¡Rompe el silencio! Carito Müller destapa el terror que vivió para sobrevivir a su propia madre
El impacto de los traumas de la infancia en la estructura psicológica de los adultos constituye uno de los desafíos más complejos y profundos para el análisis clínico y social contemporáneo.
El lanzamiento del libro titulado Esta es mi historia, escrito por la creadora de contenido Carito Müller, ha abierto una ventana cruda y desgarradora hacia los rincones más oscuros de la violencia intrafamiliar y la supervivencia filial.

A través de una extensa y emotiva conversación con la conductora Sofi Calvo en el marco del estreno de un nuevo ciclo de entrevistas audiovisuales, se ha puesto de manifiesto cómo el entorno doméstico puede transformarse en un escenario de terror absoluto, donde la figura que biológicamente debería garantizar la protección y el afecto se convierte en la principal amenaza para la supervivencia.
Este relato público, consolidado formalmente este 13 de julio de 2026, derriba los muros del silencio y el tabú familiar que durante décadas cubrieron una trama de adicciones, marginalidad y violencia extrema en el conurbano bonaerense.
La historia se origina en la localidad de Sarandí, en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, un territorio que sirvió de fondo para el complejo entramado de relaciones de la familia Müller.
El núcleo familiar primario estaba compuesto por el padre, Sergio, un hombre de origen sumamente humilde que comenzó a trabajar como canillita vendiendo diarios desde los siete años de edad, y la madre biológica, Paola.
La relación entre ambos estuvo marcada desde el principio por la inestabilidad y el conflicto, acentuados por la compleja y destructiva personalidad de Paola.
Para comprender el origen de la violencia sistemática que posteriormente se desataría sobre sus hijos, resulta indispensable analizar el trasfondo histórico y transgeneracional que cargaba la madre biológica.
Adoptada por sus padres de crianza, Jorge y Mirta, Paola descubrió a los catorce años de edad que era hija de personas desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar en Argentina.
Este hallazgo identitario, lejos de ser procesado en un entorno de contención psicológica que en aquella época resultaba casi inexistente, detonó una transformación radical en su conducta, manifestando una ira incontrolable, un resentimiento profundo hacia su entorno y una incapacidad absoluta para acatar límites.

Con el paso de los años, la incomprensión y el dolor de Paola se canalizaron a través de los consumos problemáticos y la marginalidad.
La descripción de su cotidianidad evoca un calvario sistemático para quienes convivían con ella; la adicción severa al alcohol y a las drogas pesadas gobernaba su existencia.
Carito Müller recuerda con precisión quirúrgica el rechazo sensorial que aún hoy, a sus veintiséis años, le genera el olor del vino barato en cartón que su madre consumía desmedidamente.
Paola financiaba su adicción trabajando en el ámbito de la prostitución y como bailarina de caño en el club nocturno Trolladisco, un emblemático establecimiento de la zona sur.
Las imágenes nítidas de la madre regresando al hogar de madrugada, en un estado de alienación total debido a los estupefacientes, semidesnuda bajo un tapado y con botas de cuero, quedaron registradas en la memoria de una niña que apenas lograba procesar la realidad de su entorno.
“Mi mamá atentó contra mi vida. Una vez me ahogó en una pelopincho y otra vez me quiso ahorcar con un pañuelo de seda.
Era muy violenta. No es solo mi historia, es la historia de mi papá y de mi hermano.”
La violencia física ejercida por Paola sobre su hija menor alcanzó niveles de peligro extremo que rozaron el infanticidio.
El testimonio detalla episodios escalofriantes ocurridos entre los cuatro y los ocho años de edad, una etapa en la que la indefensión de la víctima era absoluta.
Entre los recuerdos más traumáticos se encuentra el castigo físico desproporcionado bajo el agua de una piscina de lona, donde la madre sostuvo la cabeza de la niña de manera prolongada para darle un “escarmiento” tras un berrinche infantil.
En otra ocasión, la levantó del cuello contra una pared intentando asfixiarla con un pañuelo de seda, motivada por la furia de no obtener información sobre el paradero del perro de la casa, al cual pretendía asesinar.
La presencia de armas blancas también formaba parte de las amenazas cotidianas, configurando un cuadro de terrorismo doméstico donde la supervivencia diaria dependía de la intervención de terceros.
Frente a la desidia y el peligro inminente, la figura del hermano mayor, Nahuel, emergió como un escudo protector indispensable.

