El programa La Revuelta de David Broncano entra en caída libre tras hundirse por debajo del umbral psicológico de los dos dígitos con un paupérrimo 9,9% de cuota de pantalla

 

 

El millonario y polémico experimento de Pedro Sánchez en la televisión pública española ha comenzado a mostrar signos de agotamiento definitivo.

David Broncano, el fichaje estrella impuesto en Radio Televisión Española (RTVE) bajo un mar de críticas por su trasfondo político, ha entrado en una caída libre que parece no tener fin.

Por primera vez desde su mediática llegada a La 1, el programa *La Revuelta* ha perforado la barrera psicológica de los dos dígitos, registrando un paupérrimo 9,9% de cuota de pantalla mensual.

Este dato no es solo una cifra fría; es la certificación del fracaso de un proyecto que nació con la misión casi mesiánica de desbancar a la competencia privada y que hoy se desangra ante la indiferencia del espectador tradicional.

La crisis de Broncano es aún más humillante si se analiza dentro del contexto actual de la cadena pública.

Mientras el humorista jienense se hunde en el fango de las audiencias, el resto de RTVE vive un momento dulce de reconexión con la audiencia.

La 1 ha firmado su mejor mes de abril desde el año 2012, alcanzando una media del 11,6%.

Sin embargo, Broncano ha sido incapaz de aprovechar este viento a favor, evidenciando una desconexión total y alarmante con el público que paga su astronómico contrato.

De aquellas cuotas superiores al 15% que alcanzaba en sus inicios, impulsadas por la curiosidad y el ruido mediático, ya no queda absolutamente nada.

El programa se ha convertido en un lastre que presiona a la baja los resultados de la televisión estatal.

 

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En la encarnizada guerra del *access prime time*, el veredicto ha sido demoledor.

Pablo Motos, desde Antena 3, ha destrozado cualquier aspiración de liderazgo del formato público.

Mientras Broncano toca fondo, *El Hormiguero* ha ampliado distancias de forma contundente, consolidando un 13,3% de cuota de pantalla y manteniendo una base de 1,7 millones de seguidores fieles que no compran el humor del fichaje de la Moncloa.

“La audiencia ha dictado sentencia y prefiere la solidez y el entretenimiento profesional frente a experimentos que parecen más una herramienta de propaganda que un programa de televisión”, comentan analistas del sector que observan con asombro cómo el buque insignia de la cadena se desmorona.

A pesar de los intentos desesperados de la dirección de RTVE por maquillar el fracaso apelando a la “viralidad en redes sociales” o al impacto en el público joven, la realidad de los audímetros es incontestable.

Ni la excusa de las retransmisiones deportivas ni el refugio en los clips de TikTok pueden ocultar que el programa ha caído por debajo del 10%.

La tendencia descendente es constante y, lo que es más preocupante, parece haberse vuelto estructural.

“No se puede sostener un proyecto de este coste con resultados que están por debajo de la media de la propia cadena”, se escucha en los pasillos de Prado del Rey, donde el nerviosismo empieza a cundir entre los trabajadores que ven cómo se dilapida el presupuesto público.

 

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El impacto real de Broncano es mucho menor del que la maquinaria de comunicación de la Moncloa pretendía vender.

La desconexión con la España real, aquella que busca entretenimiento de calidad y no consignas veladas, ha dejado en evidencia que el carisma del humorista no es suficiente para sostener un formato en la televisión abierta de máxima audiencia.

David Broncano, que en sus inicios se mostraba desafiante, ha tenido que enfrentarse a la dura realidad de los números: el público ha dado la espalda a su propuesta.

La situación es crítica.

El que fuera presentado como el “salvador” de las noches de La 1 se ha convertido en un auténtico fiasco para el bolsillo de todos los españoles.

Con un contrato blindado y unas cifras que no dejan de menguar, el futuro de *La Revuelta* pende de un hilo, no por falta de apoyo político, sino por la ausencia de lo único que realmente importa en la televisión: el respeto y el interés del soberano espectador.

El experimento se desmorona y, con él, la ilusión de que el mando a distancia podía ser controlado desde un despacho oficial.

La televisión pública vuelve a enfrentarse a su cruda realidad mientras el líder indiscutible sigue siendo, una noche más, aquel al que intentaron derribar con millones de euros públicos.

 

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