Parte 2 — Las semillas que no se ven

El verano siguiente llegó con lluvias tempranas en Valle de Maíz.
No eran tormentas violentas, sino esas lluvias largas y suaves que empapan la tierra lentamente hasta que el aire huele a barro fresco y a hojas nuevas.

Cecilia estaba en el patio trasero al amanecer, sentada en una silla de madera frente al árbol bajo el cual descansaban Luz, Esperanza y Fe.
Había llevado una taza de café y un cuaderno de cuentas que apenas había abierto.

A esa hora el pueblo todavía estaba medio dormido.

Se escuchaban gallos lejanos, una carreta que rechinaba por la calle empedrada y el murmullo de las hojas agitándose con la brisa húmeda.

El árbol había crecido mucho.
Sus ramas se extendían ahora como brazos protectores sobre la tierra donde estaban enterradas las tres ovejas.

Cecilia observaba ese árbol con frecuencia.
No siempre pensaba en algo específico cuando lo miraba.
A veces simplemente se quedaba ahí, respirando.

—Sigues creciendo —murmuró, tocando el tronco con la palma.

El árbol no respondió, claro, pero Cecilia sentía algo parecido a una conversación silenciosa cada vez que estaba ahí.

Detrás de ella, la puerta de la cocina se abrió.

—Sabía que te iba a encontrar aquí —dijo Teresa.

Traía otra taza de café y una rebanada gruesa de pan dulce envuelta en una servilleta.

—Gracias —dijo Cecilia aceptándola.

Teresa se sentó en el escalón del porche y estiró las piernas.

Durante unos minutos no hablaron.

Habían aprendido que el silencio entre ellas no era incómodo.

Desde la casa vecina llegó el sonido de la pequeña Luz —la hija de Paloma— riendo mientras intentaba perseguir una gallina.

La niña tenía tres años y una energía que parecía infinita.

—Va a despertar a todo el pueblo —dijo Teresa sonriendo.

—Eso espero —respondió Cecilia—. Los pueblos demasiado silenciosos me ponen nerviosa.

Teresa tomó un sorbo de café.

—Hoy llega la gente de la universidad.

Cecilia asintió.

Había olvidado momentáneamente ese detalle.

El proyecto agrícola en el antiguo rancho Los Álamos ya llevaba meses en desarrollo.
La compañía que había comprado las tierras estaba trabajando con varias universidades para crear un centro experimental de agricultura sostenible.

Cecilia no dirigía el proyecto.

Pero cada semana iba al lugar para asesorar a los nuevos agricultores y compartir lo que había aprendido durante años en el rancho de su padre.

—Quieren que hables con los estudiantes —dijo Teresa—. Sobre manejo de animales.

Cecilia suspiró.

—Nunca pensé que terminaría dando clases.

—No son clases —respondió Teresa—. Solo contarás lo que sabes.

Cecilia miró el árbol otra vez.

—Eso es exactamente lo que son las clases.

La mañana en la tienda

La tienda ya estaba abierta cuando Cecilia llegó al centro del pueblo.

Paloma estaba en el mostrador hablando con dos turistas franceses que intentaban pronunciar la palabra rebozo con resultados bastante curiosos.

—Re… bo… zo —dijo uno.

—Perfecto —respondió Paloma con paciencia.

Cecilia dejó escapar una risa suave.

Paloma levantó la vista y sonrió al verla.

—Llegas justo a tiempo para salvarme.

—Te estaba yendo bien.

—Sí, pero ya me estaban pidiendo que les enseñara a tejer.

Los turistas finalmente compraron dos mantas y salieron agradeciendo con entusiasmo exagerado.

Paloma apoyó los codos en el mostrador.

—¿Dormiste?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no dormiste.

Cecilia ignoró el comentario y miró alrededor del local.

La tienda se había expandido nuevamente.
Había estanterías nuevas, una mesa central llena de textiles coloridos y una pared dedicada a cerámica de una comunidad cercana.

Margarita estaba al fondo revisando un pedido grande.

—¡Ceci! —saludó levantando la mano.

—¿Todo bien?

—Si vendemos otro lote como el de ayer vamos a necesitar otro almacén.

Paloma se rió.

—Eso o enseñarle a los turistas a tejer para que produzcan su propia mercancía.

Cecilia se quitó el sombrero y lo colgó cerca de la puerta.

—Hoy me voy temprano al rancho.

—¿Otra vez?

—Sí. Llegan estudiantes.

Paloma frunció el ceño pensativa.

—¿Te das cuenta de que ahora eres oficialmente una autoridad agrícola?

—No exageres.

—No exagero —dijo Margarita desde el fondo—. Yo leí el artículo en la revista.

Cecilia suspiró.

—Ese artículo fue un error.

—Fue publicidad gratis —corrigió Paloma.

Una mujer del pueblo entró con una cesta de bordados.

—Buenos días.

—Buenos días, Doña Carmen —respondió Cecilia.

La mujer dejó la cesta sobre la mesa.

—Traje las piezas que me encargaron.

Mientras Paloma revisaba los bordados, Doña Carmen miró a Cecilia.

—Dicen que vienen estudiantes de la ciudad.

—Sí.

