Revelaciones sobre la figura de Akenatón descartan hipótesis genéticas y apuntan a una ruptura artística y política en el Antiguo Egipto
Análisis de ADN realizados a la momia de la tumba KV5 confirmaron que Akenatón no padecía el síndrome de Marfan ni otras enfermedades genéticas previamente sospechadas

Hacia el año 1353 a.C., la llegada al trono egipcio de Amenofis IV marcó el inicio de una de las transformaciones más drásticas de la antigüedad.
En su quinto año de reinado, el monarca cambió su nombre a Akenatón —cuyo significado se traduce como “el espíritu actuante de Satón”— e impuso el culto exclusivo a Atón, el disco solar, desplazando la hegemonía del dios Amón y del influyente estamento sacerdotal de Tebas.
Para consolidar su reforma, trasladó la capital del imperio a una nueva ciudad construida en el desierto, Aketatón, cuyo perímetro abarcaba más de 12 kilómetros a lo largo del río Nilo, delimitado por una serie de estelas fronterizas talladas en piedra que han permitido a los arqueólogos precisar sus dimensiones exactas.
A la par de esta reestructuración religiosa y política surgió el denominado arte de Amarna, caracterizado por una representación anatómica sin precedentes en las esculturas y relieves del faraón, su esposa la reina Nefertiti y sus seis hijas.
Las obras de la época retratan al soberano con el cráneo alargado hacia atrás, rostro estilizado con mentón prominente, labios gruesos, ojos almendrados y pómulos marcados, además de muslos anchos, vientre abultado y un tórax con rasgos similares a los senos femeninos.
A diferencia de otros faraones que exigían representaciones idealizadas y de simetría perfecta, Akenatón ordenó exhibir estas características de manera explícita.
La presencia de estos mismos rasgos en las figuras de la reina y sus hijas descartó inicialmente la hipótesis de un caso médico aislado y dividió a la comunidad científica entre teorías genéticas y del estilo artístico deliberado, considerando además que piezas como el famoso busto de Nefertiti —hallado en Amarna en 1912 y expuesto actualmente en un museo de Berlín— retratan a la soberana con proporciones convencionales y simétricas.

En el ámbito histórico, al monarca se le atribuye la autoría del Gran Himno a Atón, grabado en la tumba de un cortesano en Amarna, un texto poético que describe al disco solar como creador universal y cuyos versos presentan marcadas similitudes con el Salmo 104 de la Biblia Hebrea redactado siglos después.
En el terreno de las teorías populares surgidas a partir de la década de 1960, defensores de la hipótesis de los antiguos astronautas como Erich von Däniken sostuvieron que los rasgos andróginos y alargados obedecían a un origen extraterrestre o híbrido.
Por su parte, la hipótesis médica más difundida durante décadas asoció la fisonomía del faraón con el síndrome de Marfan, una alteración genética del tejido conjuntivo que afecta a una de cada 5.
000 personas en el mundo y genera extremidades alargadas, deformaciones torácicas y problemas cardiovasculares.
Sin embargo, dicha afección provocaba fertilidad reducida y menor esperanza de vida, lo cual contrastaba con el hecho de que Akenatón engendró al menos seis hijas además de Tutankamón y vivió hasta aproximadamente los 40 años.
Otras alternativas como el síndrome de Froehlich o el síndrome de Klinefelter tampoco lograron explicar de manera integral el conjunto de los rasgos sin antecedentes en sus ascendientes ni descendientes directos.
El giro decisivo en la investigación ocurrió a partir de 2010 mediante los análisis de ADN liderados por el egiptólogo Zahi Hawass sobre la momia masculina de la tumba KV5, descubierta en 1907 en el Valle de los Reyes.
Inicialmente clasificada con una edad de muerte estimada entre los 20 y 25 años que no coincidía con los 17 años de reinado de Akenatón, las pruebas genéticas confirmaron que los restos correspondían al padre de Tutankamón y, por extensión, al propio Akenatón.
Dichos exámenes de alta tecnología descartaron definitivamente que el soberano padeciera el síndrome de Marfan o cualquier otra de las anomalías genéticas sugeridas anteriormente.
Tras descartarse la causa médica, la explicación predominante entre los egiptólogos señala que el arte de Amarna respondió a una estrategia de propaganda política y religiosa concebida para simbolizar la ruptura total con la estética del pasado e integrar elementos masculinos y femeninos en la figura del rey como representación terrenal de una divinidad generadora de vida.
Tras la muerte de Akenatón, el Estado egipcio restauró el politeísmo, abandonó la ciudad de Aketatón y aplicó la práctica de la damnatio memoriae, destruyendo sus estatuas y borrando su nombre de los registros oficiales; un proceso en el que su propio hijo, nacido bajo el nombre de Tutankatón, debió cambiar su denominación a Tutankamón para reconciliar la corona con los sacerdotes tradicionales.
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