Durante décadas, Andrew George fue considerado una de las voces más autorizadas en el estudio de la literatura mesopotámica.

Su trabajo con la Epopeya de Gilgamesh redefinió la manera en que generaciones enteras comprendieron el poema más antiguo de la humanidad.
Pacientemente reconstruyó fragmentos dispersos en museos, comparó tablillas dañadas y ofreció traducciones que se volvieron referencia obligada en universidades de todo el mundo.
Para muchos, su versión era la más completa y rigurosa disponible.
Sin embargo, en los últimos años de su carrera, comenzó a expresar dudas que sorprendieron incluso a sus colegas más cercanos.
No se trataba de corregir una palabra aislada o ajustar una línea dañada.
Se trataba de cuestionar la forma en que habíamos entendido el corazón mismo del relato.
Según explicó en conversaciones privadas y entrevistas recientes, el problema no era la falta de información.

El problema era la manera en que decidimos leerla.
Durante mucho tiempo, el poema fue interpretado principalmente como una reflexión sobre la mortalidad.
La búsqueda desesperada de Gilgamesh por la inmortalidad se convirtió en el eje central de análisis filosóficos y literarios.
Pero George empezó a insistir en que esa lectura, aunque válida, era incompleta.
Sostenía que habíamos reducido la obra a una lección moral simplificada.
En su opinión, el texto también encierra una crítica profunda al poder desmedido y a la arrogancia humana.
Gilgamesh no es solo un rey que teme a la muerte.
Es un gobernante cuya transformación revela tensiones políticas, sociales y espirituales mucho más complejas.

George subrayaba que ciertos pasajes describen el sufrimiento del pueblo bajo un liderazgo tiránico.
Esos detalles, dijo, a menudo fueron pasados por alto en favor de interpretaciones más universales y menos incómodas.
También señaló que la relación entre Gilgamesh y Enkidu ha sido leída de manera excesivamente moderna.
Algunos estudios la encasillaron en categorías contemporáneas que no corresponden al mundo mesopotámico.
Otros minimizaron la intensidad emocional del vínculo para mantener una lectura más convencional.
George proponía regresar al contexto cultural original, sin imponer debates actuales sobre un texto milenario.
Otro aspecto que le preocupaba era la traducción de términos clave relacionados con los dioses.

En varios casos, palabras que podían implicar ambigüedad fueron traducidas de forma más clara de lo que el original permite.
El resultado fue una narrativa más coherente, pero menos fiel a la incertidumbre del texto antiguo.
Para él, la epopeya está llena de ambivalencias deliberadas.
No todo está destinado a ser comprendido de manera directa.
En sus reflexiones finales, destacó la importancia de las nuevas tecnologías.
Las técnicas modernas de escaneo han permitido leer signos antes invisibles en tablillas fragmentadas.
Algunos de esos signos alteran matices que parecían consolidados.
George no afirmaba que toda la interpretación previa fuera errónea.
Reconocía el esfuerzo de generaciones de asiriólogos.

Pero advertía que el consenso académico puede volverse rígido.
Cuando una traducción se convierte en estándar, cuestionarla requiere valentía intelectual.
Él mismo admitió que durante años defendió interpretaciones que ahora revisaba con mayor cautela.
Decía que el conocimiento histórico no es una estructura fija.
Es un diálogo continuo entre el pasado y el presente.
En cuanto al famoso relato del diluvio dentro de la epopeya, insistía en que no debía leerse únicamente como antecedente de otras tradiciones posteriores.
Cada cultura reelabora mitos con propósitos propios.

Reducir el texto mesopotámico a simple precursor de relatos posteriores empobrece su significado original.
Para George, la obra debía valorarse en su propia complejidad, no solo como pieza comparativa.
Sus declaraciones generaron reacciones diversas.
Algunos académicos agradecieron su honestidad.
Otros consideraron que exageraba la magnitud de las revisiones necesarias.
Pero nadie negó la relevancia de su voz.
Había dedicado su vida a esas tablillas de arcilla.
Si pedía una nueva lectura, valía la pena escuchar.
En sus últimas intervenciones públicas, evitó dramatizar su postura.
No habló de secretos ocultos ni de conspiraciones académicas.
Habló de matices.
Habló de humildad intelectual.
Habló de la necesidad de aceptar que incluso los expertos pueden equivocarse.
Su mensaje final fue claro.
La Epopeya de Gilgamesh sigue viva porque cada generación la interpreta de nuevo.
Pero esa reinterpretación debe hacerse con respeto por la distancia cultural y lingüística que nos separa de sus autores.
Antes de retirarse definitivamente del debate público, dejó abiertas varias preguntas.
¿Estamos leyendo el poema como lo hicieron sus primeros oyentes.
¿O lo estamos moldeando según nuestras propias inquietudes modernas.
Tal vez la respuesta no sea definitiva.
Tal vez nunca podamos eliminar por completo el filtro contemporáneo.
Pero gracias a su insistencia, la discusión ha vuelto a abrirse.
Y en esa apertura, la antigua voz de Gilgamesh parece resonar con una fuerza renovada.
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