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Las siete liberaciones espirituales del Padre Pío para las personas mayores de 60 años

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A lo largo de más de cinco décadas, el Padre Pío de Pietrelcina llevó en su propio cuerpo las llagas de la Pasión de Cristo y escuchó durante jornadas de hasta 16 horas diarias las confesiones de miles de fieles en el convento de San Giovanni Rotondo.

Entre los testimonios y enseñanzas que dejó el fraile capuchino, destaca una doctrina de consuelo y alivio dedicada especialmente a los creyentes mayores de 60 años.

A través de sus intervenciones en el confesionario, el santo italiano identificó siete cargas espirituales y psicológicas que los fieles suelen imponerse erróneamente en la etapa final de la vida y que Dios no exige llevar.

El fundamento de esta enseñanza parte de la observación directa del Padre Pío sobre las trampas del escrúpulo y la culpa en las almas devotas.

El fraile advertía con frecuencia sobre la astucia de las tentaciones en la madurez de la fe: “El demonio es más hábil con los santos que con los pecadores”, solía explicar a los penitentes, señalando que mientras al pecador se le tienta con el vicio, al creyente fiel se le busca perturbar mediante la angustia espiritual y la sensación incesante de nunca ser suficiente ante Dios.

La primera liberación explicada por el Padre Pío aborda la penitencia física.

Frente a la tendencia de buscar mortificaciones voluntarias, el santo aconsejaba a las personas mayores dejar de lado los sacrificios impuestos por mano propia.

“Ya no busquen más sufrimiento. Dios ya se lo envía. Dejen de fabricar cruces de madera cuando Dios ya les dio una cruz de carne”, enseñaba el capuchino, haciendo referencia a que las dolencias físicas inevitables del envejecimiento —como la artritis, los dolores articulares, el cansancio y la pérdida de facultades— constituyen en sí mismas una ofrenda de humildad más pura al aplastar el orgullo personal.

 

La vida y la obra del Padre Pío de Pietrelcina: curaciones, acusaciones de  fraude y profecías del santo de los estigmas - Infobae

 

En segundo lugar, el fraile abordó el sufrimiento recurrente de los padres y abuelos por la lejanía fe de sus descendientes adultos.

Ante las acusaciones de culpa que atormentaban a los ancianos por el alejamiento religioso de hijos y nietos, el Padre Pío confrontaba directamente el deseo de control espiritual preguntando en la confesión: “¿Y tú crees que eres más poderoso que Dios? ¿Que si tú no lo salvas, Dios tampoco puede?”.

El santo recordaba el ejemplo de San Agustín y Santa Mónica, enfatizando que tras los 60 años el rol del creyente cambia de pastor activo a intercesor silencioso, confiando la libertad de los seres queridos a la providencia divina.

La tercera carga aliviada por el fraile es la sensación de inutilidad que experimentan quienes ya no pueden participar activamente en el servicio parroquial u organizacional.

Al evocar la pasaje evangélico de Marta y María, el Padre Pío remarcaba la primacía de la contemplación sobre el activismo en la vejez: “Una anciana que reza el rosario en el último banco de la iglesia sostiene a esa comunidad más que diez comités pastorales”.

Con ello, precisaba que al concluir la utilidad activa comienza la misión mística de la oración sostenida.

Respecto al tormento de las culpas pasadas, el capuchino identificó una cuarta liberación centrada en los pecados ya confesados décadas atrás.

Citando las escrituras y la promesa divina de Isaías 43:25 de no recordar las faltas perdonadas, el Padre Pío reprendía la desconfianza en la misericordia: “Si te confesaste con verdadero arrepentimiento, Dios ya no recuerda ese pecado. ¿Por qué tú insistes en recordarlo? Dios exige un corazón contrito, no una memoria perfecta”.

Afirmaba que desenterrar faltas absueltas no constituye humildad, sino una falta de fe en la eficacia del sacrificio de Cristo.

 

Crucificado sin cruz | orar con el corazón abierto

 

La quinta enseñanza se refiere a las limitaciones en la vida de oración, como las distracciones o el cansancio físico al rezar el rosario.

Ante la culpa de quienes se quedan dormidos durante sus devociones, el fraile tranquilizaba a los penitentes recordando la actitud amorosa de la paternidad divina: “Si te duermes durante el rosario, no te tortures. ¿Acaso un padre se enoja cuando su hijo se duerme en sus brazos? No, lo mira con ternura infinita”.

Para el santo, la oración en la vejez no requiere complejidad teológica, sino la mirada y la presencia sincera ante el Sagrario.

En sexto lugar, el Padre Pío condenó la ansiedad por el futuro y el miedo a la invalidez o la soledad, calificado por él como el vicio de la imaginación ansiosa.

Citando las palabras del Evangelio sobre afrontar cada día con su propio afán, el fraile explicaba el reparto gradual de la gracia:

“Dios te da la fuerza exacta para la cruz de hoy, no para la cruz de 2029. Si intentas cargar esas cruces futuras hoy, te derrumbarás porque usas la gracia de hoy para problemas que todavía no existen”.

Finalmente, la séptima liberación señalada por el estigmatizado concierne al temor paralizante ante el juicio divino y la muerte.

Ante el pavor manifestado por fieles que sirvieron a la Iglesia durante décadas, el Padre Pío reformulaba la percepción del tránsito final: “La muerte no es un encuentro con un desconocido hostil, es el abrazo final con aquel a quien ya conoces”.

Remitiéndose a la Primera Carta de San Juan (1 Juan 4:18) sobre el amor perfecto que expulsa el temor, el fraile recordaba que en el ocaso de la existencia el examen divino versará exclusivamente sobre el amor y la confianza depositada en Dios.

 

San Pio de Pietrelcina. (El padre Pío)

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