Potosí: De capital económica del planeta a uno de los municipios más vulnerados de Bolivia

En el siglo XVII, en medio de los Andes bolivianos, existió una metrópolis que superó en riqueza e influencia a las grandes capitales europeas.
Potosí albergaba teatros, mercados abastecidos con seda importada de China y templos religiosos cuya opulencia rivalizaba con los recintos de Roma.
Sus calles concentraron un flujo monetario superior al de las urbes imperiales del Viejo Continente, al punto de que su nombre se integró de forma permanente al idioma español como sinónimo de fortuna incalculable a través de la popular expresión «valer un potosí».
Sin embargo, con el paso de los siglos, la urbe se ha transformado en uno de los puntos más deprimidos de Bolivia.
Esta situación no responde a la falta de recursos naturales ni a la casualidad, sino al impacto prolongado de un modelo extractivo monocultivo que, tras siglos de explotación masiva, no dejó infraestructura productiva ni desarrollo local tras el agotamiento de sus vetas.
El hito inicial de esta historia se remonta a enero de 1545 en el altiplano boliviano, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.
Diego Huallpa, un indígena quechua que buscaba una llama perdida en las laderas del Sumaj Orcko —término quechua para «Cerro Hermoso»—, encendió una fogata para protegerse del frío nocturno.
Al amanecer, presenció la fusión del suelo bajo las brasas: el calor del fuego había derretido una veta superficial de plata.
A pesar del secretismo inicial, la información sobre el hallazgo se difundió rápidamente hasta llegar a las autoridades españolas, permitiendo que el capitán Juan de Villarroel registrara formalmente la mina.
La noticia desencadenó una movilización masiva en el Virreinato del Perú, provocando que el campamento inicial se transformara con celeridad en la Villa Imperial de Potosí, fundada oficialmente el 1 de abril de 1545.
En apenas cuatro meses de existencia, el asentamiento alcanzó un nivel de desarrollo urbano que en otras regiones requirió siglos.
El denominado Cerro Rico albergaba la mayor concentración de plata descubierta en la historia humana, caracterizada no por una veta aislada, sino por cientos de filones superpuestos dentro de la propia estructura montañosa. Para 1570, la ciudad registraba una población superior a los 120.000 habitantes, cifra que alcanzó un pico de más de 160.000 a mediados del siglo XVII. En ese mismo periodo, Madrid contaba con cerca de 65.000 residentes, Sevilla no alcanzaba los 100.000, Roma albergaba 100.000 y Ámsterdam sumaba aproximadamente 150.000.
Hacia 1611, un censo oficial contabilizó 114.000 habitantes dentro del núcleo urbano, sin incluir las poblaciones periféricas ni las comunidades indígenas forzadas a residir en los márgenes de la mina; con estos sectores integrados, la cifra superaba los 150.000 colonos, sobrepasando a Ciudad de México (100.000) y a Lima (25.000).
Entre 1575 y 1650, la fase de máxima extracción de la mina aportó entre el 60% y el 80% de la producción mundial de plata.
El mineral extraído era trasladado en mulas desde Potosí hasta el puerto de Arica, desde donde se embarcaba hacia El Callao para cruzar el océano Atlántico en las flotas de la Corona con destino a Sevilla.
Una parte del metal financiaba la corte española y los conflictos bélicos en Europa contra Francia, el Imperio Otomano y los rebeldes de los Países Bajos; otra porción se destinaba a los banqueros alemanes y flamencos que otorgaban créditos a la monarquía, mientras que un importante volumen terminaba en China, cuya economía exigía pagos en plata a cambio de sus exportaciones.
Este circuito económico conectó por primera vez los mercados de Europa, América y Asia en un sistema global articulado alrededor de la minería andina.
Paralelamente, la Casa de la Moneda de Potosí, fundada en 1572, acuñó el Real de a 8, pieza financiera que circuló como la primera divisa de alcance mundial e influyó siglos más tarde en el diseño del dólar estadounidense.
Las extremas condiciones de trabajo en el interior del cerro —donde las galerías alcanzaban altas temperaturas, el polvo de sílice afectaba el sistema respiratorio, los gases de mercurio causaban intoxicaciones crónicas y los derrumbes eran frecuentes en jornadas de hasta 16 horas continuas— llevaron al virrey Francisco de Toledo a institucionalizar en 1573 el sistema de la mita minera.
