La Torre Eiffel, construida como una estructura temporal en 1889, sobrevivió gracias a su valor científico y militar, pero hoy enfrenta un deterioro constante por la corrosión de su hierro original.

 

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La Torre Eiffel, el monumento más reconocible de París y uno de los símbolos más poderosos del mundo moderno, no se está derrumbando, pero sí se está desgastando lentamente desde dentro.

Bajo su silueta iluminada, celebrada en postales, películas románticas y ceremonias olímpicas, se esconde una realidad mucho menos fotogénica: una estructura de hierro de más de 135 años que depende casi por completo de la pintura para seguir en pie.

Desde su construcción, Gustave Eiffel lo dejó claro con una advertencia que hoy suena profética: “El mayor enemigo del hierro es la corrosión, y la pintura es su única defensa”.

Por eso, desde finales del siglo XIX, la torre necesita ser repintada aproximadamente cada siete años.

Cada campaña implica retirar pintura suelta, tratar zonas corroídas y aplicar nuevas capas protectoras.

En promedio, se utilizan unas 60 toneladas de pintura para cubrir los cerca de 2,7 millones de pies cuadrados de superficie metálica.

En el papel, la Torre Eiffel sigue siendo la “dama de hierro” orgullosa e indestructible.

En la práctica, informes técnicos internos han descrito el estado general del metal como “muy deteriorado” en múltiples zonas, advirtiendo que el monumento necesita mucho más que un simple retoque estético.

El arquitecto encargado de una de las últimas campañas de repintado, Pierre-Antoine Gatier, ha reconocido que, en las áreas donde se ha expuesto el hierro, “la corrosión es mayormente superficial y la torre sigue siendo estructuralmente segura”.

Sin embargo, esa afirmación convive con evaluaciones confidenciales que alertan sobre la urgencia de reparaciones profundas.

 

El 31 de marzo de 1889 se inauguró la Torre Eiffel | Radio Perfil

 

Para entender cómo se llegó a este punto, hay que volver a 1889.

La torre nació como una apuesta arriesgada para la Exposición Universal de París.

No todos la querían.

Escritores, pintores y arquitectos firmaron un manifiesto en 1887 calificándola de “monstruosa” y comparándola con una “chimenea de fábrica gigante” que mancharía el paisaje parisino.

Gustave Eiffel defendió su proyecto con firmeza, argumentando que las grandes obras tienen su propia belleza y que la lógica de la ingeniería, especialmente frente al viento, justificaba su forma.

Cuando se inauguró, la torre fue un éxito inmediato para el público.

Miles de personas subieron sus 1.

665 escalones incluso antes de que los ascensores entraran en funcionamiento.

Sin embargo, el contrato original era claro: Eiffel solo tendría derechos sobre la estructura durante 20 años.

Después, la ciudad podría desmontarla y venderla como chatarra.

La Torre Eiffel, en esencia, había sido concebida como una atracción temporal.

Lo que la salvó no fue el turismo, sino la ciencia y la guerra.

A comienzos del siglo XX, el ejército francés comprendió que una estructura metálica de casi 300 metros era una antena perfecta.

Durante la Primera Guerra Mundial, las transmisiones desde la torre ayudaron a interceptar comunicaciones alemanas y a coordinar operaciones militares clave.

De repente, aquello que muchos consideraban inútil se convirtió en un activo estratégico nacional.

Nadie volvió a hablar seriamente de demolerla.

 

La construcción de la Torre Eiffel

 

Durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, la torre volvió a ser escenario de gestos simbólicos.

Antes de la llegada de las tropas nazis, técnicos franceses cortaron los cables de los ascensores.

La idea era clara: si algún oficial quería subir, tendría que hacerlo a pie.

Los ascensores no volvieron a funcionar hasta 1946.

Con el paso de las décadas, la Torre Eiffel regresó a su papel de icono turístico.

Pero su esqueleto no es de acero moderno, como muchos creen, sino de hierro pudelado, una tecnología avanzada para su época pero especialmente vulnerable a la corrosión.

El conjunto pesa unas 10.100 toneladas, de las cuales alrededor de 7.300 corresponden a la estructura metálica.

El problema se agravó en los años recientes.

La gran campaña de repintado asociada a los Juegos Olímpicos de París 2024 tenía un presupuesto cercano a los 60 millones de euros, entre 15 y 20 veces más que campañas anteriores.

El plan original incluía decapar hasta el metal desnudo amplias zonas de la torre.

Pero la presencia de capas antiguas con plomo, las restricciones medioambientales y la caída de ingresos durante la pandemia ralentizaron el proceso.

Finalmente, solo alrededor del 5% de la estructura fue realmente decapada, muy lejos del objetivo inicial.

 

El símbolo de París cumple 132 años: así fue la construcción de la Torre  Eiffel - Infobae

 

La tensión financiera explotó en 2024, cuando los empleados entraron en huelga durante seis días y la torre cerró al público.

El mensaje de los sindicatos fue directo: no se puede seguir exprimiendo el monumento mientras se subestiman los costos reales de mantenimiento.

Los representantes sindicales advirtieron que la gestión estaba sobrestimando los ingresos futuros por entradas y subestimando el costo de mantener en pie una estructura de más de un siglo.

El debate no es si la Torre Eiffel se caerá mañana.

No lo hará.

El verdadero dilema es cuánto está dispuesta la sociedad a pagar para conservar su símbolo.

Una restauración completa, eliminando toda la pintura tóxica antigua y tratando cada remache, costaría cientos de millones de euros y obligaría a cerrar parcialmente el monumento durante largos periodos, reduciendo drásticamente los ingresos.

Tras la huelga, la ciudad de París y la empresa operadora acordaron un plan de mantenimiento a largo plazo de unos 380 millones de euros hasta 2031.

Sobre el papel, es un avance.

En la realidad, el óxido no espera a que los presupuestos se equilibren.

La Torre Eiffel ha sobrevivido a rayos, guerras mundiales y a millones de visitantes apoyándose en sus barandillas.

Su futuro, sin embargo, no depende de la nostalgia ni del romanticismo, sino de decisiones económicas y políticas concretas.

Bajo las luces nocturnas y la silueta perfecta, hay pintura descascarada, arneses, trabajadores colgados al viento y una verdad incómoda: incluso los grandes iconos se desmoronan, molécula a molécula, si no se les cuida como dicen merecer.