Isabel Díaz Ayuso desata una crisis diplomática en su visita a México al defender la conquista de Hernán Cortés como una pacífica evangelización y calificar al país anfitrión de narcoestado

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha vuelto a sacudir el tablero político internacional con una visita a México que ha sido calificada por diversos analistas como una “gestión diplomática incendiaria”.
En un viaje que pretendía estrechar lazos culturales, la baronesa del Partido Popular ha optado por un discurso de confrontación histórica que no solo ha incomodado al gobierno mexicano, sino que ha dejado en una posición comprometida a la diplomacia española y al propio Rey Felipe VI.
Acompañada por el músico Nacho Cano, la presidenta madrileña se ha erigido en la defensora de una versión “cañí” y revisionista de la historia, rindiendo un controvertido homenaje a la figura de Hernán Cortés.
El periplo de Ayuso por tierras aztecas ha estado marcado por una retórica que ignora las recientes muestras de sensibilidad institucional de la Corona española.
Mientras que el Rey Felipe VI ha reconocido en diversos foros la complejidad y la violencia ejercida durante la conquista, Ayuso ha decidido desmarcarse con una defensa cerrada de la “evangelización” y el legado español.
Con una contundencia que ha despertado viejos fantasmas, la presidenta no dudó en arremeter contra la soberanía actual del país anfitrión.
Sus palabras sobre el “narcoestado” y su insistencia en que México debe su civilización al conquistador extremeño han sido recibidas como una bofetada a los esfuerzos de recomposición de relaciones entre ambos países.

“México debe al conquistador extremeño esa pacífica y voluntaria evangelización”, ha llegado a sugerir la narrativa impulsada desde el entorno de la presidenta, una frase que choca frontalmente con la realidad histórica de los pueblos originarios.
Esta visión, que Ana Pardo de Vera define como propia de una “Isabel la Católica en versión cañí”, plantea una premisa peligrosa: o te comportas bajo los estándares impuestos por el conquistador, o la civilización te llegará a la fuerza.
Ayuso, plantada en el corazón de un país que aún procesa su identidad mestiza, ha defendido que Hernán Cortés llegó hace cinco siglos, sin que nadie se lo pidiera, para “educar a esos salvajes indígenas” y destruir lo que ella considera una sociedad sin valores decentes.
La crítica más feroz contra esta gira señala la “ignorancia y mala fe” de la presidenta madrileña al celebrar el mestizaje como una obra de caridad española, olvidando las atrocidades y las violaciones en masa que documentan las crónicas de la época.
“A ver si se creen que la piel se aclara sola y los cambios culturales para mayor gloria del Imperio Católico español los regalan”, denuncia el sector crítico, subrayando que la gesta de Cortés estuvo movida por una avaricia colonial que consideraba a los indígenas como “gente de segunda o tercera” que estorbaba en el saqueo de recursos.

La soledad de Ayuso en este discurso también es política.
Mientras ella se lanza al ataque, el líder nacional del PP, Alberto Núñez Feijóo, mantiene un silencio sepulcral, evitando quedar atrapado en la espiral revisionista de su baronesa más mediática.
Ayuso ha vinculado su admiración por figuras históricas con sus ídolos actuales, desde Donald Trump hasta Benjamín Netanyahu, consolidando una imagen de ultraderecha xenófoba que rechaza la multiculturalidad y la diversidad de los pueblos que no necesitan “salvadores de medio pelo”.
El viaje de la presidenta no habría pasado de ser una anécdota si no fuera por el énfasis especial puesto en insultar al Gobierno de México y, de paso, al de España.
Al defender una civilización impuesta a través del sometimiento, Ayuso ha borrado de un plumazo décadas de trabajo diplomático.
Para la presidenta, la historia de España se escribe bajo su dictado, ignorando que la verdadera diplomacia consiste en reconocer las sombras del pasado para construir un futuro de respeto mutuo.
En cambio, su paso por México ha dejado un rastro de indignación, recordándoles a los mexicanos que, para ciertos sectores de la política madrileña, siguen siendo aquellos pueblos que necesitaban ser “rescatados” por la crueldad de un imperio avaricioso.
La gira termina con una conclusión amarga: la “evangelización” de Ayuso ha sido, en realidad, un ejercicio de arrogancia política que ha dejado la imagen de España, una vez más, a merced del ruido y la confrontación.

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