Un operativo sorpresa en el patio 8 de la cárcel El Buen Pastor reveló la presencia de drogas, armas artesanales y objetos prohibidos en uno de los pabellones más conflictivos

A las 6:30 de la mañana, cuando la ciudad de Bogotá apenas comenzaba a despertar, al interior de la cárcel El Buen Pastor ya se vivía una escena de máxima tensión.
Un grupo de guardianes del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) irrumpía en el patio 8, considerado uno de los más complejos del penal femenino, en un operativo sorpresa que dejó al descubierto una realidad marcada por el hacinamiento, la precariedad y la confrontación constante.
El procedimiento, acompañado por unidades de policía judicial, tenía como objetivo detectar elementos prohibidos dentro de las celdas.
Desde los primeros minutos, los funcionarios comenzaron a inspeccionar colchones, paredes y pertenencias.
“Todavía no sé si puede ser algo… toca pasarle el perrito y mirar qué hay ahí”, explicó uno de los uniformados mientras examinaba un objeto sospechoso.
Ante la pregunta de si podría tratarse de algo inusual, respondió con cautela: “Podría ser una sustancia psicoactiva”.
En el patio viven cerca de 300 mujeres privadas de la libertad, muchas de ellas condenadas por delitos menores, aunque también conviven internas que no han sido aceptadas en otros pabellones debido a problemas de convivencia.
En ese entorno, la tensión es parte del día a día.
Durante la inspección, los guardianes hallaron bebidas artesanales conocidas como “chicha carcelaria”, elaboradas con restos de jugos y frutas fermentadas.
“La mal llamada chicha… tiene un olor a fermento”, explicó un funcionario. Al preguntarle para qué se utilizaba, fue claro: “Para ellas lo toman para alcoholizarse”.
Este tipo de prácticas está prohibido dentro del penal, pero persiste como una forma de evasión ante las duras condiciones.

El operativo también dejó al descubierto objetos que reflejan las creencias y temores de las internas.
Entre ellos, muñecos utilizados para rituales de brujería.
“Hacen unos muñequitos como de brujería… yo no los toco”, confesó un guardia.
“Es mejor no tocarlos”, añadió, evidenciando el respeto o temor que estos elementos generan incluso entre el personal de custodia.
Sin embargo, el momento más tenso se vivió cuando el teniente coronel Daniel Gutiérrez intentó dirigirse a las reclusas.
Apenas comenzó a hablar, fue interrumpido por gritos y reclamos.
Las internas exigían mejores condiciones, denunciando problemas estructurales y de seguridad.
“¿Por qué? Porque si usan todos los planchones, ¿qué seguridad nos va a suceder?”, gritó una de ellas en medio del desorden.
El oficial se vio obligado a retirarse sin poder completar su intervención.
Más tarde, reconoció la complejidad del entorno: “No tanto el riesgo, a veces es la impotencia de cómo resolver las dudas, de cómo avanzar en las necesidades… este es el diario vivir de todos los servidores penitenciarios”.
Más allá de los objetos incautados —celulares, cargadores modificados, armas artesanales y cables para conexiones ilegales—, lo que más impacta es la situación humanitaria dentro del patio.
En celdas diseñadas para menos personas, llegan a dormir hasta cinco mujeres.
“Nosotros sabemos que somos delincuentes… pero nosotras somos personas”, afirmó una interna, dejando en evidencia la dimensión humana del problema.

Las condiciones de convivencia también generan dinámicas particulares.
En casos de visitas conyugales, las internas deben turnarse o incluso pagar por el uso del espacio.
“Nos toca salirnos… si hay tres conyugales en la misma celda, las otras tienen que alquilar la celda”, relató una reclusa.
Uno de los puntos más críticos del recorrido fueron los baños.
Sin puertas, con escaso acceso al agua y en condiciones insalubres, se han convertido en el principal foco de quejas.
“Yo llevo nueve años en la cárcel y tres años escuchando que nos van a arreglar los baños y no los arreglan”, denunció una interna.
Otra fue más directa: “No tenemos agua. Los baños huelen muy feo… por favor, que nos colaboren con los baños”.
La precariedad llega a extremos alarmantes.
“Hay niñas que tienen que hacer sus necesidades en bolsas”, aseguró una reclusa, mientras otra advertía sobre enfermedades: “Aquí nos dan virosis, llega tuberculosis… y nos dicen que no hay medicamento”.
Para las autoridades, estos operativos son necesarios para mantener el control y evitar que desde el interior del penal se sigan cometiendo delitos.
Sin embargo, lo observado en el patio 8 evidencia que el problema va más allá de la seguridad.
Cuando las rejas volvieron a cerrarse, quedó al descubierto una realidad que rara vez se ve desde el exterior: un sistema penitenciario tensionado por la sobrepoblación, la falta de infraestructura y las necesidades básicas insatisfechas de cientos de mujeres que sobreviven en condiciones límite dentro de una de las cárceles más grandes del país.

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