Tras años de discreto segundo plano en el País Vasco, el nacimiento del primer hijo de Lola Orellana devuelve a la actualidad al bailarín argentino, hoy volcado en la terapia corporal y emocional junto a Rakel Ampudia.

 

Rosario y Carlos Orellana, padres de Lola

 

El nacimiento, el pasado 3 de junio, del primer nieto de Rosario Flores ha reconfigurado el mapa de la actualidad de la crónica social, devolviendo al primer plano informativo a una figura que decidió apartarse de la primera línea mediática hace más de dos décadas.

Carlos Orellana, el modelo y bailarín argentino que compartió su vida con la menor del clan Flores a mediados de la década de los noventa, vive este hito familiar en la más estricta intimidad.

La llegada del bebé, fruto de la relación de su hija Lola Orellana con el músico Cosme Daniel de Juan, coincide con una etapa de consolidación profesional y espiritual para Orellana, plenamente establecido en el País Vasco y consagrado al desarrollo de la biodanza como herramienta de transformación personal.

La vinculación entre Rosario Flores y Carlos Orellana se fraguó en Buenos Aires a finales de 1995, en uno de los momentos más complejos de la biografía de la intérprete.

Tras encadenar las pérdidas consecutivas de su madre, Lola Flores, y de su hermano Antonio en mayo de aquel año, la artista encontró en el bailarín un asidero emocional indispensable.

Fruto de aquel romance efímero pero intenso nació en 1996 su hija Lola, considerada por la propia Rosario como “un regalo del cielo” enviado para mitigar el duelo familiar.

Pese al nacimiento de la primogénita, las divergencias de sus respectivos entornos propiciaron una separación cordial en mayo de 1997, priorizando desde entonces el bienestar de su hija común.

 

Rosario y su hija Lola Orellana

 

Tras un periodo de relativa exposición pública en España, que incluyó su participación en la edición de Gran Hermano VIP en el año 2004, Orellana optó por desvincularse de los platós de televisión para iniciar un proceso de introspección personal.

Esta búsqueda le condujo hasta Vitoria-Gasteiz, localidad donde fijó su residencia y donde descubrió su verdadera vocación: la biodanza, un sistema que amalgama música, movimiento y situaciones de encuentro grupal para propiciar el bienestar emocional.

En la actualidad, Orellana colidera junto a su actual pareja, Rakel Ampudia, dos escuelas especializadas en el País Vasco, ejerciendo como facilitador y formador de nuevos profesionales en esta disciplina.

Sus raíces andinas y sus viajes formativos de juventud por el norte de Argentina, Bolivia y Perú —donde asimiló las enseñanzas de los sabios indígenas de la región— constituyen el sustrato filosófico sobre el que asienta su metodología de trabajo corporal.

“La biodanza me ha hecho centrarme mucho. Ha habido momentos duros, pero la vida continúa y sale el sol de nuevo”, ha manifestado en intervenciones en medios locales.

 

Imagen de archivo de Rosario Flores y Carlos Orellana junto a Antonio Carmona

 

En el ámbito privado, Carlos Orellana ha constituido un nuevo núcleo familiar en tierras vascas junto a Ampudia, con quien tiene dos hijos menores que mantienen una relación fluida y cercana con su hermana mayor.

Lola Orellana, por su parte, ha seguido una senda de estricta discreción, declinando cualquier proyección ligada a la fama de sus progenitores para desarrollar su carrera profesional en el sector cinematográfico, la fotografía y las artes visuales.

La llegada de este nuevo descendiente tras seis años de relación estable entre Lola y Cosme Daniel de Juan ha sido festejada de manera pública por Rosario Flores a través de sus canales oficiales, definiéndola como “la dicha más grande” de su vida.

En contraposición a la efusividad de la artista, Carlos Orellana asume su condición de abuelo desde el perfil bajo y el laconismo que han caracterizado su trayectoria en los últimos veinte años.

Su entorno confirma que vive este relevo generacional con idéntica satisfacción, refrendando la efectividad de un modelo de vida alejado de las servidumbres del foco público y firmemente arraigado en el equilibrio personal.

 

La pareja dirige dos escuelas de baile en el País Vasco