San Juan de la Cruz: El místico que transformó nueve meses de torturas en la cumbre de la poesía espiritual
Nacido en 1542 en Fontiveros, Juan de Lepes Álvarez superó la extrema pobreza de su infancia e impulsó en 1568 junto a Teresa de Ávila la reforma de los carmelitas descalzos

En la medianoche de 1577, en una celda de Toledo de apenas dos metros de ancho por tres de largo, un fraile delgado y agotado respiraba con dificultad.
Sus manos temblaban de frío y su espalda permanecía cubierta de heridas abiertas que nunca terminaban de cicatrizar.
Cada viernes, sin falta, lo sacaban de aquel agujero oscuro para llevarlo al refectorio, donde, en presencia de toda la comunidad, comía únicamente pan y agua mientras los demás cenaban.
Acto seguido, debía quitarse la parte superior de su hábito, arrodillarse y recibir la disciplina de sus propios hermanos religiosos, quienes formaban un círculo a su alrededor para golpearlo en la espalda con correas de cuero hasta hacer brotar la sangre.
Sin embargo, en medio de aquel encierro e insalubridad, Juan de la Cruz no profería maldiciones, sino que componía mentalmente los versos más representativos de la literatura mística universal.
La trayectoria de Juan de Lepes Álvarez comenzó en 1542 en el municipio castellano de Fontiveros.
Su padre, Gonzalo de Lepes, provenía de una familia acomodada de comerciantes de seda, pero fue desheredado y expulsado por casarse con Catalina Álvarez, una tejedora huérfana y sin dote.
Ante la elección del matrimonio, la familia de Gonzalo le advirtió de forma tajante: “Si te casas con esa mujer, no vuelvas a poner los pies en esta casa. Estás muerto para nosotros”.
Sumidos en la pobreza, la pareja trabajó como tejedores de sol a sol para subsistence.
Tras la muerte prematura de Gonzalo cuando Juan tenía apenas dos años, la familia enfrentó severas privaciones que derivaron en la muerte por desnutrición de Luis, el hermano mayor de Juan, cuando este contaba con siete años.
En medio de las dificultades, Catalina transmitió a sus hijos una firme devoción religiosa diciéndoles cada noche al arrodillarse sobre el suelo frío: “Aunque no tengamos pan, tenemos a Dios y él nunca nos abandona”.

En busca de oportunidades, la familia se trasladó a Medina del Campo.
Juan asistió a una escuela para niños pobres dirigida por los jesuitas y, a los 14 años, comenzó a trabajar en el Hospital de la Concepción, asistiendo a pacientes con lepra y sífilis.
Durante este periodo, tras acompañar a un hombre moribundo en sus últimos momentos, el paciente le susurró antes de fallecer: “He visto la luz. Gracias”.
Esta experiencia impulsó a Juan a consagrar su vida al servicio religioso.
A los 21 años rechazó una propuesta del administrador del hospital para financiar sus estudios como sacerdote diocesano e ingresó en el convento de los carmelitas en Medina del Campo con el nombre de Juan de San Matías, para posteriormente cursar filosofía y teología en la Universidad de Salamanca.
Decepcionado por la relajación de la disciplina original de la Orden del Carmen y considerando trasladarse a la Orden de los Cartujos, Juan conoció en 1567 a Teresa de Ávila, quien lideraba la reforma de la rama femenina carmelita.
Durante su primer encuentro, Teresa le propuso fundar la rama masculina descalza exclamando: “Fray Juan, ¿quieres ser el primero, el primer fraile de los carmelitas descalzos? Ayúdame a ascender esta reforma también a los hombres”.
Juan aceptó de inmediato respondiendo: “Sí, madre. Eso es exactamente lo que mi alma anhela”.
En noviembre de 1568, junto a otros dos frailes, estableció el primer convento reformado en Duruelo y adoptó el nombre de Juan de la Cruz.
Durante los nueve años siguientes, Juan promovió la fundación de nuevos conventos y sirvió como confesor y director espiritual.

Las crecientes tensiones entre los carmelitas calzados y los descalzos derivaron en su detención en la noche del 2 al 3 de diciembre de 1577, cuando un grupo de frailes calzados y un alguacil irrumpieron en su habitación en el Convento de la Encarnación en Ávila.
Ante las recriminaciones de rebeldía, Juan cuestionó: “¿Por orden de quién? ¿De qué autoridad?”, a lo que los apresadores contestaron: “Por orden del nuncio apostólico”.
Tras ser trasladado al convento calzado de Toledo, rechazó las peticiones de renunciar a la reforma manifestando: “Mi vocación es la vida contemplativa austera, no la abandonaré”.
Fue confinado en un pequeño armario de almacenamiento sin ventanas, sufriendo desnutrición, disentería y temperaturas extremas.
En dicho confinamiento concibió su doctrina sobre la “noche oscura del alma” y memorizó poemas como Noche oscura: “En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh dichosa aventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada”.
En agosto de 1578, tras ocho meses de encierro, un nuevo carcelero joven mostró compasión por él, proporcionándole algo más de alimento, una lámpara de aceite y aguja e hilo para remendar su hábito.
Juan utilizó la aguja para aflojar pacientemente los tornillos de la cerradura.
La noche del 15 de agosto de 1578, aprovechando que la comunidad cantaba maitines, salió de su celda, descendió hacia un patio interior utilizando una cuerda improvisada con tiras de mantas y saltó desde el muro circundante.
Tras evadir la presencia de un perro guardián, cruzó una puerta sin cerrojo y buscó refugio en el convento de las carmelitas descalzas de Toledo, desde donde fue trasladado a un lugar seguro.
Durante su periodo de recuperación e itinerancia posterior, Juan de la Cruz plasmó sus reflexiones espirituales en cuatro obras doctrinales y poéticas fundamentales: Subida del Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.
En sus textos explicó que las arideces espirituales no constituyen un castigo, argumentando que “así como los ojos necesitan acostumbrarse a la oscuridad para poder ver en la noche, el alma necesita pasar por la oscuridad espiritual para poder percibir a Dios de una manera más profunda”.
Asimismo, sintetizó la libertad espiritual mediante la paradoja “para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”, y resumió el criterio de evaluación de la existencia afirmando que “al atardecer de la vida serás examinado en el amor”.
A pesar de su reconocimiento como guía espiritual, en 1591 surgieron desavenencias internas en la rama descalza que llevaron a ciertos sectores a intentar desacreditarlo.
En septiembre de ese mismo año, afectado por fiebres elevadas y erisipela en las piernas, solicitó su traslado al convento de Úbeda.
El prior del establecimiento, Francisco Crisóstomo, le mostró hostilidad quejándose de los gastos de su atención médica.
Durante sus últimos meses, Juan se sometió a cauterizaciones con hierros calientes y respondió pacientemente a los frailes que consultaban por su salud asegurando: “Muy bien, nunca he estado mejor”.
En la noche del 13 de diciembre de 1591, tras recibir los últimos sacramentos y solicitar la lectura de pasajes del Cantar de los Cantares, Juan declaró a las once de la noche: “Esta noche cantaré maitines en el cielo”.
A la medianoche del 14 de diciembre de 1591 falleció a los 49 años de edad, pronunciando como últimas palabras: “Hoy me muero de no morir”, seguido de “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
Tras el deceso, el prior Francisco Crisóstomo ingresó en la habitación y, al contemplar el rostro del difunto, cayó de rodillas pidiendo perdón por el trato brindado.
Juan de la Cruz fue beatificado por el Papa Clemente X en 1675, canonizado por Benedicto XIII en 1726 y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío XI en 1926.