Pedro Porro abre su corazón sobre los sacrificios que marcaron su camino hacia la élite: “Tuve que dejar la ESO para perseguir mi sueño, pero nunca renuncié a terminarla”
Convertirse en un futbolista de élite no es nada fácil, y hay que tomar decisiones, como la de Pedro Porro, que pueden no entenderse, pero que son necesarias cuando uno quiere triunfar.

Pedro Porro se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del fútbol español tras conquistar el Mundial de 2026 con la selección absoluta. Consolidado como uno de los mejores laterales derechos del panorama internacional y pieza fundamental tanto en su club como en La Roja, el extremeño disfruta hoy del mayor éxito de su carrera deportiva.
Sin embargo, detrás de los títulos, el reconocimiento y la fama existe una historia de esfuerzo, sacrificios familiares y renuncias personales que comenzó mucho antes de que el fútbol profesional llamara a su puerta.
Nacido el 13 de septiembre de 1999 en Don Benito (Badajoz), Pedro Antonio Porro Sauceda creció en una familia trabajadora donde el fútbol siempre ocupó un lugar privilegiado.
Desde muy pequeño destacó por unas cualidades excepcionales con el balón, lo que le llevó a incorporarse a las categorías inferiores del Gimnástico Don Benito y posteriormente a la cantera del Rayo Vallecano, antes de dar el salto definitivo a la estructura de formación del Girona FC.
Aquella oportunidad supuso un punto de inflexión en su vida, pero también implicó asumir responsabilidades impropias de un adolescente.
En una entrevista concedida recientemente, el internacional español recordó uno de los momentos más difíciles de aquella etapa: abandonar temporalmente sus estudios para poder centrarse en una carrera deportiva que cada vez exigía mayor dedicación.
“Tuve que dejar la ESO. Son cosas que cuando quieres cumplir tu sueño tienes que sacrificar”, explicó con absoluta sinceridad, reconociendo que la decisión fue consecuencia de la exigencia que suponían los entrenamientos diarios, los desplazamientos y la necesidad de descansar para rendir al máximo nivel.

Cuando se trasladó a Madrid para continuar su formación como futbolista, compatibilizar el deporte de élite con la educación resultó prácticamente imposible. Sin embargo, lejos de abandonar definitivamente su formación académica, siempre tuvo claro que terminar los estudios era una asignatura pendiente.
“Cuando me fui a Madrid tuve que dejar la ESO; luego, más adelante, lo retomé. Son cosas que cuando quieres cumplir tu sueño tienes que sacrificar”, recordó, insistiendo en que aquella pausa nunca significó renunciar a la educación.
El propio futbolista admite que durante la adolescencia toda su vida giraba alrededor del fútbol.
“No era muy de estudios porque lo mío era el fútbol y era un enfermo del fútbol”, confesó entre sonrisas, utilizando una expresión con la que describe la enorme pasión que sentía por este deporte desde niño.
Con el paso de los años, su perspectiva cambió. La educación comenzó a adquirir una importancia mucho mayor gracias a los valores inculcados por su familia, que siempre insistió en la necesidad de completar su formación independientemente del éxito deportivo.
“Más adelante me lo tuve que sacar porque eso es importantísimo para mí, sobre todo por los valores que me ha dado mi familia. Pude cumplir las dos partes y eso es lo que me hace más feliz”, explicó.
Para lograrlo, Pedro Porro organizó su rutina de manera ejemplar. Entrenaba por las mañanas y acudía por las tardes a una escuela de adultos para obtener finalmente el título de Educación Secundaria Obligatoria, demostrando que el éxito deportivo no era incompatible con cumplir aquel objetivo personal que había quedado pendiente durante su juventud.

