La periodista Sonsoles Ónega ha desatado una tormenta política durante el pregón de San Isidro al denunciar la hipocresía de los líderes independentistas que critican a Madrid mientras luchan por mantener sus privilegios y escaños en la capital

 

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El rugido de la Plaza de la Villa todavía resuena en los despachos políticos de Barcelona y Vitoria.

Lo que debía ser un inicio festivo para las celebraciones de San Isidro en Madrid se transformó, por obra y gracia de la pluma y la voz de Sonsoles Ónega, en un manifiesto en defensa de la capital que ha levantado ampollas en las filas soberanistas.

La periodista, galardonada con el Premio Planeta y rostro imprescindible de la televisión actual, no se guardó nada al subir al balcón para pronunciar el pregón, lanzando dardos directos contra la que considera la mayor contradicción del nacionalismo periférico: el amor secreto, o al menos el deseo de permanencia, en la ciudad que oficialmente dicen despreciar.

Con el estilo directo y empático que la caracteriza, Ónega comenzó desgranando las virtudes de una capital “que tiene para todos”, pero pronto el tono cambió hacia una crítica social y política de gran calado.

“¡Sabéis lo que me fastidia? Que de todo culpan a Madrid. Lo manda Madrid. Dice Madrid, se hará lo que diga Madrid. Te culpan”, exclamó ante una multitud que interrumpía sus palabras con aplausos.

La comunicadora puso el dedo en la llaga de un discurso victimista que, según su análisis, utiliza a la capital de España como el “comodín” de todas las desgracias territoriales, mientras sus dirigentes disfrutan de los beneficios de la Villa y Corte.

 

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El momento culminante, aquel que ha inundado las redes sociales de reacciones a favor y en contra, llegó cuando Sonsoles Ónega decidió “retratar” la realidad cotidiana de muchos políticos independentistas que, cámaras fuera, hacen de Madrid su hogar y centro de operaciones.

“Pero, ¿sabéis qué? No hay nacionalista —que digo— no hay independentista… ¡ahí, ahí! que no se quiera quedar. Todos se pirran por conquistar tu escaño”, sentenció la periodista con una ironía mordaz que caló hondo en el corazón del madrileñismo.

Con estas palabras, la pregonera desmontó años de retórica separatista, señalando la paradoja de quienes atacan la centralidad de Madrid mientras luchan con uñas y dientes por mantener sus privilegios parlamentarios en la Carrera de San Jerónimo.

Este mensaje llega en un momento de especial vulnerabilidad para figuras clave del independentismo, como Gabriel Rufián.

El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) atraviesa una tormenta interna sin precedentes.

Mientras Ónega hablaba de la seducción que Madrid ejerce sobre sus detractores, Rufián enfrenta denuncias y movimientos críticos dentro de su propio partido.

Sectores de las bases de ERC le acusan de haberse mimetizado con el ambiente de la capital, alejándose de las esencias del independentismo catalán para construir un proyecto de figura nacional española.

La acusación de ser “un político más de Madrid” es el fantasma que recorre los pasillos de su formación, y las palabras de la periodista en San Isidro no han hecho más que echar gasolina a ese fuego.

 

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Ónega no solo apuntó a Rufián, sino que su crítica se extendió a casos como el de Míriam Nogueras y otros dirigentes que, a pesar de sus discursos rupturistas, pasan más tiempo en los restaurantes y foros de la capital que en las regiones cuya desconexión defienden.

La periodista ensalzó a Madrid como una ciudad abierta y acogedora que, irónicamente, abraza incluso a quienes la insultan sistemáticamente desde los micrófonos de sus autonomías.

“Madrid es el gran sueño de quienes después la atacan políticamente”, se escuchó decir entre líneas en un discurso que reivindicó la libertad y la hospitalidad madrileña frente al “odio de plató” que practican ciertos sectores.

La reacción del independentismo catalán y vasco no se ha hecho esperar, manifestando una rabia contenida ante lo que consideran una “humillación” pública en el corazón del Estado.

Sin embargo, para millones de españoles, Ónega ha puesto voz a una verdad evidente pero pocas veces pronunciada con tanta claridad en un foro oficial: la existencia de una élite política que vive cómodamente instalada en las estructuras de la capital mientras vende a sus votantes un mensaje de rechazo y separación.

El pregón de San Isidro de este año pasará a la historia no solo por su calidad literaria, sino por su valentía política.

Sonsoles Ónega ha logrado lo que pocos periodistas se atreven a hacer en un acto institucional: desnudar la hipocresía del poder con la elegancia de una pregonera y la contundencia de una cronista que conoce bien los entresijos de la política nacional.

Madrid, en su fiesta grande, no solo celebró a su patrón, sino que reafirmó su identidad como una ciudad que, a pesar de las críticas interesadas, sigue siendo el destino irrenunciable incluso para aquellos que dicen querer marcharse de ella.

Al final del día, como bien apuntó Ónega, conquistar un escaño en Madrid sigue siendo el premio mayor, incluso para el más ferviente de los separatistas.

 

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