La crisis en el Estrecho de Hormuz y las sanciones internacionales han disparado el costo de los combustibles y los fletes logísticos, impactando directamente en el precio final de la canasta básica en toda América Latina

Más allá de los titulares estridentes que inundan las pantallas con imágenes de misilazos y bombardeos en el Golfo Pérsico, existe una batalla mucho más cercana y devastadora que los medios tradicionales parecen ignorar convenientemente.
No se trata simplemente de una fluctuación económica pasajera o de una inflación abstracta explicada por burócratas; estamos ante una guerra silenciosa dirigida directamente contra tu bolsillo y la comida que pones sobre tu mesa.
Mientras la atención del mundo se distrae con la geopolítica de alto nivel, la realidad es que la cartera de los ciudadanos en México, Colombia, Argentina, España y el resto del mundo hispanohablante está bajo fuego constante.
El epicentro de esta sacudida económica se encuentra en un punto geográfico pequeño pero vital: el Estrecho de Ormuz.
Por este angosto paso de apenas 33 kilómetros fluye el 20% del petróleo y el gas natural licuado del planeta, y cualquier perturbación allí actúa como un misil teledirigido hacia el costo de vida de las familias latinas.
El primer impacto es inmediato y visible en las gasolineras: el incremento en el diésel y la gasolina no espera a acuerdos políticos; se refleja de la noche a la mañana, golpeando con fuerza a naciones como Chile, Uruguay, Perú y gran parte de Centroamérica, que importan casi la totalidad de sus combustibles.
Este encarecimiento de la energía genera un efecto dominó que eleva las facturas de luz y gas necesarias para preparar los alimentos, pero también dispara los costos logísticos.
Mover un camión con frutas o verduras desde el campo hasta la ciudad se ha vuelto una odisea financiera, obligando a los transportistas a ajustar sus tarifas, un sobrecosto que termina pagando el consumidor final en la tienda de abarrotes o en el supermercado.

Sin embargo, el factor más devastador y menos discutido es la crisis de los fertilizantes.
Por el mismo Estrecho de Ormuz transita el 30% de los fertilizantes del mundo, especialmente la urea proveniente de Rusia e Irán.
Aquí es donde las sanciones impuestas por las potencias occidentales muestran su cara más amarga: al intentar castigar a líderes políticos, terminan castigando al campesino en Sinaloa o en el Tolima, quien ahora debe pagar hasta el triple por el abono para sus tierras.
Sin estos insumos, la tierra no produce igual, y productos básicos como el maíz, el trigo y la caña de azúcar se vuelven artículos de lujo.
En México, por ejemplo, el “efecto tortilla” es una amenaza real; aunque el país es autosuficiente en maíz blanco, depende en un 40% de la importación de maíz amarillo, lo que debilita la soberanía alimentaria frente a mercados controlados por el dólar y bloqueos internacionales.
Los datos de organismos internacionales ya confirman que el bloqueo indirecto de estas rutas comerciales provocó un aumento del 6.
1% en los precios globales de los alimentos en apenas dos meses durante este 2026.
La situación se agrava para los productos refrigerados como carne, pollo y lácteos, cuyo mantenimiento depende críticamente de la electricidad y el combustible, sumando recargos aduaneros que asfixian el presupuesto familiar.

Ante este panorama de asedio económico, algunos gobiernos latinoamericanos han intentado maniobras de resistencia.
En México, la administración de Claudia Sheinbaum ha implementado un plan de contingencia fiscal utilizando los excedentes de la venta de petróleo —que ha subido de precio por el mismo conflicto— para subsidiar el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y así frenar el alza descontrolada de la gasolina.
Simultáneamente, se busca la independencia energética mediante tecnologías de extracción más eficientes, mientras Colombia utiliza fondos de estabilización para amortiguar el golpe.
No obstante, el fenómeno global es innegable: en Canadá, el precio de la gasolina ha pasado de 1.
36 a casi 2 dólares por litro, y productos cotidianos como el café o el jamón han visto incrementos de casi el 40% en poco tiempo.
Mientras tanto, en las sombras, potencias como Rusia, China e Irán están consolidando un mercado paralelo donde el dólar ha dejado de ser la moneda de cambio, utilizando el yuan y el rublo para eludir las sanciones de Washington y asegurar su propio suministro.
Esta reconfiguración del orden mundial no es solo una cuestión de ejércitos o drones de fibra óptica atacando posiciones estratégicas, es una transformación radical que utiliza la comida como arma de presión.
La pregunta que queda en el aire para cada ciudadano, desde las calles de Buenos Aires hasta los barrios de Madrid, es cuánto más podrá resistir su economía local ante una guerra que no eligió, pero cuyas consecuencias desayuna, come y cena todos los días.
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