—Bueno —dijo la mujer acomodándose el rebozo—, ojalá aprendan algo útil.

—Eso espero.

Doña Carmen sonrió.

—Con usted seguro que sí.

En el antiguo rancho

Por la tarde, Cecilia condujo la camioneta hasta el lugar que una vez había sido el rancho Los Álamos.

El paisaje había cambiado.

Los viejos corrales habían sido reparados.
Había parcelas experimentales marcadas con letreros y un pequeño edificio nuevo que funcionaba como aula.

Pero el álamo viejo seguía ahí.

Cecilia siempre lo miraba cuando llegaba.

No lo hacía de forma consciente.

Simplemente ocurría.

Un grupo de estudiantes estaba reunido cerca del corral principal.

Un profesor joven hablaba mientras señalaba algunas notas en una tableta.

Cuando vio a Cecilia levantó la mano.

—¡Señora Montes!

Cecilia se acercó.

—Cecilia está bien.

—Chicos, ella es Cecilia Montes —anunció el profesor—. Creció en este rancho y nos ayudará hoy con manejo animal.

Los estudiantes la miraron con curiosidad.

Uno de ellos, un muchacho alto con botas nuevas, preguntó:

—¿Es cierto que aquí empezó uno de los proyectos ganaderos más grandes de la región?

Cecilia pensó un momento.

—No empezó grande.

—¿No?

—Empezó con tres ovejas.

Algunos estudiantes rieron pensando que era una broma.

Cecilia no explicó más.

Se acercó al corral donde había un pequeño grupo de ovejas jóvenes.

—Lo primero que tienen que entender —dijo— es que los animales no son máquinas.

Los estudiantes tomaron notas.

—Si quieren que produzcan bien, tienen que entender cómo viven.

Uno de ellos levantó la mano.

—¿Cuál es la regla más importante?

Cecilia apoyó los brazos en la cerca.

—Paciencia.

Los estudiantes escribieron.

—¿Y la segunda?

Cecilia miró a las ovejas.

—Respeto.

El profesor sonrió.

—Eso no aparece mucho en los manuales.

—Por eso no siempre funcionan.

Un visitante inesperado

La clase terminó cerca del atardecer.

Los estudiantes comenzaron a dispersarse hacia el edificio.

Cecilia caminaba hacia su camioneta cuando vio una figura cerca del camino.

Un hombre estaba parado junto a la cerca de madera.

Tenía una chaqueta gastada y las manos metidas en los bolsillos.

Por un momento Cecilia no lo reconoció.

Luego el hombre levantó la cabeza.

Era Roberto.

El tiempo lo había cambiado.

Su cabello estaba más corto y había líneas profundas en su rostro.

No parecía el hombre arrogante que había gritado en la tienda meses atrás.

Parecía cansado.

Cecilia se detuvo a unos metros.

—Hola —dijo él.

—Hola.

El viento movía el polvo del camino entre ellos.

—No vine a pelear —dijo Roberto.

Cecilia no respondió.

Roberto miró alrededor.

—Cambiaron mucho el lugar.

—Sí.

—Papá estaría contento.

Cecilia cruzó los brazos.

—¿Qué necesitas?

Roberto dudó un momento.

—Trabajo.

La palabra quedó flotando en el aire.

Cecilia lo observó con atención.

No vio desafío en sus ojos.

Solo algo más difícil de definir.

—Hay muchos lugares donde buscar trabajo.

—Lo sé.

Silencio.

—Pero pensé… —Roberto se detuvo.

—¿Pensaste qué?

—Que quizá aquí podría empezar de nuevo.

Cecilia no respondió inmediatamente.

Miró hacia el campo donde los estudiantes recogían herramientas.

El sol estaba bajando detrás de las colinas.

Finalmente habló.

—Esto no es mi rancho.

—Lo sé.

—Pero puedo preguntar.

Roberto asintió lentamente.

—Eso sería suficiente.

Cecilia abrió la puerta de la camioneta.

—Te aviso.

Roberto no sonrió, pero su expresión se suavizó.

—Gracias.

Cecilia arrancó el motor.

Mientras se alejaba por el camino de tierra, miró por el espejo retrovisor.

Roberto seguía parado junto a la cerca.

Pequeño en medio del paisaje.

Esa noche, cuando Cecilia llegó a casa, la pequeña Luz estaba dormida en una hamaca del porche.

Paloma y Teresa hablaban en voz baja en la cocina.

—Llegaste tarde —dijo Paloma.

—Sí.

Cecilia dejó las llaves sobre la mesa.

—Me encontré con Roberto.

Las dos mujeres se quedaron en silencio.

—¿Qué quería? —preguntó Teresa.

Cecilia se sentó.

—Trabajo.

Paloma exhaló lentamente.

—Bueno… eso sí que no lo esperaba.

Cecilia miró por la ventana hacia el árbol.

El viento movía suavemente sus ramas.

—Yo tampoco.

Teresa puso tres tazas de té sobre la mesa.

—La vida tiene formas curiosas de cerrar círculos.

Cecilia tomó una de las tazas.

El vapor subía lentamente.

Pensó en el rancho.

En su padre.

En tres ovejas viejas.

Y en cómo, a veces, las historias no terminan.

Solo cambian de dirección.