramos del Albarradón de Nezahualcóyotl, interrumpiendo el flujo de suministros y alimentos desde tierra firme.

El 13 de agosto de 1521 se consumó la caída definitiva de la capital imperial, hecho tras el cual se dio inicio a la progresiva desmantelación del sistema de ingeniería hidráulica prehispánica que caracterizó a la cuenca del Lago de Texcoco.

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