El Mundial 1978 entre la gloria deportiva y la sombra de la dictadura militar argentina - News

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El Mundial 1978 entre la gloria deportiva y la sombra de la dictadura militar argentina

El Mundial de Fútbol de 1978 en Argentina estuvo marcado por la compleja convivencia entre el éxito deportivo y el contexto político de la dictadura militar de Jorge Rafael Videla

 

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El 6 de julio de 1966, la FIFA designó a Argentina como sede de la Copa Mundial de Fútbol de 1978, apenas una semana después del derrocamiento de Arturo Illia a manos de Juan Carlos Onganía en la Revolución Argentina.

Esta elección se concretó tras los intentos fallidos de la AFA para albergar las ediciones de 1938 y 1962, saldando una histórica disputa con la entidad internacional.

Sin embargo, nadie previó que para la fecha del torneo el país estaría bajo el régimen militar de la Junta encabezada por Jorge Rafael Videla, instaurado tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

Desde el inicio de su gestión, el régimen priorizó el control de la imagen internacional y creó la Secretaría de Estado de Prensa y Difusión con el fin de proyectar una fachada de orden y prosperidad que ocultara la grave crisis económica y el desarrollo de un genocidio sistemático.

El contraste institucional y social resultaba brutal: el Estadio Monumental, escenario de la final del torneo, se encontraba a solo 11 cuadras de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención, tortura y desaparición de personas.

A partir de 1977, la información detallada sobre los crímenes cometidos en el país trascendió las fronteras y generó una fuerte campaña de denuncia en Europa.

Diversos medios encabezaron el rechazo al torneo publicando titulares severos como “El Mundial tiene plomo bajo las alas” o “La copa desborda Videla”.

La tensión alcanzó su punto máximo en Alemania, donde un periodista comparó el evento con los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 organizados por el régimen nazi, manifestando: “Los niños de la ceremonia inaugural me hicieron recordar a las Juventudes Hitlerianas”.

Estas declaraciones derivaron en su expulsión del país y reforzaron la creación del Comité Organizador del Boicot al Mundial, respaldado por Amnistía Internacional.

Frente a esta presión internacional, el dictador Jorge Rafael Videla se dirigió a la ciudadanía afirmando que la imagen negativa en el exterior respondía a una desinformación sistemática: “Se trata de una campaña antiargentina orquestada desde afuera para desprestigiar al gobierno”.

A pesar de las movilizaciones y las críticas, el presidente de la FIFA, João Havelange, junto a su vicepresidente Germán Newberger, ratificó la sede de Argentina, repitiendo el precedente histórico de Italia 1934, donde el fútbol convivió con un régimen autoritario.

 

Argentina 78, el fútbol como coartada de la dictadura - The New York Times

 

La postura de los futbolistas frente al contexto político de la época fue diversa y compleja.

El jugador alemán Paul Breitner, campeón del mundo en 1974 y de convicción comunista, renunció a la selección de su país para no competir en Argentina y calificó a sus compañeros que aceptaron viajar como “eunucos políticos dispuestos a servir de marionetas para mejorar la imagen de un régimen dictatorial”.

Por otro lado, la sonada ausencia de Johan Cruyff fue atribuida durante más de tres décadas a un boicot político; sin embargo, en 2010 el propio futbolista aclaró la verdadera razón en una entrevista con Cataluña Radio:

“Meses antes del Mundial, un grupo armado intentó secuestrarme en mi departamento de Barcelona. Le pusieron un rifle en la cabeza a mi esposa y a mí delante de nuestros hijos. Tras ese trauma, jugar un mundial dejó de tener sentido”.

En tanto, otros participantes internacionales evidenciaron su malestar de distintas formas: el defensor neerlandés Wim Rijsbergen visitó a las Madres de Plaza de Mayo durante sus rondas de los jueves, el delantero francés Dominique Rocheteau intentó organizar charlas de concientización dentro de su plantel y el arquero neerlandés Jan Jongbloed asumió su participación argumentando la necesidad de sostener económicamente a su familia.

