Ramón Valdés, antes de alcanzar la fama mundial como Don Ramón, consolidó su carrera inicial en el Cine de Oro participando como actor de reparto en tres películas icónicas junto a la leyenda Pedro Infante

 

Don Ramón: Así fue el día que el querido actor llegó a los golpes con Pedro  Infante | VIDEO - El Heraldo de México

 

Antes de convertirse en el eterno inquilino de la vecindad del Chavo, aquel hombre que debía catorce meses de renta y le iba al Necaxa, Ramón Valdés fue uno de los rostros más persistentes y trabajadores de la Época de Oro del cine mexicano.

Aunque hoy su imagen está indisolublemente ligada al personaje de Don Ramón, su trayectoria comenzó décadas atrás, forjada en la disciplina de los papeles secundarios y las breves apariciones como extra.

En este camino, el destino lo llevó a compartir el set de filmación con la máxima figura de la cinematografía nacional: Pedro Infante.

Estas colaboraciones, que a menudo pasan desapercibidas para el ojo no entrenado, representan un puente fascinante entre dos épocas distintas del entretenimiento mexicano: el esplendor del cine nacional y el auge de la televisión humorística.

Ramón Valdés provenía de una dinastía privilegiada, siendo hermano del inigualable Germán Valdés “Tin Tan” y del irreverente Manuel “El Loco” Valdés.

Sin embargo, Ramón decidió labrar su propio nombre desde abajo.

Su debut ocurrió en 1949 en *Calabacitas tiernas*, pero fue en los años 50 cuando tuvo el privilegio de coincidir con el “Ídolo de Guamúchil” en tres cintas emblemáticas.

La primera de ellas es la joya de la comedia *Escuela de vagabundos* (1955).

En esta película, considerada una de las más taquilleras de la historia de México, Valdés interpreta a un taxista que intenta aprovecharse de la embriaguez de Óscar Pulido.

La escena es icónica: un Pedro Infante en su papel de Alberto Medina interviene como un héroe cotidiano, aplicándole una “manita de puerco” a un jovencísimo Ramón Valdés para obligarlo a cobrar lo justo.

Es un momento cargado de energía cómica donde ya se vislumbraba la capacidad gestual de Valdés para interpretar a personajes que, aunque pretenden ser rudos, terminan siendo dominados por la situación.

 

Oscar Pulido, Pedro Infante y Ramón Valdez

 

Poco después, en el mismo año de 1955, volvieron a cruzar caminos en *La vida no vale nada*, cinta que le valió a Pedro Infante el Premio Ariel a la mejor actuación.

En este drama, Ramón Valdés repite el oficio de chofer, pero con un matiz distinto.

Casi al inicio del filme, tras la interpretación de la canción “El Capiro”, el vehículo de Valdés casi atropella a un Infante sumido en la melancolía y el alcohol.

A diferencia de su encuentro anterior, aquí surge una química de camaradería; el personaje de Ramón termina perdonando al vagabundo e incluso le ofrece un aventón, estableciendo una dinámica de “hermandad” momentánea que resulta profundamente conmovedora para el espectador.

La tercera y última colaboración ocurrió en *El inocente* (1956), donde Valdés tiene una aparición fugaz, casi un “cameo”, manejando un automóvil que se echa de reversa y está a punto de arrollar a un Pedro Infante desconsolado por un desamor.

 

Don Ramón en la pantalla grande: actuó con Cantinflas y Pedro Infante | EL  COMERCIO PERÚ

 

Aunque la escena dura apenas unos segundos, subraya la presencia constante de Ramón en las grandes producciones de la época.

Es irónico pensar que, mientras Pedro Infante ya era una leyenda viva, Ramón Valdés seguía siendo un actor de reparto buscando su gran oportunidad, la cual no llegaría sino hasta febrero de 1973 de la mano de Roberto Gómez Bolaños.

Lamentablemente, el trágico accidente aéreo de 1957 impidió que Pedro Infante viera el estallido de fama mundial que alcanzaría su antiguo compañero de reparto.

Sin embargo, estas películas quedan como un testimonio histórico de respeto y profesionalismo.

Ramón Valdés siempre recordó con dignidad sus años de formación, y aunque el mundo lo reconoce por su gorrito azul y su camiseta negra, su legado también incluye haber caminado junto al gigante de Guamúchil en la época más brillante del cine nacional.

Analizar estas escenas hoy no es solo un ejercicio de nostalgia, sino un reconocimiento al talento de un hombre que supo ser pequeño ante los grandes para terminar convirtiéndose, por derecho propio, en un gigante de la cultura popular latinoamericana.

 

El día que Don Ramón enterró a su querido hermano Tin Tan - Infobae