El plató de “First Dates” se convirtió en el escenario de un bochornoso encuentro televisivo tras el regreso de Enrique, un soltero mallorquín que desató el caos al intentar cortejar simultáneamente a dos hermanas y proponer un trío amoroso en plena cena

 

 

El plató de “First Dates”, el icónico restaurante televisivo donde se supone que las almas solitarias encuentran su media naranja bajo la mirada atenta de Carlos Sobera, se transformó esta semana en el escenario de uno de los episodios más incómodos, delirantes y comentados de la televisión española en 2026.

La llegada de dos hermanas con un pacto de complicidad y el retorno de Enrique, un viejo conocido del formato con un historial de cortejo agresivo y cibernético, desataron un torbellino de zafiedad que ha dejado a la audiencia entre el asombro y la absoluta estupefacción.

Lo que comenzó como un experimento familiar para encontrar el amor terminó convirtiéndose en una auténtica exhibición de obsesión carnal, dobles sentidos de dudoso gusto y una preocupante falta de filtros que dinamitó cualquier posibilidad de romance.

La velada arrancó con la entrada de dos hermanas decididas a desafiar al destino.

Impulsadas por el reto de sus propias hijas, acudieron juntas al programa para apoyarse mutuamente en la búsqueda de una pareja estable.

Una de ellas, una mujer de 67 años con un aspecto físico tan espectacular que parecía haber firmado un pacto con el diablo, confesó abiertamente sus particulares gustos románticos al asegurar que sentía una fuerte atracción por los hombres feos y gorditos, priorizando la autenticidad sobre la superficialidad.

Sin embargo, el destino y los guionistas del programa le tenían deparada una sorpresa mayúscula con la irrupción de Enrique, un soltero mallorquín que ya había pisado el restaurante en los albores del formato y que regresaba con las hormonas revolucionadas y una alarmante falta de sutileza.

 

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El ambiente se tensó de inmediato cuando Enrique descubrió que no se enfrentaba a una pretendiente, sino a dos.

Ante la presencia de las hermanas, el comensal activó un cuestionable instinto de conquistador que descolocó a los presentes, fantaseando casi de inmediato con la posibilidad de un trío amoroso y llegando a proponer un brindis por el éxito de un hipotético encuentro a tres bandas.

La situación rozó el surrealismo cuando una de las hermanas revisó su teléfono móvil y descubrió, ante el asombro de la audiencia, que Enrique ya figuraba en su lista de amigos de Facebook y que en el pasado le había enviado insistentes mensajes de texto piropeándola e intentando concretar una cita en Palma.

Este destape de su faceta como “ciberbabuino” no frenó el ímpetu del mallorquín, quien lejos de mostrar vergüenza por el reencuentro involuntario, intensificó sus intentos de seducción con la otra hermana, una mujer rubia que pronto se convertiría en la víctima directa de sus excesos verbales.

A medida que los platos llegaban a la mesa, la conversación abandonó cualquier atisbo de romanticismo convencional para adentrarse en un terreno perturbador.

Enrique, encendido por la presencia de su cita y sordo ante las evidentes señales de rechazo, comenzó a desplegar un repertorio de comentarios explícitos que incomodaron profundamente a su acompañante.

El soltero decidió que la primera cita era el momento idóneo para hablar detalladamente de su vida pasada, explicando que debido a los problemas de fertilidad de su anterior pareja recurrieron a la fecundación in vitro, revelando con total naturalidad que aún conservaba un embrión congelado.

La revelación, lejos de conmover, provocó una profunda repulsión en la soltera, quien no daba crédito al escuchar semejantes intimidades biológicas entre bocado y bocado.

 

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El delirio alcanzó su punto álgido cuando Enrique intentó forzar el contacto físico, exigiendo un abrazo que, según sus propias teorías del afecto, debía durar estrictamente entre cinco y ocho segundos, obligando a la hermana desde la distancia a contar en voz alta para romper la insoportable tensión del plató.

Lejos de detenerse tras el gélido abrazo, el comensal redobló la apuesta sexual de la cena preguntando sin tapujos a la mujer si estaría dispuesta a mantener una relación abierta, si le importaba practicar el sexo oral y detallando de forma grotesca las partes de su anatomía que pretendía explorar en el futuro, incluyendo referencias directas a sus senos y su vagina.

Cada palabra del mallorquín actuaba como un repelente, transformando la cena en un monólogo obsceno donde el respeto y la caballerosidad brillaron por su ausencia.

En la decisión final, el desenlace fue tan previsible como fulminante.

Enrique, atrapado en su propia fantasía y demostrando una alarmante desconexión con la realidad de la velada, aseguró habérselo pasado en grande y manifestó su deseo de mantener un segundo encuentro, creyendo erróneamente que sus provocaciones habían surtido efecto.

La respuesta de la soltera fue un “no” categórico, contundente y cargado de dignidad, recordándole la enorme distancia ideológica y moral que los separaba.

Tras el rotundo rechazo, las dos hermanas abandonaron el plató reafirmando su complicidad familiar y dejando claro que el mercado de las citas televisivas está plagado de personajes insoportables, mientras Enrique regresaba a Mallorca con el casillero vacío, consolidando uno de los momentos más bochornosos y comentados de la historia del programa.

 

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