La influencia de Raúl Velasco en la televisión latinoamericana se examina a partir de su papel como figura central en la promoción y control de artistas en una época dominada por el poder mediático

Durante décadas, Raúl Velasco fue uno de los hombres más influyentes del espectáculo en América Latina.
Desde su emblemático programa Siempre en Domingo, lanzó a la fama a decenas de artistas, pero también protagonizó episodios controvertidos marcados por críticas severas y decisiones que podían impulsar o frenar carreras en cuestión de días.
Uno de los casos más recordados es el del cantautor Ricardo Montaner, quien llegó a México en los años 80 tras consolidar su éxito en Sudamérica.
Su presentación en el programa de Velasco prometía ser el inicio de una expansión internacional, con cuatro apariciones consecutivas programadas.
Sin embargo, todo cambió tras su debut.
“Cuatro domingos no, porque estaba muy mal vestido”, habría sentenciado Velasco, según el propio Montaner relató años después.
La decisión implicó la cancelación inmediata de sus siguientes participaciones.
El artista, acostumbrado a un estilo sencillo influenciado por una infancia de limitaciones económicas, se presentó con ropa casual y en una interpretación que incluyó sentarse en el escenario, algo que no fue bien recibido por el conductor.

Lejos de rendirse, Montaner continuó su promoción en estaciones de radio y escenarios alternativos.
Su música comenzó a ganar terreno entre el público mexicano, hasta el punto de volverse imposible de ignorar.
Fue entonces cuando Velasco lo invitó nuevamente, esta vez reconociendo su creciente popularidad.
El giro en la relación se consolidó con el tiempo, al punto de convertirse en una amistad cercana.
Uno de los episodios más significativos estuvo vinculado a la canción La cima del cielo, uno de los mayores éxitos del artista y, según se supo, una de las favoritas de Velasco.
“Y no la voy a volver a cantar hasta saber que estás repuesto”, expresó Montaner en referencia a la promesa que le hizo al presentador durante un periodo en el que este enfrentaba problemas de salud.
Durante años, el cantante evitó interpretar el tema en público como muestra de respeto.
La situación cambió cuando, antes de una presentación en el Festival de Viña del Mar, Velasco se comunicó con él para pedirle que retomara la canción, asegurando que su estado había mejorado.

Pero el caso de Montaner no fue el único que reflejó el carácter exigente —y para muchos, controversial— del conductor.
Artistas como Ana Gabriel y Thalía también han recordado momentos incómodos en el programa.
Comentarios sobre vestuario, apariencia o estilo eran frecuentes en un formato televisivo que mezclaba entretenimiento con juicios directos frente a millones de espectadores.
Uno de los episodios más tensos ocurrió en 1985 con la presentación del grupo Boquitas Pintadas, creado por el productor Sergio Andrade.
El proyecto, integrado por jóvenes artistas entre las que destacaban Gloria Trevi y María Raquenel Portillo, buscaba irrumpir en la escena musical con una propuesta provocadora.
La reacción de Velasco fue inmediata y contundente.
“Estos son adolescentes prostitutas, eso es lo que estás vendiendo con el grupo”, declaró en una confrontación directa con Andrade.
Además, dejó clara su postura sobre el contenido del programa: “Aquí en ‘Siempre en Domingo’, en mi programa de televisión para la familia, no las quiero poner”.

A pesar de su negativa, presiones de la industria y de la televisora llevaron a que el grupo apareciera brevemente en el programa.
Su paso fue efímero y el proyecto se disolvió poco tiempo después.
Años más tarde, el nombre de Andrade, Trevi y Portillo volvería a ocupar titulares en uno de los escándalos más impactantes del entretenimiento latinoamericano, tras denuncias por delitos graves que marcaron un antes y un después en la percepción pública del medio.
La figura de Velasco sigue generando debate.
Para algunos, fue un visionario que consolidó la televisión musical en español y abrió puertas a generaciones de artistas.
Para otros, representó un modelo de poder centralizado donde el gusto personal podía convertirse en criterio absoluto.
En medio de luces, aplausos y controversias, su legado permanece ligado a una época en la que la televisión tenía la capacidad de construir ídolos… o silenciarlos.
Y en ese escenario, cada decisión, cada frase y cada gesto quedaban grabados no solo en la memoria del público, sino en la historia misma del espectáculo latinoamericano.
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