En el plano local, el defensor argentino Alberto Tarantini alimentó la crónica de la época al confesar que festejó su único gol en el torneo profiriendo insultos hacia la junta militar en las tribunas y al relatar un particular encuentro con el dictador:

“Me agarré los testículos antes de saludar a Videla en el vestuario por una apuesta con Daniel Passarella, y él tuvo que darme la mano igual porque los fotógrafos estaban ahí”.

En lo estrictamente deportivo, la selección dirigida por César Luis Menotti avanzó a la segunda fase tras quedar segunda en su grupo detrás de Italia.

Tras igualar sin goles contra Brasil en Rosario, Argentina llegó a la última fecha obligada a ganar por una diferencia mínima de cuatro goles frente a Perú para clasificar a la final, sabiendo de antemano el resultado del triunfo 3-1 de Brasil sobre Polonia debido a la programación de horarios de la época.

Argentina goleó 6-0 a Perú y accedió a la definición, desatando suspicacias sobre un posible acuerdo entre las dictaduras de ambos países que habría incluido el envío de donaciones de trigo hacia Lima.

Juan Alemann, secretario de Hacienda de la dictadura argentina, avivó las sospechas tiempo después al reconocer el carácter inusual de dicho cargamento:

“Ese tipo de donaciones solo se hacía frente a terremotos o catástrofes, y en el Perú de esos días no había pasado ninguna de las dos cosas”.

Pese a estas declaraciones, futbolistas internacionales como Dominique Rocheteau y Wim Rijsbergen descartaron la teoría del arreglo señalando la superioridad futbolística de Argentina sobre el conjunto peruano.

En la final disputada en el Estadio Monumental, el partido se demoró diez minutos por un reclamo del capitán argentino Daniel Passarella respecto a la protección rígida en la muñeca del neerlandés René van de Kerkhof, vendaje con el que había jugado los seis partidos previos.

La polémica obligó al médico de Países Bajos a colocar un vendaje blando al borde del campo.

Tras la victoria argentina en tiempo suplementario con goles de Mario Alberto Kempes y Daniel Bertoni, el plantel neerlandés se negó a subir a recibir las medallas de subcampeón en protesta por lo que consideraron una maniobra para desestabilizarlos emocionalmente antes del pitazo inicial.

 

Argentina 1978: Fútbol y dictadura ⚽ | Argentina, entre la gloria y el  horror.

 

Cuatro décadas después de la consagración argentina, en 2017, el periodista escocés y profesor de la Universidad de Sheffield, David Forrest, reabrió la controversia tras publicar un artículo en el diario británico The Guardian.

Forrest relató haber conocido en la parrilla Don Julio del barrio de Palermo a un mozo llamado Ezequiel Valentini, quien afirmó haber trabajado como canchero en el Monumental durante 1978.

Según el escrito, Valentini le dio una explicación sobre la base pintada de negro en los postes de los arcos:

“Como en esa época no se podía hacer ninguna mención pública a los desaparecidos, el equipo de mantenimiento del estadio decidió pintar de negro la base de los postes como una forma silenciosa de recordarlos”.

Asimismo, el supuesto canchero despidió al periodista dejándole una interrogante en suspenso: “¿No te gustaría saber si el Argentina Perú por 6 a 0 estuvo arreglado?”.

No obstante, investigaciones posteriores realizadas por medios locales como Infobae desmintieron el relato al comprobar que no existía registro laboral de Ezequiel Valentini ni en el restaurante ni en los archivos del Museo de River Plate.

Finalmente, el historiador Oscar Barnade aclaró el verdadero origen estético y técnico de dicha pintura:

“Pintar de negro la base de los arcos era una costumbre del fútbol argentino desde los años 60, muy anterior a la dictadura y sin ninguna intención política; su función era práctica, pues ayudaba a los jueces de línea a determinar con mayor precisión si la pelota había entrado o no en una época sin tecnología de definición de gol”.

 

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