María Luisa Merlo, de 84 años, recuerda su relación con Carlos Larrañaga y revela que tras su separación en 1975 lograron una convivencia cercana y sin conflictos

María Luisa Merlo habla de su pasado con la misma naturalidad con la que sube a un escenario: sin estridencias, sin ajustes de cuentas y con una lucidez que a sus 84 años sigue desarmando a cualquiera.
La actriz valenciana, nacida el 6 de septiembre de 1941 y distinguida con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de 2017, atraviesa una etapa de equilibrio personal en la que conviven la memoria, la disciplina y una relación intacta con el oficio que ha marcado toda su existencia.
Hija de los intérpretes Ismael Merlo y María Luisa Colomina, criada dentro de una de las grandes sagas escénicas del país, Merlo sigue defendiendo una forma de vivir apoyada en el trabajo, el cuidado personal y una mirada serena sobre lo que fue.
Ese tono aparece con claridad cuando recuerda a Carlos Larrañaga, el gran galán de una época y también una de las figuras decisivas de su vida.
Se casaron en 1959, compartieron 16 años de matrimonio y tuvieron tres hijos —Amparo, Luis y Pedro—, además de criar en el entorno familiar a Juan Carlos, el hijo mayor que Larrañaga había tenido antes.
La separación llegó en 1975 y el divorcio se formalizó años después, pero la actriz no reconstruye aquella historia desde la amargura, sino desde una sinceridad desprovista de rencor.
“Con Carlos Larrañaga después de que nos separamos teníamos mejor relación. Porque casados nos peleábamos muchísimo porque yo era muy rebelde. Y, sin embargo, como amigos, cuando ya nos separamos, nos llevábamos de maravilla”, confesó.
La frase no busca escándalo: resume una convivencia intensa y, al mismo tiempo, una reconciliación emocional que solo llegó cuando la pareja dejó de ser pareja.

La historia se vuelve todavía más reveladora cuando María Luisa Merlo incorpora a ese recuerdo a Ana Escribano, otra mujer esencial en la vida de Carlos Larrañaga y también su compañera de reparto en Mentiras inteligentes.
Lejos del relato fácil de rivalidades, la actriz describe una relación de afecto genuino y de respeto compartido por la figura del actor fallecido en 2012.
“Cuando él conoció a Ana y se quedó embarazada, yo estaba con ellos. La niña que tiene Ana es hermana de mis hijos. Luego hay una relación estupenda porque ella es estupenda. Tenemos muy presente a Carlos, hablamos mucho de él”.
En esa escena caben varias décadas de historia familiar, pero sobre todo cabe una idea poco frecuente: que algunas separaciones terminan abriendo una forma más limpia de quererse.
Carlos Larrañaga murió el 30 de agosto de 2012, después de una larguísima trayectoria en cine, teatro y televisión, y su figura sigue funcionando como un punto de unión dentro de una familia marcada por las tablas.
La propia Merlo parece mirarse hoy desde una calma conquistada.
Quien la escucha entiende enseguida que esa vitalidad suya no es improvisada, sino trabajada día a día.
“Yo siempre estoy contenta, eso es lo que me mantiene bien”, dice con una sonrisa que no suena ingenua.

Luego desvela el andamiaje que sostiene ese bienestar: “Hago ejercicio, leo, medito. Sobre todo, la meditación me ha servido mucho”.
La disciplina, insiste, ha sido decisiva desde sus comienzos como bailarina, cuando debutó en el espectáculo Te espero en el Eslava antes de desarrollar una de las carreras más largas y respetadas de la escena española.
Esa formación primera, casi física, sigue presente en su manera de estar en el mundo.
“Yo nunca he dejado de ser bailarina, lo tengo en la cabeza”, asegura, como si en esa frase se concentrara una filosofía de resistencia.
Su vínculo con el escenario, de hecho, continúa siendo una de las claves de su presente.
En los últimos años ha mantenido en gira Mentiras inteligentes, una comedia escrita por Joe DiPietro y dirigida por Raquel Pérez, en la que comparte cartel con Jesús Cisneros, Juan Jesús Valverde y Ana Escribano.
La obra, centrada en secretos familiares, confesiones inesperadas y matrimonios de larga duración, ha seguido representándose en distintos teatros y encaja casi de forma simbólica con el momento vital de una actriz que parece haber aprendido a mirar el amor, el tiempo y las contradicciones humanas con una mezcla de ironía y ternura.
Sobre las tablas interpreta a Alicia, una mujer que sospecha que algo no marcha bien en su familia y provoca un pequeño terremoto doméstico al intentar descubrir la verdad.
La comedia lleva años girando por España y ha reforzado la imagen de Merlo como una de las grandes damas del teatro popular y elegante.

A su alrededor, además, la saga familiar sigue creciendo dentro del mundo de la interpretación.
Amparo Larrañaga ha construido una sólida carrera teatral y televisiva; Luis Merlo continúa siendo uno de los rostros más conocidos del audiovisual español; Pedro Larrañaga se ha consolidado como productor y está casado con Maribel Verdú.
La propia actriz habla de todos ellos con una mezcla de orgullo y distancia saludable.
“Lo hacemos cada uno a nuestro aire”, dice cuando se le pregunta si se aconsejan entre sí a la hora de aceptar trabajos.
No hay control materno ni solemnidad artística en ese relato, sino la conciencia de pertenecer a una familia en la que el talento ha sido una herencia, pero no una obligación.
Ella misma subraya el carácter singular de cada uno de sus hijos y se detiene con especial cariño en sus nietos, a quienes define como un motor de alegría cotidiana.
También desde esa serenidad recuerda uno de los episodios más delicados de su vida: la depresión que atravesó y de la que habló públicamente con valentía.
“Caí totalmente en un pozo, pero afortunadamente salí. Salí para mucho más arriba”, resume ahora.
No lo cuenta desde el dramatismo, sino desde la experiencia de quien aprendió a soltar el exceso de análisis para recuperar aire.
“Si quieres ser feliz como me dices, no analices, muchacho, no analices”, recita, casi como un mantra personal que fue encontrando sentido con el tiempo.
En su voz no hay pose terapéutica, sino una convicción nacida del golpe y de la salida.
María Luisa Merlo no necesita presentarse como símbolo de nada.
Le basta con seguir en pie, seguir trabajando y seguir hablando de amor, de familia y de pérdida con una claridad que solo tienen quienes ya no necesitan demostrar nada.

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