San Juan Diego y las apariciones del Tepeyac: La historia del indígena chichimeca cuya tilma transformó a todo un continente - News

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San Juan Diego y las apariciones del Tepeyac: La historia del indígena chichimeca cuya tilma transformó a todo un continente

Nacido en 1474 en Cuautitlán como Cuautlatoatzin, el indígena chichimeca Juan Diego presenció en diciembre de 1531 las apariciones de la Virgen María en el cerro del Tepeyac

 

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En el año 1474 nació en la localidad de Cuautitlán un niño de origen chichimeca llamado Cuautlatoatzin, nombre que en lengua náhuatl significa “el que habla como águila”.

Miembro de una familia dedicada al trabajo de la tierra y a la fabricación de petates, creció en el contexto de la sociedad azteca y contrajo matrimonio a temprana edad con una mujer llamada Malinchin, radicándose en una vivienda de adobe sin llegar a tener descendencia.

En 1519, a la edad de 45 años, presenció la llegada de las tropas españolas y la posterior caída de Tenochtitlán en 1521, evento que marcó la caída de las estructuras prehispánicas e inició la labor evangélica de doce frailes franciscanos encabezados por Fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía.

A sus 50 años de edad, en 1524, el hombre fue bautizado en la fe católica bajo el nombre de Juan Diego, mientras que su esposa recibió el nombre de María Lucía.

Tras el fallecimiento de su esposa en 1529, Juan Diego se trasladó a residir con su tío Juan Bernardino en Tulpetlac.

Cada sábado, realizaba una caminata de más de 20 kilómetros para acudir a la iglesia de Santiago Tlatelolco.

La madrugada del sábado 9 de diciembre de 1531, mientras bordeaba el cerro del Tepeyac en su trayecto hacia Tlatelolco, Juan Diego presenció una manifestación en la cumbre del cerro rodeada de luces brillantes y cantos.

En el lugar, una joven de piel morena y vestiduras compuestas por un manto turquesa con estrellas y una túnica rosada le dirigió la palabra en náhuatl expresándole: “Hijo mío, el más pequeño, ¿a dónde vas?”.

 

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Juan Diego cayó de rodillas y respondió: “Señora mía, niña mía, voy a tu casa de México Tlatelolco a seguir las cosas divinas que nos dan nuestros sacerdotes”.

La figura le transmitió entonces su solicitud: “Ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios por quien se vive.

Deseo vivamente que se me edifique aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre”.

Al recibir el mandato de acudir ante el obispo Fray Juan de Zumárraga, Juan Diego manifestó sus dudas diciendo: “Señora mía, yo soy un hombrecillo. Soy el más pobre y pequeño. No me harán caso. Envía a alguien importante”.

Sin embargo, la indicación fue ratificada: “Hijo mío, el más pequeño, es precisamente por eso que te he elegido. Tengo muchos mensajeros a quienes podría enviar, pero es mi voluntad que seas tú. Ve, pon todo tu esfuerzo”.

Tras acudir al Palacio Episcopal, el obispo Zumárraga escuchó el testimonio pero solicitó una prueba concreta de los hechos.

Simultáneamente, el tío de Juan Diego, Juan Bernardino, cayó gravemente enfermo debido al brote de una peste conocida como cocoliztli.

La madrugada del 12 de diciembre de 1531, Juan Diego salió apresuradamente hacia Tlatelolco en busca de un sacerdote para administrar los últimos sacramentos a su familiar.

Intentó evitar el cerro del Tepeyac desviándose por el flanco occidental, pero en el trayecto volvió a encontrarse con la figura mariana, a quien dijo: “Señora mía, niña mía, perdóname. Mi tío está gravemente enfermo. Voy a buscar un sacerdote. Después volveré, lo prometo”.

En ese momento, la visión le dirigió las palabras: “Escucha y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que nada te espante ni te aflija. No se turbe tu corazón. No temas esa enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante ni molesta. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Qué más has menester?”.

De forma simultánea, en la vivienda de Tulpetlac, Juan Bernardino experimentó la sanación de su dolencia tras manifestar la presencia de la misma figura, quien le reveló el nombre de Guadalupe.

 

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Siguiendo las instrucciones recibidas, Juan Diego ascendió a la cumbre del Tepeyac, donde encontró rosas de Castilla florecidas en terreno rocoso durante la temporada invernal.

Cortó las flores y las colocó en el regazo de su tilma de fibra de maguey (ayate).

Al presentarse nuevamente en el Palacio Episcopal ante el obispo Zumárraga y otros religiosos presentes, desplegó la prenda dejando caer las rosas.

En ese instante, sobre la tela del ayate quedó reproducida la imagen de la Virgen María con rasgos mestizos, vestida con el manto turquesa estrellado y la túnica rosa sobre una luna creciente sostenida por un ángel.

Ante el suceso, el obispo Zumárraga expresó disculpas a Juan Diego manifestando: “Perdóname por no haberte creído.

La señora del cielo te eligió a ti, el más humilde, para avergonzar a los poderosos como yo”.

La noticia motivó la movilización de pobladores indígenas y españoles hacia el lugar, iniciando un proceso masivo de conversiones al cristianismo en la región.

Juan Diego declinó las ofertas de alojamiento en la sede episcopal y solicitó establecerse en una habitación adosada a la primera ermita construida en el Tepeyac.

Durante 17 años se dedicó al mantenimiento del santuario, a la atención de peregrinos y al relato de las apariciones hasta su muerte el 9 de diciembre de 1548, a los 74 años de edad.

Pese al paso del tiempo y a las características propias de la fibra vegetal de maguey, la tilma original se mantiene conservada en la Basílica de Guadalupe.

Diversos estudios científicos han señalado la ausencia de pigmentos conocidos o trazos de pincel en la tela, así como la presencia de 13 figuras humanas microscópicas reflejadas en los ojos de la imagen, correspondientes al grupo presente durante la apertura de la tilma en 1531.

El Papa Juan Pablo II encabezó la ceremonia de canonización de San Juan Diego en el año 2002, reconociéndolo oficialmente como el primer santo indígena del continente americano.

 

Juan Diego y los tres milagros de la Virgen de Guadalupe| Telediario México

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