El 25 de diciembre no aparece en los evangelios como fecha del nacimiento de Jesús y diversos indicios bíblicos e históricos apuntan a que no ocurrió en pleno invierno.

 

Cada año, millones de personas en todo el mundo celebran la Navidad el 25 de diciembre convencidas de que ese fue el día en que nació Jesús.

Sin embargo, una lectura atenta de los evangelios revela un dato sorprendente: ninguno menciona una fecha concreta para su nacimiento.

Esta ausencia no es un detalle menor.

Por el contrario, ha llevado durante siglos a teólogos, historiadores y estudiosos de la Biblia a examinar cuidadosamente las Escrituras en busca de pistas cronológicas.

Al hacerlo, emerge una conclusión cada vez más sólida: Jesús probablemente no nació en pleno invierno, sino en otoño, entre septiembre y octubre, varios años antes del año que hoy llamamos “cero”.

El primer indicio aparece en el Evangelio de Lucas, cuando se menciona un decreto de César Augusto que ordenó un censo en todo el Imperio romano.

“En aquellos días se promulgó un edicto de parte de César Augusto, que todo el mundo fuese empadronado”.

Este registro obligó a José, descendiente de David, a viajar desde Nazaret hasta Belén junto a María, que estaba a punto de dar a luz.

Un trayecto de casi 130 kilómetros, arduo incluso para un hombre joven, mucho más para una mujer embarazada.

En Judea, los inviernos son fríos y lluviosos, lo que hace poco probable que las autoridades romanas eligieran esa estación para provocar desplazamientos masivos.

La lógica administrativa sugiere una fecha en primavera u otoño, cuando el clima facilitaba los viajes y el control de la población.

 

En qué fecha nació Jesús según los evangelios y cómo se llegó a la  convención del 25 de diciembre - LA NACION

 

A este contexto se suma una profecía escrita más de siete siglos antes.

El profeta Miqueas había anunciado: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel”.

El decreto imperial, pensado como una herramienta de control político, terminó encajando con precisión en lo que la tradición bíblica presenta como un plan divino.

Mientras César Augusto creía gobernar el mundo, la narración evangélica muestra a Dios utilizando incluso decisiones humanas para cumplir su propósito.

El segundo gran indicio se encuentra en un personaje aparentemente secundario: Zacarías, padre de Juan el Bautista.

Lucas relata que Zacarías pertenecía a la división sacerdotal de Abías y que, mientras servía en el templo, recibió la visita del ángel Gabriel, quien le anunció el nacimiento de su hijo.

Según el libro de Crónicas, esa división servía aproximadamente a finales de mayo o comienzos de junio.

Poco después, Isabel quedó embarazada.

Seis meses más tarde, el mismo ángel visitó a María para anunciarle que concebiría a Jesús.

“He aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”, le dijo Gabriel.

Si la concepción ocurrió entre noviembre y diciembre, el nacimiento habría tenido lugar nueve meses después, en septiembre u octubre.

 

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Este cálculo coincide con una de las festividades más importantes del calendario judío: la Fiesta de los Tabernáculos, celebrada en otoño.

Esta fiesta conmemoraba el tiempo en que Dios habitó entre su pueblo durante el éxodo.

El Evangelio de Juan refuerza esta conexión con una frase cargada de simbolismo: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

El término griego utilizado para “habitó” puede traducirse literalmente como “puso su tabernáculo”, lo que ha llevado a muchos a ver una correspondencia teológica entre esta celebración y el nacimiento de Jesús, llamado Emanuel, “Dios con nosotros”.

Otro detalle revelador aparece en el relato de los pastores.

Lucas escribe: “Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño”.

En diciembre, las noches en Judea son frías y húmedas, y los rebaños solían resguardarse.

Que los pastores estuvieran al aire libre sugiere una época de clima más benigno, como la primavera o el otoño.

Este dato, aparentemente menor, refuerza la idea de que el nacimiento no ocurrió en pleno invierno.

 

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La llamada estrella de Belén constituye otro elemento clave.

El Evangelio de Mateo relata que unos magos llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente”.

A lo largo de los siglos se han propuesto diversas explicaciones astronómicas, como conjunciones planetarias ocurridas alrededor del año 7 antes de Cristo.

Aunque no existe consenso absoluto sobre la naturaleza del fenómeno, sí hay acuerdo en que encaja mejor en un marco cronológico anterior al año 4 antes de Cristo.

Este dato enlaza con un episodio oscuro: la orden de Herodes de matar a los niños menores de dos años en Belén.

Mateo describe que el rey, al verse burlado por los magos, “mandó matar a todos los niños menores de dos años”.

Herodes murió en el año 4 antes de Cristo, lo que implica que Jesús nació antes de esa fecha, probablemente entre los años 6 y 5 antes de Cristo.

Incluso en medio de la violencia, el relato subraya la continuidad del plan divino.

Advertido en sueños, José huyó a Egipto con María y el niño, cumpliendo otra profecía: “De Egipto llamé a mi Hijo”.

 

Jesús no nació un 25 de diciembre ni en el año uno ¿podemos conocer la fecha ?

 

El último indicio procede del inicio del ministerio público de Jesús.

Lucas señala que “Jesús mismo, al comenzar su ministerio, era como de treinta años”.

Ese comienzo se sitúa en el año quince del reinado de Tiberio César, alrededor del 29 o 30 después de Cristo.

Al retroceder unos treinta años, el cálculo vuelve a situar el nacimiento entre el 6 y el 4 antes de Cristo.

En la tradición judía, los treinta años marcaban la madurez para asumir responsabilidades públicas y religiosas, un detalle que encaja con precisión en la cronología evangélica.

Entonces, ¿por qué se celebra la Navidad el 25 de diciembre? La respuesta no está en la Biblia, sino en decisiones históricas tomadas siglos después.

En el siglo IV, la Iglesia adoptó esa fecha, probablemente para coincidir con festividades romanas del solsticio de invierno y facilitar la transición cultural hacia el cristianismo.

No se trató de una afirmación histórica, sino simbólica.

Al final, la cuestión de la fecha exacta pierde peso frente al significado central del acontecimiento.

Los primeros cristianos no celebraban un cumpleaños, sino una verdad teológica: la encarnación.

Como resume el Evangelio de Juan, “el Verbo se hizo carne”.

Más allá del calendario, ese es el núcleo del mensaje que ha marcado la historia y sigue dando sentido a la celebración.