Alberto, un guardia de seguridad de 53 años y exstripper, sorprendió a su cita en ‘First Dates’ con un inesperado baile erótico en el reservado que inicialmente provocó el rechazo de la soltera

 

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El restaurante más famoso de la televisión española, conducido por el incombustible Carlos Sobera, volvió a convertirse en el escenario de uno de los momentos más surrealistas y comentados de la temporada.

En la entrega emitida el pasado 28 de mayo, las puertas del formato de Cuatro se abrieron para recibir a Alberto, un viejo conocido del programa que regresaba con la firme intención de enmendar su pasado.

A sus 53 años, este madrileño que actualmente se desempeña como miembro del equipo de seguridad en una discoteca, admitió ante Sobera que su vida había dado un vuelco desde su última aparición televisiva.

Tras haber dejado atrás su antigua profesión como bailarín erótico, Alberto confesó con humor que el paso del tiempo perdona a pocos.

Su soltería, sin embargo, se mantenía intacta tras casi tres años de sequía sentimental, un vacío que planeaba llenar encontrando a una mujer activa, amante de la playa y con un gran sentido del humor.

Al otro lado de la mesa aguardaba María, una elegante soltera de 59 años cuya vida gira en torno a una pasión inquebrantable: la música del italiano Eros Ramazzotti.

Para María, el célebre cantante no es solo un ídolo de juventud, sino un refugio emocional y un terapeuta musical que la ha acompañado en los momentos más difíciles de su existencia.

A pesar de las altas expectativas de la producción, la primera impresión no fue el flechazo que Alberto esperaba.

Mientras que el exstripper se mostró entusiasmado al ver a su compañera de velada, María se mantuvo notablemente más reservada y analítica, confesando a las cámaras del programa que el soltero no le había causado una mala impresión, pero que tampoco había despertado ese impacto inmediato que invita al romance.

 

Alberto no consigue enamorar a María con su 'striptease' en 'First Dates':  "No es la manera de conquistarme"

 

A pesar de la tibia recepción inicial, la cena transcurrió entre anécdotas laborales, confidencias sobre el pasado y el descubrimiento mutuo de sus aficiones.

No obstante, el verdadero catalizador de la noche estaba reservado para el tramo final del encuentro, cuando ambos decidieron trasladarse al privado del restaurante, una zona conocida por albergar los momentos de mayor intimidad y tensión del formato.

Fue en ese instante cuando Alberto decidió jugar su última carta, un as bajo la manga que el propio Carlos Sobera ya había anticipado a la audiencia con tono cómplice.

Sin previo aviso y haciendo gala de sus antiguas habilidades profesionales, el soltero se despojó de sus inhibiciones y de parte de su ropa para regalarle a María un improvisado e impactante ‘striptease’.

La reacción de la soltera fue un poema visual que reflejó una mezcla de asombro e incomodidad.

Lejos de caer rendida ante los encantos físicos de su cita, María se mostró visiblemente desencantada con la estrategia de seducción elegida por Alberto.

En los totales privados del programa, la comensal no ocultó su desaprobación ante el despliegue de sensualidad, argumentando que, si bien el espectáculo podía entenderse como una diversión pasajera, distaba mucho de ser la forma correcta de conquistar su corazón.

Para María, el cortejo ideal reside en los pequeños detalles cotidianos, en el esfuerzo genuino por hacer feliz a la pareja y en una complicidad emocional que sintió ausente durante el baile.

 

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Con este panorama tan adverso y la desconexión flotando en el ambiente, ambos participantes se dirigieron a la sala de la decisión final, un espacio donde el destino de la pareja parecía estar completamente sellado.

Alberto, manteniendo su entusiasmo inicial, tomó la palabra en primer lugar para manifestar su deseo de tener una segunda cita con María, argumentando que el encuentro había sido diferente y que se había quedado con ganas de seguir conociéndola.

Sin embargo, la respuesta de María fue un rotundo y previsible “no”, justificando que no había sentido la chispa necesaria para iniciar un romance.

Cuando todo parecía perdido y la cita se encaminaba de forma inminente al archivo de los desamores televisivos, Alberto demostró una capacidad de reacción asombrosa que dio un vuelco absoluto a la situación.

Conocedor del punto débil de su cita, el soltero lanzó una propuesta magistral que desarmó por completo las defensas de María.

Alberto le reveló que tenía la firme intención de adquirir dos billetes para realizar un crucero por el Mediterráneo con destino a Italia, un viaje cuyo broche de oro sería asistir juntos a un concierto en directo de su adorado Eros Ramazzotti.

La mención de su ídolo musical y la perspectiva de un viaje de ensueño por tierras italianas operaron un milagro en la actitud de la soltera.

La firme negativa de María se disolvió en cuestión de segundos ante semejante declaración de intenciones.

Fascinada por la magnitud del plan y por el inesperado empeño de Alberto en complacer sus gustos más profundos, la comensal terminó por cambiar radicalmente de opinión, otorgándole un inesperado voto de confianza y aceptando, finalmente, una segunda cita que parecía imposible minutos antes.

 

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