Florentino Pérez y la directiva del Real Madrid afrontan una crisis progresiva marcada por el fracaso de varios proyectos clave del nuevo Bernabéu, como los conciertos, los parkings y el Skybar, que no están generando los ingresos prometidos.

 

 

La figura de Florentino Pérez atraviesa uno de los momentos más delicados desde que asumió la presidencia del Real Madrid.

Lejos de una caída abrupta, lo que se percibe es un proceso progresivo, una erosión constante marcada por decisiones controvertidas, proyectos fallidos y una creciente tensión mediática y social en torno al nuevo Santiago Bernabéu, rebautizado ya por muchos simplemente como “el Bernabéu”.

En los últimos meses, la narrativa oficial del club ha intentado proyectar estabilidad y fortaleza institucional.

Sin embargo, una sucesión de acontecimientos ha puesto en duda esa imagen.

Desde la paralización de conciertos por problemas estructurales y vecinales, pasando por los litigios en torno a los parkings subterráneos, hasta el concurso de acreedores del gestor del Skybar VIP del estadio, la promesa de que el nuevo Bernabéu sería una máquina imparable de ingresos empieza a resquebrajarse.

“Se nos vendió un estadio autosuficiente, moderno y capaz de generar ingresos extraordinarios los 365 días del año”, comenta un vecino del entorno del estadio, que añade con ironía: “De momento, lo único constante son las obras, el ruido y la pérdida de plazas de aparcamiento”.

La sentencia judicial que paraliza los parkings, promovidos conjuntamente por el club y el Ayuntamiento de Madrid, ha sido un golpe especialmente duro.

Los recursos presentados han sido denegados por falta de interés público, dejando en el aire una infraestructura que, además, iba a ser sufragada indirectamente por los propios vecinos.

 

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A este contexto se suma la caída de uno de los proyectos más emblemáticos del nuevo Bernabéu: el Skybar y el palco SuperVIP.

La empresa gestora, encargada de explotar una de las zonas más exclusivas del estadio, ha entrado en concurso necesario por impagos a proveedores.

“Otro negocio que prometía ingresos millonarios y que hoy está completamente paralizado”, reconocen desde el entorno empresarial vinculado al proyecto.

Mientras tanto, el club ha visto cómo se cancelaban o suspendían indefinidamente los conciertos, uno de los pilares del plan de rentabilidad del estadio.

Florentino Pérez había asegurado en una asamblea reciente que estos eventos regresarían, pero la realidad ha ido en dirección contraria.

“Chao chao a los conciertos, chao chao al skybar”, ironizaba un analista deportivo en referencia a la sucesión de fracasos.

En paralelo, el debate mediático se ha intensificado con el uso reiterado del denominado “caso Negreira” como eje central del discurso institucional madridista.

Durante la última asamblea de socios, gran parte de la intervención presidencial giró en torno a este asunto, relegando a un segundo plano cuestiones internas clave.

“Negreira, Negreira y más Negreira”, resumía un asistente, “y solo por encima, casi de pasada, se habló de vender parte del club”.

 

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Y es precisamente ahí donde surge uno de los puntos más sensibles: la posibilidad de que el Real Madrid dé un paso inédito en su historia y cree una sociedad mercantil vinculada al club, en la que hasta un 10% podría quedar en manos de inversores externos, con la puerta abierta a ampliar ese porcentaje en el futuro.

Una medida que, según diversas interpretaciones, serviría para inyectar liquidez y tapar los agujeros financieros derivados del mastodóntico proyecto del estadio.

El nombre de Anas Laghrari aparece de forma recurrente en este contexto.

Considerado una figura clave en la estrategia financiera del club y uno de los grandes valedores de la Superliga, su creciente influencia ha despertado inquietud entre sectores del madridismo.

“Le ha quitado el apellido Santiago al Bernabéu y ahora parece dispuesto a redefinir el modelo de propiedad del club”, comenta un socio histórico con evidente preocupación.

La comparación con el FC Barcelona es constante.

Mientras desde ciertos sectores se insiste en la supuesta ruina del club azulgrana, la percepción entre sus aficionados es muy distinta.

“El Barça es de los socios”, repiten como mantra, subrayando que, pese a las dificultades, no se ha renunciado al modelo asociativo.

“Se inventan bulos para atacar a Laporta”, afirma un portavoz del entorno culé, recordando la reciente polémica protagonizada por un periodista que difundió información no verificada y terminó retirándola con un escueto: “Pido disculpas”.

 

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El contraste mediático también es objeto de crítica.

Noticias sobre ratas grabadas en un estadio en obras tras lluvias intensas ocupan titulares llamativos, mientras que asuntos como el concurso del gestor del Skybar, las goteras en un estadio supuestamente terminado o la paralización judicial de infraestructuras clave pasan casi desapercibidos.

“Es impresionante el recorrido que coge una noticia y el silencio que rodea a otras mucho más graves”, lamentan desde el entorno vecinal.

La situación se agrava con las acusaciones de posible dopaje financiero mediante dinero público y favores institucionales.

“Huele a corrupción, a favores debidos”, se escucha cada vez con más fuerza.

Incluso la designación del Bernabéu como posible sede de grandes eventos internacionales ha generado sorpresa, especialmente cuando otros estadios de la capital presentan, según expertos, mejores condiciones funcionales.

Todo ello dibuja un escenario de incertidumbre.

Un estadio con cubierta retráctil pero con goteras, con un césped que necesita ser pintado, con palomas y filtraciones, y con proyectos estrella paralizados.

Un club que, según sus críticos, podría acabar vendiéndose “a trozos”, perdiendo progresivamente el control de sus socios.

“La galaxia va a estallar”, advierten voces críticas, convencidas de que lo que hoy se presenta como ajustes financieros acabará transformando la esencia del Real Madrid.

Mientras tanto, Florentino Pérez guarda silencio institucional, confiando quizá en que el tiempo y el control del relato amortigüen el impacto.

Pero la sensación general es que, esta vez, el castillo de naipes tiembla más que nunca.