La presentadora Susanna Griso enfrenta una oleada de críticas en redes sociales tras permitir que el ministro Félix Bolaños atacara abiertamente en directo a periodistas críticos como Ana Rosa Quintana e Iker Jiménez

 

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El plató de *Espejo Público* se ha convertido este viernes en el epicentro de una de las polémicas mediáticas más feroces de la temporada.

Lo que comenzó como una entrevista institucional al ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, ha derivado en un linchamiento digital sin precedentes contra su conductora, Susanna Griso.

Las redes sociales han estallado en un clamor unánime, acusando a la periodista de Antena 3 de “blanquear” el sanchismo y permitir, sin apenas resistencia, un ataque frontal contra compañeros de profesión que mantienen una línea crítica con el Ejecutivo de Pedro Sánchez.

La controversia prendió fuego cuando el debate giró en torno al “caso Mascarillas” y las recientes denuncias por difamación presentadas contra el empresario Víctor de Aldama.

Sin citar nombres propios, pero con una dirección inequívoca, Bolaños lanzó un dardo envenenado que apuntaba directamente a programas como el de Ana Rosa Quintana o *Horizonte*, de Iker Jiménez.

“Hay televisiones que, por cierto, también se prestan a dar voz a cualquier difamación que aparezca por ahí”, afirmó el ministro con una frialdad que dejó mudos a miles de espectadores.

 

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Estas palabras hacían referencia a las recientes intervenciones de Aldama, quien ha llegado a afirmar en televisión que el propio Bolaños intentó sobornarle y comprar su silencio.

Ante tal acusación de censura y ataque a la libertad de prensa, la audiencia esperaba una reacción contundente de Griso en defensa de la profesión.

Sin embargo, el silencio de la presentadora o su aparente tibieza al cuestionar las acusaciones del dirigente socialista fueron interpretados como una rendición.

“Susanna Griso ha vendido su integridad por una cuota de sanchismo disimulado”, rezaba uno de los mensajes más compartidos en X (antes Twitter), reflejando una indignación que no paró de crecer durante toda la mañana.

El malestar ciudadano se ha visto alimentado por la percepción de que el Gobierno utiliza los platós “amigos” para marcar una hoja de ruta de persecución mediática.

La actitud de Griso, calificada por muchos como una “neutralidad cómplice”, ha sido comparada con el ejercicio de libertad democrática que, según los usuarios, sí realizan otros comunicadores.

Durante la charla, Bolaños no solo cargó contra la prensa, sino que también preparó el terreno político para una de las decisiones más polémicas del calendario judicial: la posible concesión del indulto al ex fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz.

 

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“El expediente sigue en tramitación”, deslizó el ministro, confirmando que los resortes institucionales se mueven para proteger a los afines mientras se señala con el dedo a los periodistas incómodos.

Esta combinación de protección institucional y señalamiento mediático ha sido el caldo de cultivo perfecto para la rebelión digital.

Para los críticos, Griso permitió que se instalara en su programa la narrativa de que cualquier voz crítica es, por definición, una “difamación”, un concepto que atenta contra la base misma del periodismo de control al poder.

“¿Dónde quedó la Susanna que preguntaba sin miedo?”, cuestionaban algunos seguidores históricos del programa, lamentando que la presentadora no saliera en defensa de la libertad de información cuando Bolaños acusó a otros medios de ser altavoces de la mentira.

La sensación de que existe una “prensa de primera” (la que no cuestiona) y una “prensa de segunda” (la que debe ser señalada) ha calado hondo tras la entrevista, dejando la imagen de la periodista catalana muy dañada entre los sectores más críticos con la gestión gubernamental.

En definitiva, la jornada de este viernes ha dejado un rastro de desconfianza que será difícil de borrar.

Mientras Moncloa intenta controlar el relato a través de intervenciones donde se criminaliza al mensajero, la calle parece haber dictado su sentencia sobre el papel de Susanna Griso.

La acusación de “blanqueamiento” no es baladí en un contexto de polarización extrema; es el reflejo de una sociedad que exige al periodismo valentía frente al poder, y no una alfombra roja para discursos que erosionan la convivencia democrática y el respeto entre colegas de profesión.

El “caso Griso” es ya el último síntoma de una batalla mediática donde la neutralidad, a veces, se confunde peligrosamente con la claudicación.

 

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