La tradición de la Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo conserva un canon bíblico de hasta 81 libros, incluyendo textos como el Libro de Enoc y los Jubileos, ausentes en las versiones occidentales

 

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En los últimos años, el nombre de Mel Gibson ha vuelto a ocupar titulares, no solo por su cine, sino por una supuesta fascinación con antiguos textos cristianos de Etiopía.

Sin embargo, más allá de narrativas virales que circulan en internet, la realidad documentada es más matizada y, a la vez, profundamente fascinante.

Etiopía alberga una de las tradiciones cristianas más antiguas del mundo.

La Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo mantiene un canon bíblico único que incluye hasta 81 libros en su versión más amplia, frente a los 66 del canon protestante o los 73 del católico.

Entre esos textos se encuentran obras como el Libro de Enoc y el Libro de los Jubileos, excluidos del canon occidental pero preservados durante siglos en lengua ge’ez.

La singularidad de este corpus no es fruto del azar.

El cristianismo llegó al antiguo Reino de Aksum en el siglo IV, mucho antes de que Europa occidental consolidara sus estructuras eclesiásticas.

Esta relativa independencia permitió que comunidades monásticas conservaran manuscritos que, en otros lugares, se perdieron o fueron descartados durante procesos de canonización como los impulsados tras el Concilio de Nicea.

 

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El erudito etíope Efraim Isaac dedicó décadas al estudio de estos textos.

“Etiopía preservó una tradición cristiana independiente que Occidente apenas ha explorado”, afirmó en diversas conferencias.

Su trabajo contribuyó a situar estos manuscritos en el mapa académico internacional, lejos de interpretaciones sensacionalistas.

En este contexto aparece la figura de Gibson, conocido por su película La Pasión de Cristo, donde ya mostró un interés notable por la fidelidad lingüística y cultural, utilizando arameo y latín.

Aunque no existe evidencia sólida de que haya realizado declaraciones públicas afirmando que la Biblia etíope “cambia radicalmente la imagen de Jesús”, sí es cierto que el director ha manifestado en varias ocasiones su deseo de profundizar en los acontecimientos posteriores a la resurrección.

“Quiero explorar lo que ocurrió en esos días, lo que no se cuenta con detalle”, comentó Gibson en entrevistas sobre su proyecto cinematográfico centrado en la resurrección.

Esta inquietud coincide con el interés académico por textos antiguos que amplían o reinterpretan ese periodo.

 

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Algunos de esos escritos, como la llamada “Didascalia” o tradiciones apócrifas sobre los 40 días posteriores a la resurrección, existen en distintas versiones dentro del cristianismo primitivo, no exclusivamente en Etiopía.

El investigador Getatchew Haile, uno de los mayores expertos en manuscritos etíopes, defendió que estos textos “deben estudiarse en su contexto histórico, no como revelaciones ocultas, sino como expresiones de comunidades concretas”.

La riqueza de la tradición etíope también está ligada a su aislamiento geográfico y cultural.

Monasterios como Debre Damo, accesible únicamente mediante cuerdas en un acantilado, han protegido manuscritos durante siglos.

Estas condiciones ayudaron a preservar textos en su forma original, copiados cuidadosamente por generaciones de monjes.

Pero el debate sobre por qué ciertos libros no forman parte del canon occidental es antiguo y complejo.

No se trata únicamente de “censura” o “control político”, como sugieren algunas narrativas contemporáneas, sino de procesos teológicos prolongados.

Las primeras comunidades cristianas utilizaron múltiples textos; con el tiempo, se establecieron criterios de autoridad basados en la tradición apostólica, el uso litúrgico y la coherencia doctrinal.

Aun así, las diferencias entre cánones siguen generando interés.

“No hablamos de textos prohibidos, sino de tradiciones distintas”, explican numerosos especialistas en historia del cristianismo.

Esta distinción es clave para evitar interpretaciones simplistas.

 

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En paralelo, la tradición etíope mantiene elementos únicos, como la veneración del Arca de la Alianza en Aksum, vinculada a la figura legendaria de Menelik I.

Aunque no existe evidencia histórica verificable de este relato, su importancia cultural es indiscutible.

La fascinación contemporánea por estos textos refleja algo más profundo que una simple curiosidad histórica.

En una época marcada por la búsqueda espiritual individual, la idea de que existan “otros relatos” o “versiones olvidadas” resulta especialmente atractiva.

Sin embargo, los expertos insisten en la necesidad de rigor.

Como señaló un investigador europeo especializado en manuscritos antiguos: “El valor de estos textos no está en que reemplacen la tradición conocida, sino en que la enriquecen y la contextualizan”.

Así, mientras el nombre de Gibson continúa asociado a proyectos cinematográficos ambiciosos, la verdadera historia de la Biblia etíope permanece anclada en siglos de transmisión, fe y estudio.

No se trata de una revelación repentina que transforme el cristianismo, sino de una ventana hacia la diversidad de sus orígenes.

En última instancia, estos manuscritos no obligan a abandonar creencias, sino a comprender que la historia del cristianismo es más amplia, compleja y plural de lo que a menudo se imagina.

 

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