El desmantelamiento del clan hegemónico de Los Marianos dejó un peligroso vacío de poder en el Polígono Sur de Sevilla que desencadenó una cruenta guerra territorial entre bandas rivales como los Caracoleños y los Naranjeros

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En la noche del 12 de octubre de 2024, el Polígono Sur de Sevilla se convirtió en escenario de un tiroteo que resonaría en la memoria colectiva de la ciudad.

Durante ocho minutos, disparos de fusiles Kalashnikov retumbaron en las calles, dejando claro que la violencia había alcanzado un nuevo nivel en un barrio que ya había vivido su parte de conflictos.

Lo que parecía ser una victoria para las autoridades, tras la caída del clan de Los Marianos, se transformó rápidamente en una guerra entre clanes criminales que se disputaban el control del narcotráfico.

El clan de Los Marianos había dominado el Polígono Sur durante años, estableciendo un sistema de control territorial que se asemejaba más a un gobierno regional ilegal que a una simple banda de narcotraficantes.

Con una estructura jerárquica bien definida, Los Marianos controlaban no solo la venta de drogas, sino también la lealtad de los habitantes del barrio a través de una combinación de miedo y asistencialismo.

Sin embargo, su caída dejó un vacío de poder que rápidamente fue ocupado por otros grupos criminales, como los Caracoleños y los Naranjeros, que no solo replicaron el modelo de violencia, sino que lo intensificaron.

 

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La llegada de los Caracoleños marcó un cambio drástico en la dinámica del barrio.

Este clan, que había prosperado en economías marginales antes de adentrarse en el narcotráfico, se caracterizó por su brutalidad y falta de cualquier código normativo.

A diferencia de Los Marianos, que mantenían ciertas reglas internas, los Caracoleños no reconocían límites.

Se apropiaron de viviendas vacías de manera violenta, utilizando el terror como herramienta para someter a los residentes legítimos.

La competencia entre clanes por el control del territorio se intensificó, especialmente con el auge del negocio de la marihuana.

Las plantaciones clandestinas comenzaron a proliferar en el barrio, transformando bloques enteros de viviendas en invernaderos de alto rendimiento.

Este cambio no solo afectó la fisonomía del Polígono Sur, sino que también atrajo a organizaciones criminales de fuera, exacerbando la violencia y la inseguridad.

El 12 de octubre de 2024, la tensión acumulada entre los Caracoleños y los Naranjeros estalló en un enfrentamiento armado que dejó a la comunidad en estado de shock.

La policía, al llegar al lugar, encontró numerosos casquillos de bala, pero no a los responsables.

Este tiroteo fue más que un simple conflicto entre bandas; fue una demostración de fuerza que envió un mensaje claro a todos los rivales: la guerra por el control del barrio había comenzado.

 

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La respuesta del Estado no se hizo esperar.

La Operación Vulcano, una de las mayores respuestas policiales en la historia del Polígono Sur, fue lanzada pocos días después del tiroteo.

Aproximadamente 300 agentes de la Policía Nacional se desplegaron en el barrio, llevando a cabo múltiples arrestos y desmantelando plantaciones de marihuana.

Sin embargo, la experiencia ha demostrado que los triunfos tácticos son temporales si no se aborda la raíz del problema.

El Polígono Sur, creado en las décadas de 1960 y 1970 como una solución administrativa para albergar a familias desplazadas, se ha convertido en un símbolo de la marginación y la pobreza.

La falta de inversión en infraestructura, educación y servicios ha permitido que la economía criminal florezca, convirtiéndose en la única opción viable para muchos habitantes.

Cada vez que un clan hegemónico es desmantelado, lo que queda a su paso no es un espacio vacío, sino la oportunidad para que organizaciones más jóvenes y violentas tomen el control.

La historia del Polígono Sur es un ciclo interminable de violencia y lucha por el poder, donde cada nuevo grupo criminal que emerge es más destructivo que el anterior.

A medida que el Estado intenta contener la situación con operaciones policiales, la falta de una transformación estructural en el barrio perpetúa el ciclo de pobreza y criminalidad.

La comunidad, atrapada en este entramado, sigue esperando una solución que no llega, mientras el próximo ciclo de violencia se acumula en las sombras, listo para estallar en cualquier momento.

 

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