La digitalización y el análisis con inteligencia artificial de antiguos manuscritos de la Biblia etíope han permitido redescubrir textos cristianos primitivos que atribuyen a Jesús enseñanzas pronunciadas después de su resurrección, centradas en la espiritualidad interior, la humildad y la no violencia.

 

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En las tierras altas del norte de Etiopía, donde once iglesias monolíticas excavadas en roca desafían al tiempo y a la historia, un conjunto de manuscritos antiguos vuelve a ocupar el centro del debate académico y espiritual.

La llamada Biblia etíope, custodiada durante siglos por monjes de la Iglesia Ortodoxa Etíope, ha sido recientemente digitalizada y analizada mediante herramientas avanzadas de inteligencia artificial, permitiendo una lectura más profunda y precisa de textos escritos en ge’ez, una de las lenguas litúrgicas más antiguas del cristianismo.

El resultado no ha pasado desapercibido.

Los manuscritos —algunos de ellos ausentes en las versiones occidentales de la Biblia— contienen enseñanzas atribuidas a Jesús posteriores a su resurrección, con un marcado énfasis en la espiritualidad interior, la no violencia y la humildad.

Lejos de los grandes templos y de las estructuras de poder, el mensaje que emerge apunta a una fe vivida desde el corazón.

“El verdadero templo no es de piedra, sino el alma”, se lee en uno de los pasajes más citados del llamado Libro de la Alianza, un texto de especial relevancia dentro del canon etíope.

Según esta tradición, Jesús habría pronunciado estas palabras entre la resurrección y la ascensión, instruyendo a sus seguidores a difundir el reino de Dios sin armas, sin imposición y sin violencia.

“La lucha final no es contra otros, sino contra uno mismo”, afirma otro fragmento conservado por los monjes.

 

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La Biblia etíope es única no solo por su contenido, sino por su extensión.

Mientras que muchas Biblias occidentales contienen 66 libros, el canon etíope incluye hasta 81 o incluso 88 textos, entre ellos el Libro de Enoc, los Jubileos y la Didascalia, obras que desarrollan una visión mística y profundamente ética del cristianismo primitivo.

En estos escritos, Jesús aparece no solo como maestro o profeta, sino como una figura espiritual que insiste en la coherencia entre fe y vida cotidiana.

“Muchos pronunciarán mi nombre, pero no vivirán mis palabras”, advierte un pasaje atribuido a Jesús, en el que se alerta sobre la distorsión futura de su mensaje.

La crítica no se dirige a una religión concreta, sino al uso del nombre de Dios para justificar poder, riqueza o dominación.

“La fe no se sostiene en edificios ni en proclamaciones públicas, sino en el amor, la verdad y la modestia”, señala el texto.

Los monjes etíopes han explicado durante generaciones que estos manuscritos no fueron ocultados por ambición o secreto, sino preservados como un legado espiritual.

“No protegemos libros, protegemos la verdad”, habría dicho un anciano monje según la tradición oral recogida en antiguos comentarios marginales.

La transmisión se realizó de forma manual, línea por línea, resistiendo guerras, invasiones y siglos de aislamiento geográfico.

 

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Uno de los elementos que más llama la atención de los investigadores es la insistencia en la fe interior frente a la religiosidad externa.

En varios pasajes se afirma que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que habita en el interior de cada persona.

“El reino de Dios está dentro de vosotros”, repite Jesús en una fórmula que recuerda a los evangelios canónicos, pero que aquí se desarrolla con mayor profundidad mística.

Algunos textos describen que Jesús permaneció cuarenta días más en la tierra tras la resurrección, enseñando sobre el mundo invisible, los ángeles y la influencia de los pensamientos humanos.

“Los ángeles caminan a vuestro lado en silencio, mientras los pensamientos deciden el camino hacia la luz o hacia la oscuridad”, se lee en uno de los fragmentos analizados por la IA.

Estas enseñanzas también incluyen advertencias sociales y éticas que muchos consideran sorprendentemente actuales.

Se habla de familias divididas, de líderes religiosos corruptos y de una fe superficial centrada en la apariencia.

Sin embargo, el tono final no es pesimista.

“La verdad es como una semilla enterrada: puede ser ignorada, pero siempre espera el momento de florecer”, afirma otro pasaje atribuido a Jesús.

 

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La tradición etíope sostiene que parte de estos textos no fueron incluidos en el canon occidental por razones políticas y teológicas.

Su carácter místico, su énfasis en la experiencia personal con lo divino y su mensaje de libertad espiritual resultaban difíciles de encajar en una Iglesia estructurada jerárquicamente.

Según esta visión, permitir que cada creyente buscara a Dios en su interior podía debilitar el control institucional.

Más allá del debate histórico, los textos etíopes presentan una imagen de Jesús cercana a los humildes, a los olvidados y a quienes sufren en silencio.

No un líder de poder, sino una presencia viva en los márgenes.

“No regresaré en palacios ni entre los poderosos, sino en los corazones tranquilos de los sencillos”, dice uno de los pasajes más citados.

Hoy, gracias a la tecnología, estos manuscritos vuelven a ser leídos con atención.

Para creyentes y estudiosos, no se trata de reescribir la historia, sino de comprender mejor la diversidad del cristianismo primitivo.

En las montañas de Etiopía, donde la fe se ha transmitido sin interrupción durante casi dos mil años, el mensaje sigue siendo claro: la espiritualidad auténtica no se impone, se vive.

Y como concluye uno de los textos más antiguos: “La luz no ha desaparecido del mundo; solo espera ser recordada”.

 

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