La historia de Catalina de Siena: la mujer que desafió al Vaticano y cambió el curso de la Iglesia
Nacida en Siena en 1347, Santa Catalina de Siena superó la oposición familiar y años de confinamiento voluntario antes de dedicarse al cuidado de enfermos y a la mediación política en la Italia del siglo XIV

Durante siete décadas, el Papado permaneció alejado de Roma, instalado en Aviñón.
Reyes, embajadores y delegaciones diplomáticas cruzaron los Alpes e intentaron sin éxito persuadir al Pontífice para que regresara a la Ciudad Eterna.
Sin embargo, en junio de 1376, una mujer descalza, de origen humilde y vestida con un hábito raído, logró lo que años de diplomacia europea no pudieron conseguir.
Tras una sola audiencia en el palacio papal, Catalina de Siena hizo que el Papa comenzara a preparar su regreso a Roma.
Nacida el 25 de marzo de 1347 en el barrio de los tintoreros de Siena, Italia, en el seno de una familia numerosa encabezada por Jacopo Benincasa y Lapa Piacenti, Catalina creció en un entorno modesto.
A los seis años experimentó una visión sobre la iglesia de Santo Domingo en la que observó a Cristo bendiciéndola, hecho que marcó el resto de su vida.
A los siete años realizó en secreto un voto de virginidad.
A los 15 años, tras la muerte de su hermana Bonaventura, rechazó los intentos de su familia por casarla, lo que desató una fuerte oposición en su hogar.
Catalina fue despojada de su habitación, obligada a dormir en el suelo de la cocina y sometida a duras tareas domésticas junto a los sirvientes, además de prohibírsele momentos de soledad.

En respuesta a la hostilidad familiar, la joven desarrolló lo que denominó su «celda interior», un espacio de oración y recogimiento mental que le permitía mantener su fe en medio del trabajo diario.
Tras un episodio en el que su padre la encontró rezando con una paloma blanca sobre su cabeza, Jacopo Benincasa ordenó que no se la molestara más y le concedió una diminuta habitación bajo las escaleras.
Allí, a los 16 años, Catalina se encerró durante tres años en silencio y ayuno casi absoluto, saliendo únicamente para asistir a misa.
En 1368 experimentó la visión del desposorio místico y recibió la orden de salir al mundo para servir entre príncipes y prelados.
A partir de los 21 años, Catalina comenzó a atender a los enfermos en los hospitales de Siena y a visitar a los condenados a muerte.
Entre sus intervenciones destaca la compañía brindada a Nicolás Toldo, un joven noble condenado a la decapitación por motivos políticos que había rechazado los auxilios espirituales.
Tras conversar con ella, Toldo se confesó y solicitó que Catalina lo acompañara en el cadalso, donde ella sostuvo su cabeza sobre el tajo durante la ejecución.
Tras el suceso, Catalina escribió a su confesor, Raimundo de Capua: «Mi alma reposó en paz y en un perfume de sangre tan suave que no pude resolverme a lavar la sangre que había salpicado mis vestidos».
Hacia 1370, rodeada de un grupo de discípulos que la llamaban «mamá» —entre ellos el propio Raimundo de Capua—, Catalina comenzó a dictar cerca de 400 cartas dirigidas a reyes, cardenales y al propio papa Gregorio XI.
En sus misivas dirigidas al Pontífice en Aviñón, le instaba a regresar a Italia con palabras contundentes: «Levantaos del barro, pastor dormido, y venid a pastorear el rebaño donde Cristo derramó su sangre. Sed valiente, Padre, no seáis un niño, sed un hombre».

En junio de 1376, Catalina viajó a Aviñón como embajadora de la ciudad de Florencia.
Durante la audiencia en la sala del palacio papal, declaró ante el Pontífice y los cardenales que el ganado pastaba donde San Pedro había sido crucificado y que el olor de los pecados de la curia llegaba hasta el trono de Dios.
Al ser interrogada por Gregorio XI sobre cómo conocía un voto secreto de regresar a Roma que él no había revelado a nadie, Catalina respondió:
«Lo sé, Santo Padre, porque Dios me lo ha mostrado. Cumplid vuestra promesa. No tengáis miedo de los que os amenazan. Dios es más fuerte que todos vuestros enemigos».
El 13 de septiembre de 1376, Gregorio XI abandonó Aviñón y el 17 de enero de 1377 entró formalmente en Roma, poniendo fin a 70 años de permanencia del papado en territorio francés.
Tras la muerte del Pontífice y la posterior elección de Urbano VI, se desencadenó el Gran Cisma de Occidente.
Catalina fue convocada a Roma por Urbano VI para respaldar la legitimidad de su pontificado, época en la que dictó su obra maestra, El Diálogo de la Divina Providencia.
Catalina de Siena falleció en Roma el 29 de abril de 1380 a los 33 años de edad.
En 1970, el papa Pablo VI la declaró Doctora de la Iglesia Universal, convirtiéndose en la segunda mujer en recibir esta distinción en la historia de la Iglesia católica, y en 1999 el papa Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa.
Sus restos se conservan en la basílica de Santa María sobre Minerva en Roma, mientras que su cabeza se custodia en la basílica de Santo Domingo en Siena.