Adaptado del modelo incaico de trabajo rotativo comunitario, el mecanismo español exigía la aportación forzada de una séptima parte de la población masculina adulta de las comunidades indígenas pertenecientes a 16 provincias del Virreinato del Perú.
Aunque los turnos teóricos duraban un año con períodos de descanso de seis años, los análisis demográficos evidencian un descenso drástico en la población autóctona durante los siglos XVI y XVII, estimándose cientos de miles de bajas debido a las condiciones de la mina.
Cronistas de la época llegaron a señalar las dimensiones de la mortalidad mediante estimaciones citadas en textos de la época: «Si se pusieran en fila todos los cuerpos de los mineros muertos en Potosí, la columna llegaría desde Bolivia hasta España».
Paralelamente al desarrollo minero subterráneo, la superficie de Potosí se estructuró con un alto nivel de opulencia comercial y cultural, conviviendo con la segregación social de los trabajadores aborígenes.
La ciudad albergaba teatros, templos coloniales, academias y mercados con bienes procedentes de diversos continentes, reuniendo a una población diversa integrada por indígenas de variadas naciones andinas, esclavos africanos, comerciantes europeos, funcionarios de la Corona y aventureros.
Frente a la paulatina disminución de las vetas de alta pureza hacia 1570, la minería local adoptó el proceso de amalgamación con mercurio —sistematizado y adaptado por el sacerdote y científico español Álvaro Alonso Barba en su tratado de 1640—.
La técnica consistía en triturar el mineral fino y mezclarlo con mercurio en patios al aire libre para separar la plata; no obstante, la volatilización del mercurio importado desde las minas de Huancavelica causó severos cuadros de envenenamiento neurológico e irreversible en los operarios.
A pesar de sostener la producción durante décadas adicionales, la actividad minera inició un declive constante hacia 1650 debido al agotamiento del mineral, la profundización de los socavones y el incremento de los costos operativos.
La población descendió a menos de 70.000 habitantes en 1700, cayó por debajo de 30.000 hacia 1800 y se redujo a cerca de 8.000 residentes cuando Bolivia declaró su independencia en 1825.
Investigaciones sobre historia económica calculan que entre 1545 y el fin del periodo colonial se extrajeron más de 60.000 toneladas métricas de plata fina de las entrañas del cerro, un volumen que a valores contemporáneos supera los 40.000 millones de dólares únicamente en plata, sin contabilizar el oro, estaño y zinc explotados posteriormente.
El sistema impositivo colonial exigía el pago del «quinto real» (20% de la producción) a la Corona española, mientras que los beneficios de los propietarios de las minas se destinaban al consumo de bienes de lujo importados —como textiles europeos, vino español o herramientas alemanas— sin generar una base industrial o agrícola local sostenible.
En la actualidad, el Cerro Rico mantiene la forma cónica reflejada en el escudo nacional y en el papel moneda de Bolivia, pero su estructura geológica presenta daños severos provocados por cinco siglos de excavaciones sin planificación unificada.
En 2011, análisis realizados mediante imágenes satelitales de la NASA detectaron un undimiento medible en la cúspide de la montaña, confirmando la existencia de vacíos internos que incrementan el riesgo de colapsos estructurales graves.
Pese a estos riesgos, alrededor de 230.000 personas residen en la urbe y miles de trabajadores continúan operando mediante cooperativas mineras informales.
En este contexto, la esperanza de vida de un minero en el área roza los 40 años debido a la prevalencia crónica de la silicosis.
A pesar de que el centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, Potosí se posiciona constantemente en los niveles más bajos de los indicadores de desarrollo humano a nivel nacional en materia de infraestructura, ingresos y servicios básicos.
Este antecedente cobra relevancia contemporánea en el debate sobre la explotación de los yacimientos de litio localizados en el Salar de Uyuni, dentro del mismo departamento, considerados entre las mayores reservas mundiales de este insumo energético estratégico para el siglo XXI.
La experiencia histórica potosina se mantiene así como una referencia fundamental dentro de los debates económicos locales e internacionales sobre la gestión de los recursos naturales y la retención del valor económico en los territorios de origen.