La operación permitió la captura de miembros de la organización y la liberación de mujeres venezolanas que eran explotadas sexualmente

En plena madrugada, San Juan de Lurigancho se despertó con un operativo sin precedentes.
Un edificio de siete pisos, que a simple vista parecía un hotel más del populoso distrito limeño, resultó ser un búnker clave del Tren de Aragua, organización criminal venezolana dedicada a la trata de personas, narcotráfico y extorsión.
Las fuerzas élite de la Policía Nacional irrumpieron con precisión quirúrgica: comandos armados hasta los dientes, preparados para enfrentar cualquier resistencia y proteger sus vidas, avanzando por cada piso mientras la tensión se apoderaba de los alrededores.
“¿Qué hace en nuestro país?”, preguntó un oficial a uno de los detenidos.
“Trabajando, amigo… en un lavadero”, respondió con nerviosismo, mientras sus ojos rojos delataban las largas noches de complicidad en actividades ilícitas.
El operativo, planificado tras semanas de inteligencia y vigilancia, buscaba desmantelar esta célula que traía mujeres desde Venezuela bajo engaños para explotarlas sexualmente.
Las víctimas eran trasladadas inmediatamente a este refugio para evitar liberaciones y pagos de rescate, una práctica sistemática que mantenía a la comunidad local en constante riesgo.

La Policía avanzaba piso a piso.
“Cuidado, cuidado… están ingresando al último piso del búnker”, alertaban los comandos mientras reducían a los sospechosos.
La violencia latente se mezclaba con la estrategia: varios individuos intentaron huir por los techos, mientras otros arrojaban objetos hacia viviendas cercanas.
Finalmente, todos fueron identificados y asegurados, junto a drogas, municiones y numerosos indocumentados.
Entre los arrestados, varios confesaron pertenecer a esta facción del Tren de Aragua, que había convertido San Juan de Lurigancho en uno de sus centros operativos más importantes fuera de Venezuela.
“Tenemos que dar este duro golpe a esta banda…”, declaró un jefe policial mientras la operación continuaba.
Cada rincón del edificio estaba adaptado para múltiples viviendas, con familias enteras conviviendo bajo el mismo techo que criminales activos, lo que dificultaba las intervenciones previas.
Los comandos, conscientes del riesgo, tenían la orden clara: disparar ante cualquier amenaza armada, priorizando la vida de los agentes y el rescate de las víctimas.
El testimonio de los detenidos reflejaba la crudeza de la operación.
Uno de ellos, un ciudadano venezolano, insistía: “De nada… yo no hago nada de eso”, mientras la policía detallaba cómo operaban los cabecillas, obligando a mujeres a trabajar en plazas de San Juan de Lurigancho mediante amenazas y pagos forzados.
La organización había establecido esta red clandestina en varias zonas de Lima, incluida la Plaza 2 de Mayo, consolidando su presencia en el Perú mediante tácticas de intimidación y control absoluto.

A medida que la operación avanzaba, la tensión se combinaba con la eficiencia de los cuerpos policiales.
Unidades de la SUAT y Divincrim lograron asegurar el control total del búnker y sus alrededores, neutralizando cualquier intento de resistencia.
La intervención reveló un patrón sistemático de violencia y explotación: mujeres traídas desde Venezuela, narcóticos almacenados y un complejo entramado de amenazas que mantenía la población en constante temor.
La caída de este búnker marca un hito en la lucha contra el crimen organizado transnacional en Lima.
La Policía Nacional y el Ministerio Público demostraron capacidad estratégica y coordinación para enfrentar a grupos criminales que operan en múltiples niveles: tráfico de personas, explotación sexual y narcotráfico.
El distrito, durante años afectado por estas actividades, finalmente ve un avance contundente que busca recuperar la seguridad de sus ciudadanos y proteger a las víctimas de la red del Tren de Aragua.
Mientras los detenidos eran trasladados y el búnker asegurado, la comunidad pudo percibir que la guerra contra estas organizaciones no se limita a confrontaciones externas: requiere inteligencia, vigilancia constante y la valentía de los agentes para penetrar en las guaridas más peligrosas, asegurando justicia para quienes fueron explotados y enviando un mensaje firme a quienes buscan reproducir la violencia en el corazón de Lima.

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