Cinco años mayor que la autora, Nahuel se vio obligado a asumir un rol de sobreadaptación parental, actuando como un padre fáctico y un guardián de la integridad física y psicológica de su hermana menor.
Este fenómeno de parentificación forzada llevó al niño a interponer su propio cuerpo ante los intentos de agresión con cuchillos por parte de la madre y a coordinar los silencios necesarios para evitar represalias mayores.
El pacto de silencio impuesto por la manipulación psicológica de Paola, quien amenazaba a los niños con castigos severos si relataban lo sucedido a su padre o a sus abuelos, generó una doble vida donde el horror quedaba rígidamente confinado dentro de las paredes de la vivienda delantera.
La geografía del hogar, sin embargo, ofrecía una vía de escape y un contraste absoluto que salvó la salud mental de los menores.
En el mismo terreno de Sarandí, en la casa trasera, residían los abuelos maternos, Jorge y Mirta.
Asimismo, a tan solo seis cuadras de distancia, vivían los abuelos paternos, Roberto e Irma.
Estos cuatro ancianos, descritos como seres de una bondad inconmensurable, representaron el puerto seguro donde la infancia pudo experimentar la ternura y el respeto.
Cuando los brotes de locura y adicción de Paola desbordaban la convivencia, ella misma llamaba al padre de los niños para exigirse que se los llevara.
El traslado de tan solo seis cuadras significaba un cambio radical de dimensión: pasar del desamparo y la amenaza de muerte a la seguridad de una merienda preparada con amor, las enseñanzas para andar en bicicleta y el cuidado atento de la abuela Irma, quien se convirtió en la única integrante de la familia dispuesta a romper el tabú y hablar sin censuras sobre la madre biológica en los años posteriores.
El análisis psicológico de la entrevista permite dilucidar los complejos mecanismos de defensa que la psiquis infantil desarrolla para tolerar la crueldad del entorno.
Un aspecto revelador es la proyección afectiva que Carito Müller realizó sobre Enzo, un cachorro blanco rescatado por la familia.
Durante los episodios de violencia, la niña era encerrada en la habitación de sus abuelos junto al animal para protegerla del caos exterior.
En la intimidad de ese encierro, abrazaba al perro llorando y repitiéndole que él no se merecía ese sufrimiento.
Desde la perspectiva de la psicología evolutiva, este acto constituye una transferencia de la propia necesidad de cuidado; al defender y compadecer al animal desprotegido, la niña encontraba una forma indirecta de validar y preservar su propia dignidad y vulnerabilidad vulneradas, un patrón afectivo que se mantiene en su adultez a través de una profunda dedicación al rescate de animales.
El camino hacia la sanación y la madurez no estuvo exento de crisis profundas y de la temida repetición de patrones transgeneracionales.
Durante la adolescencia, la ausencia de la madre —quien finalmente fue detenida y encarcelada cuando la autora tenía ocho años— y el fallecimiento progresivo de los abuelos protectores desestabilizaron severamente a la joven.
El espejo de la herencia genética y conductual comenzó a manifestarse de forma alarmante. La autora confiesa que adoptó conductas manipuladoras, conflictivas, violentas y mitómanas, llegando a enfrentarse físicamente con su entorno y ganándose la dolorosa frase de su padre y hermano: “Sos igual a Paola”.
El reconocimiento de esa alarmante similitud, sumado al dolor del duelo, condujo a un colapso psíquico que derivó en un intento de suicidio, un hecho revelado por primera vez en las páginas de su nueva obra.
La intervención de la salud mental a través de un abordaje psiquiátrico y años de terapia convencional e interdisciplinaria permitieron desarticular el síntoma y transformarlo en palabra.
A diferencia de su madre biológica, quien careció de herramientas y convirtió su historia trágica en una patología destructiva, la joven logró canalizar la angustia a través de la interrogación y la expresión literaria.
El quiebre definitivo del ciclo de violencia se consolidó con su propia maternidad. A los veintiséis años, habiendo tenido a su hija Pipu exactamente a los veintitrés años —la misma edad en la que Paola la tuvo a ella—, la autora demuestra que el destino familiar no es una condena biológica inexorable.
Al observar la infancia feliz, segura y amada de su hija y de su sobrina pequeña, confronta la crudeza de su propio pasado no desde el rencor, sino desde el alivio de haber edificado una realidad completamente diferente, demostrando que sobrevivir a una madre violenta requiere, fundamentalmente, la valentía de reescribir la propia historia.