Pero si hubo alguien que hizo posible que nunca abandonara su sueño fueron sus padres y, especialmente, sus abuelos. El futbolista ha recordado en numerosas ocasiones que gran parte de su carrera se construyó gracias al enorme esfuerzo realizado por toda su familia, que sacrificó tiempo, dinero y comodidad para acompañarlo en cada etapa de su formación.
Uno de los recuerdos que más le emociona ocurrió cuando todavía competía en categorías inferiores. Sus familiares recorrieron cientos de kilómetros para verlo jugar un partido en Alcobendas y, ante la imposibilidad de asumir el coste de un alojamiento, pasaron la noche durmiendo dentro de una furgoneta.
“Mis abuelos y mis padres se quedaron a dormir en el coche porque jugábamos muy temprano. Cuando terminó el partido me dijeron que llevaban cinco horas más que yo allí. Hoy es una anécdota que me hace mucho más fuerte y mucho más feliz”, recordó emocionado.
Aquellos sacrificios cobraban todavía más valor teniendo en cuenta la delicada situación económica que atravesaba la familia durante aquellos años.
“Mi madre trabajaba en Mercadona y mi padre hacía los trabajos que le iban saliendo”, explicó, describiendo una realidad compartida por muchas familias españolas que luchan diariamente para sacar adelante a sus hijos.
Los horarios laborales de sus padres hacían que fueran sus abuelos quienes asumieran gran parte de su cuidado cotidiano.
“Mis abuelos hicieron también de padre y madre cuando los míos no podían estar. Mi madre salía a trabajar a las tres, las cuatro o las cinco de la mañana y me llevaba a casa de mi abuela. Yo lloraba mucho cuando tenía que separarme de ella, y la verdad es que ella también”, recordó con enorme emoción.
Entre todas esas figuras familiares destaca especialmente la de su abuelo Antonio, a quien Pedro considera uno de los pilares fundamentales de su carrera.
Fue él quien lo acompañó durante años a entrenamientos, partidos y concentraciones, buscando siempre la manera de que su nieto pudiera seguir creciendo como futbolista a pesar de las limitaciones económicas.
“En casa hemos sufrido mucho económicamente, pero me quedo con el detalle de mi abuelo de llevarme a todos lados como fuera. Él buscaba cualquier medio para verme feliz y ahora intento devolverle todo ese esfuerzo de la mejor manera posible”, afirmó.

Precisamente por ello, uno de los momentos más emotivos tras la conquista del Mundial de 2026 llegó cuando Pedro regresó a Extremadura con la medalla de campeón del mundo para entregársela personalmente a su abuelo.
Las imágenes del veterano emocionándose hasta las lágrimas mientras abrazaba a su nieto reflejaron mejor que ninguna otra escena todo el camino recorrido por la familia hasta alcanzar la cima del fútbol mundial.
A nivel deportivo, Pedro Porro también ha construido una trayectoria ejemplar.
Después de debutar profesionalmente con el Girona, fue fichado por el Manchester City, aunque continuó creciendo mediante cesiones en el Real Valladolid y, especialmente, en el Sporting Clube de Portugal, donde se consolidó como uno de los laterales más completos de Europa.
Su rendimiento le permitió ser traspasado al Tottenham Hotspur, club en el que terminó de confirmar su estatus internacional gracias a su capacidad ofensiva, velocidad, intensidad defensiva y versatilidad táctica.
Con la selección española vivió primero el éxito de la Eurocopa de 2024 y posteriormente alcanzó la gloria definitiva al proclamarse campeón del mundo en 2026, convirtiéndose en una pieza indispensable dentro del sistema de Luis de la Fuente y firmando un campeonato sobresaliente, en el que incluso marcó goles decisivos frente a Austria y Francia durante el camino hacia el título.
Hoy, convertido en uno de los referentes del fútbol español, Pedro Porro no olvida el precio que hubo que pagar para llegar hasta donde está.
Sus sacrificios personales, la decisión de interrumpir temporalmente sus estudios, las dificultades económicas de su familia y el apoyo incondicional de sus abuelos forman parte de una historia que explica que, detrás de cada éxito deportivo, suele esconderse una larga cadena de esfuerzos silenciosos.
Por eso, más allá de los títulos y las medallas, el internacional extremeño considera que su mayor victoria ha sido poder devolver a quienes más apostaron por él una pequeña parte de todo lo que hicieron para ayudarle a cumplir el sueño que cambió su vida para siempre.