Códigos de honor, democracia y salud en alta mar: las realidades históricas detrás de la piratería del siglo XVII y XVIII – News

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Códigos de honor, democracia y salud en alta mar: las realidades históricas detrás de la piratería del siglo XVII y XVIII

Durante la Época Dorada de la Piratería, las tripulaciones articularon un modelo democrático regido por los Artículos de Navegación que garantizaba el voto directo y compensaciones económicas para los marineros heridos

 

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Durante la denominada Época Dorada de la Piratería, desarrollada fundamentalmente entre finales del siglo XVII y las primeras décadas del siglo XVIII en las cuencas del Caribe y el océano Atlántico, las tripulaciones corsarias y filibusteras construyeron modelos de organización social y protocolos de convivencia radicalmente distantes de los mitos difundidos por la literatura romántica y el cine moderno.

Frente al estereotipo del delincuente errático y desprovisto de normas, los documentos históricos de la época —como las crónicas del médico francés Alexandre Olivier Exquemelin y los registros de juicios del Tribunal de la Almirantazgo británico— revelan comunidades marítimas regidas por estrictos códigos constitutivos, sistemas rudimentarios de protección social, soluciones tácticas de supervivencia y complejas expresiones de diversidad laboral e interpersonal.

Una de las dinámicas operativas más rigurosas dentro de las embarcaciones corsarias era la adopción de los “Artículos de Navegación” o Chasse-Partie, contratos firmados individualmente por cada tripulante antes de zarpar.

Estos reglamentos fijaban una estructura estrictamente democrática donde el capitán era elegido por votación directa y podía ser destituido por la tripulación si mostraba incompetencia o tiranía en el mando.

Asimismo, el reparto del botín no quedaba al arbitrio del líder; se establecía una escala de compensaciones proporcionales y un sistema pionero de indemnización laboral.

Si un marinero sufría la pérdida de una extremidad o un ojo durante el combate, recibía una suma fija estipulada en piezas de ocho o en esclavos capturados antes de la distribución general de los ingresos, garantizando un soporte económico frente a la invalidez en un periodo histórico caracterizado por la ausencia total de coberturas estatales.

 

La piratería durante el siglo XVII-XVIII

 

En el plano ideológico y de protocolo bélico, la señalización mediante banderas respondía a códigos de negociación precisos.

La célebre bandera negra —que popularmente adoptó motivos iconográficos como calaveras, tibias cruzadas o relojes de arena— no indicaba una ejecución masiva inevitable, sino la disposición de la tripulación pirata a conceder cuartel, tomar rehenes y negociar el rescate de la embarcación apresada bajo términos de rendición inmediata.

Por el contrario, el despliegue de un estandarte completamente rojo (Jolie Rouge) señalaba la negativa absoluta a otorgar tregua o clemencia, indicando que el combate se llevaría a cabo hasta la aniquilación de la resistencia.

Para las tripulaciones de buques mercantes, la visión de la insignia roja implicaba a menudo la capitulación instantánea o la deserción directa para integrarse a las filas piratas.

Las costumbres de vestimenta y accesorios personales poseían igualmente explicaciones pragmáticas ligadas a la vida cotidiana en alta mar.

El uso de pendientes de metales preciosos entre los marineros no obedecía únicamente a motivos de estatus decorativo, sino que constituía un fondo de emergencia personal destinado a sufragar los gastos de una sepultura cristiana y decente en tierra firme en caso de fallecimiento, evitando ser arrojados al océano.

Algunos filibusteros grababan en el reverso de la pieza el nombre de su puerto de origen para asegurar que sus restos fuesen repatriados.

Además, los aros solían llevar pequeñas esferas de cera adheridas que los artilleros utilizaban como tapones auditivos para mitigar el ensordecedor estruendo provocado por las detonaciones de los cañones durante los abordajes.

Por su parte, el empleo de parches oculares respondía frecuentemente a una técnica de adaptación visual estratégica; mantener un ojo constantemente cubierto permitía a los combatientes conservar la visión nocturna al descender abruptamente a las bodegas oscuras del barco durante los enfrentamientos, evitando el tiempo de acomodación ocular a los cambios de iluminación.

 

Piratas y Bucaneros famosos de los siglos XVII y XVIII – SENDEROS DE LA  HISTORIA

 

En el ámbito social y afectivo, las duras condiciones de confinamiento prolongado en el mar propiciaron instituciones comunitarias como el matelotage, una práctica formalizada principalmente entre los bucaneros y filibusteros de origen francés e inglés en la isla de la Tortuga y La Española.

El matelotage constituía una asociación contractual entre dos hombres que compartían sus bienes materiales, las ganancias derivadas de los saqueos, el sustento alimentario y la defensa mutua.

En caso de muerte de uno de los integrantes, el socio sobreviviente heredaba automáticamente la totalidad de sus propiedades y compensaciones.

Esta institución no solo servía como un mecanismo de consolidación económica y social en entornos hostiles, sino que en diversos casos amparaba relaciones emocionales y convivenciales entre personas del mismo sexo en un contexto de exclusión casi total de la presencia femenina.

Pese a la imagen de opulencia promovida por la ficción, la mayoría de los botines incautados por los piratas no consistían en cofres cargados de monedas de oro o joyas preciosas, sino en mercancías de alta demanda comercial como telas, harina, madera, armas, pólvora y medicinas.

Asimismo, la práctica de enterrar tesoros fue un hecho sumamente excepcional; figuras como el capitán William Kidd recurrieron a ello de manera puntual en la isla de Gardiners para negociar su situación procesal con las autoridades coloniales, pero la inmensa mayoría de las tripulaciones prefería liquidar e ingresar de inmediato los bienes en puertos permisivos como Port Royal, Nasáu o Tortuga.

La corta esperanza de vida de los marineros, sumada a las epidemias de escorbuto, fiebre amarilla y a la crudeza de la justicia naval europea, convertía el disfrute inmediato de los recursos en la norma imperante de la existencia pirata.

 

De corsarios y piratas vascos, por Txema Arinas

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