El restaurante de “First Dates” se convirtió en el escenario de un surrealista cruce cultural tras el encuentro entre Diego, un madrileño que reinventó el traje de chulapo para defender el casticismo local, y Jordi, un soltero catalán que revolucionó la velada al presentarse con un fuet de Tarragona usado como constante metáfora sexual

 

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El plató de “First Dates”, el icónico restaurante del amor regentado por el carismático Carlos Sobera, se ha convertido una vez más en el epicentro de la estupefacción pública y el debate social tras la emisión de un encuentro que ya califica como uno de los momentos más delirantes, zafios y culturalmente bizarros de la historia reciente del formato.

Bajo el marco conceptual de un programa especial dedicado en exclusiva al folclore y a las tradiciones de las diversas comunidades autónomas de España, el espacio nocturno de Cuatro sirvió como el escenario idóneo para una colisión de personalidades donde el orgullo castizo madrilense, las metáforas carnales catalanas y las supuestas identidades afectivas modernas terminaron por fundirse en un hilarante e inclasificable espectáculo televisivo de seducción, contradicciones y embutidos de doble sentido.

La velada comenzó con la imponente llegada de Diego, un viejo conocido de la audiencia que decidió bautizar su alter ego artístico y virtual bajo el inequívoco y narcisista pseudónimo de “Diególatra”.

Ataviado con una reinterpretación modernizada del clásico traje de chulapo madrileño, un mono vanguardista de una sola pieza diseñado para romper las barreras de género que él mismo denominó con orgullo como un atuendo para el “chulape” moderno, el soltero irrumpió con la firme misión de defender el casticismo frente a lo que considera una preocupante despersonalización de la capital española.

En sus propias declaraciones, cargadas de nostalgia y un ferviente chovinismo local, Diego lamentó de forma vehemente que el Madrid actual corra el riesgo de transformarse en un parque temático globalizado al más puro estilo del estado de Wisconsin, repleto de cafeterías de especialidad y franquicias extranjeras de tacos, sepultando las sacrosantas tradiciones del chotis, las verbenas y el vermú de grifo.

 

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Sin embargo, la verdadera sacudida al orden del restaurante llegó con la entrada de su contraparte, Jordi, un soltero proveniente de Cataluña que acudió a la cita provisto de unos claveles, una nota poética y un acompañante gastronómico sin precedentes en el cortejo catódico: un fuet spetec de Tarragona.

Lo que en un principio pretendía presentarse como un inocente obsequio representativo de su tierra natal mutó de inmediato en una herramienta de provocación erótica y juego de palabras de altísimo voltaje.

Jordi no tardó un solo segundo en romper el hielo con una crudeza que dejó al presentador y a las camareras entre la diversión y el desconcierto absoluto, al asegurar sin ambages que el embutido venía algo blando pero que, dependiendo de las circunstancias climáticas y humanas de la noche, se pondría duro con tremenda facilidad.

A partir de ese instante, la cena romántica derivó en una auténtica comedia de terror psicológica y costumbrista, minuciosamente analizada por creadores de contenido y espectadores en redes sociales que no daban crédito ante el nivel de zafiedad desplegado.

La gran contradicción de la noche afloró cuando Jordi intentó definirse solemnemente ante su pretendiente como una persona demisexual, argumentando que requería de manera indispensable un vínculo emocional profundo y un conocimiento mutuo previo para poder intimar físicamente con alguien.

Esta declaración de principios estalló por los aires de forma inmediata ante la actitud del propio comensal catalán, quien pasó toda la velada deslizando comentarios obscenos, ofreciéndole el fuet en la boca a Diego en una grotesca analogía sexual y admitiendo con posterioridad que, si alguien le entraba directamente por los ojos, las barreras caían y la urgencia del deseo carnal superaba cualquier misticismo sentimental.

 

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Diego, lejos de escandalizarse por la burda insistencia del embutido multiusos que Jordi arrastró de la mesa hasta el reservado, demostró una personalidad abiertamente egocéntrica pero transparente, reconociendo que sus elevados estándares y su vida volcada al hedonismo sin compromisos eran los causantes directos de su soltería.

El juego de seducción se tornó aún más explícito durante la ronda de preguntas subidas de tono dispuestas por el programa, donde tras debatir si eran más partidarios de la morcilla de Burgos o los calçots en la intimidad, Jordi dinamitó la última pizca de decoro tradicional al afirmar sin tapujos que prefería que lo pusieran mirando en dirección al municipio murciano de Totana antes que a Cuenca, echando por tierra su fachada de romanticismo platónico.

El clímax de camaradería autonómica e hilaridad se alcanzó con la irrupción de otros comensales folclóricos que aportaron casadielles asturianas al banquete y obligaron a la pareja a bailar un chotis en mitad del plató.

En una estampa cómica que los analistas compararon de inmediato con la destreza dancística del mismísimo alcalde de Madrid en el día de su boda, Diego tomó las riendas de la cadera de Jordi y lo hizo girar sobre su propio eje como si de un muñeco de feria se tratase, consolidando una sintonía innegable basada en el desparpajo mutuo y la ausencia total de vergüenza.

Contra todo pronóstico de los sectores más puritanos que auguraban un fracaso estrepitoso debido a la grosería de los dobles sentidos, la decisión final selló el éxito del surrealista cortejo.

Jordi aceptó complacido una segunda cita alegando la evidente atracción física, mientras que Diego, haciendo gala de su ironía madrileña y su fascinación por el intercambio cultural, firmó su rendición incondicional asegurando que aceptaba el segundo encuentro porque los idiomas y el conocimiento nunca sobran en la vida.

Ambos abandonaron el coliseo de Cuatro prometiendo ahogar la noche entre vermús, gildas y, por supuesto, los últimos restos del polémico fuet catalán, demostrando que en los tiempos de la televisión moderna, el canibalismo del espectáculo y el hambre de atención pública se alimentan con los ingredientes más insólitos de la geografía española.

 

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