La repentina muerte de Manolo Rojas conmociona al mundo del espectáculo peruano y revela el impacto humano y profesional de una figura clave del humor

La muerte de Manolo Rojas ha golpeado con fuerza al espectáculo peruano y, sobre todo, a ese país cotidiano que durante décadas lo escuchó en la radio, lo vio en televisión y reconoció en él a uno de los rostros más versátiles de la comedia popular.
El actor, imitador, cantante y figura emblemática de Los Chistosos falleció el 27 de marzo a los 63 años, en un desenlace repentino que dejó perplejos a familiares, compañeros y seguidores.
RPP confirmó su fallecimiento y recordó que buena parte de su popularidad se consolidó en ese programa, donde su capacidad para la imitación y el humor lo convirtió en una presencia central del formato.
La conmoción no se explica solo por la pérdida de un artista conocido, sino por la sensación de que Rojas seguía en plena actividad.
Sus colegas insistieron en esa idea una y otra vez.
Fernando Armas resumió ese desconcierto con una frase que retrata el clima emocional de estas horas: “una vida que todavía tenía para dar mucho en la comedia, en la música”.
En su relato, no aparece un hombre retirado ni vencido por el desgaste, sino alguien “más activo, jovial, muy productivo inclusive”, todavía embarcado en presentaciones, proyectos y en el impulso de acompañar la carrera musical de su hijo.
Esa imagen coincide con la de un artista que mantenía agenda en radio, televisión y shows en vivo, y que seguía siendo parte visible de la conversación cultural peruana.

En medio del duelo, la causa de la muerte ha sido descrita públicamente como un infarto fulminante.
RPP informó que la noticia fue confirmada por su entorno y distintos reportes posteriores señalaron la misma hipótesis clínica.
Infobae añadió este 30 de marzo que el médico Marco Almerí, vinculado a su atención, explicó que el desenlace estuvo asociado a un “infarto silencioso”, incluso cuando el comediante mostraba buen estado general y venía cuidando su salud.
Aun así, otros reportes han precisado que no se había difundido, al menos inicialmente, un informe oficial definitivo, por lo que el caso también ha abierto una conversación pública sobre los riesgos cardiovasculares y la diabetes, enfermedad que sus propios allegados mencionaron al recordar sus controles y cuidados.
Pero si algo domina las despedidas no es la especulación médica, sino el retrato humano.
Zelma Gálvez, quebrada por la noticia, eligió una idea sencilla para definirlo: “siempre ha sido un hombre noble”.
No lo dijo como una fórmula de condolencia, sino como el resumen de más de 30 años de convivencia profesional.

También añadió una frase que se repitió como eco en varias intervenciones: “Manolo siempre estaba dispuesto a ayudar”.
En esa línea, lo describió como un artista multifacético, capaz de cantar, hacer humor y sostener un show completo, pero sobre todo como alguien que tendía la mano sin cálculo.
El retrato coincide con el de Melcochita, que lo recordó como “una persona muy alegre” y “un señor de señores”, alguien que “nunca se metió con nadie” y con quien compartió años de escenario, giras, bromas y madrugadas.
Fernando Armas, por su parte, prefirió volver a la intimidad de los camerinos, a esa amistad construida entre imitaciones, vestuarios y códigos que solo entienden quienes han pasado media vida haciendo reír juntos.
“Se me fue un hermano”, dijo, y en esa frase caben más de tres décadas de complicidad.
Luego dejó una de las imágenes más cálidas de esta despedida: Manolo llegando con comida preparada por él mismo, orgulloso de su sazón guaralina, compartiendo con artistas, técnicos y equipos de producción.
En el duelo aparece así otra faceta esencial de Rojas: no solo el humorista de recursos veloces y personajes memorables, sino el hombre que convertía el trabajo en familia improvisada y el set en una mesa común.

Su trayectoria explica por qué su muerte ha generado un impacto tan amplio.
RPP lo definió como una figura entrañable del humor nacional, con presencia en radio, cine, teatro y televisión.
Entre sus personajes más recordados quedó El Brother Pablo, la imitación inspirada en el predicador Paul Finkenbinder, que ayudó a catapultarlo a la popularidad y a fijar su nombre en el imaginario cómico peruano.
Más allá de ese personaje, su carrera atravesó décadas y formatos, desde el café teatro hasta la radio masiva, con una capacidad poco común para mezclar observación popular, ritmo escénico y cercanía.
La despedida pública terminó de confirmar la dimensión de su legado.
Sus restos fueron velados en la sala VIP del Gran Teatro Nacional, en San Borja, después de ser trasladados desde San Juan de Lurigancho, en una ceremonia abierta para familiares, amigos, colegas y admiradores.
El gesto tuvo una poderosa carga simbólica: el país cultural recibiendo a un hombre que hizo del humor una forma de lectura social y afectiva del Perú.
Allí, entre coronas, abrazos y voces rotas, quedó instalada la frase con la que Fernando Armas pidió recordarlo: “siempre alegre, creativo, espontáneo y con mucha alegría en su rostro”.
Tal vez esa sea, al final, la manera más precisa de contar quién fue Manolo Rojas.

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