La familia de Iván Mordisco enfrenta capturas y señalamientos en medio de operativos intensificados contra las disidencias armadas en Colombia

En las montañas de El Peñón, lejos del ruido de las operaciones militares y los titulares nacionales, la familia de Néstor Gregorio Vera Fernández vive bajo el peso de un apellido que hoy es sinónimo de guerra.
Mientras las autoridades intensifican la ofensiva contra el jefe de las disidencias de las FARC, su entorno más cercano enfrenta capturas, señalamientos y un estigma que, aseguran, no les pertenece.
Con más de tres órdenes de captura vigentes y una recompensa que supera los 5.
000 millones de pesos, Iván Mordisco se mantiene como uno de los hombres más buscados del país.
Sin embargo, en su lugar de origen, la historia adquiere un matiz distinto.
Allí, su padre, un campesino de 83 años, habla por primera vez en medio de la presión judicial que ha golpeado a su familia.
“Que él se fue desde pequeño, yo no lo he vuelto a ver ni me comunico con él ni nada”, afirma con voz pausada, sentado frente a la casa donde crió a sus hijos.
Luego agrega con firmeza: “Sí que es Iván, pero yo Iván no tengo ningún hijo.
Él se llama Néstor, el que se me fue, Néstor Gregorio”.
El relato del anciano contrasta con el perfil que las autoridades atribuyen al comandante insurgente.
Según versiones oficiales, Mordisco ha estado vinculado a ataques armados, secuestros y control de rutas ilegales en varias regiones del país.
Su nombre resuena en operaciones militares recientes y en el recrudecimiento del conflicto en zonas como San José del Guaviare, donde se le atribuyen acciones violentas contra la fuerza pública.
Pero en El Peñón, la familia insiste en que su realidad es otra.
La vivienda donde crecieron, rodeada de cultivos de caña, café y plátano, dista mucho de la imagen de riqueza ilícita que, según denuncian, se ha difundido.
“Aquí lo que se cultiva es comida lícita”, dice una de sus hijas, mientras recorre la finca.
“No somos nada de lo que ellos dicen, no somos guerrilleros”.

El impacto más reciente ha sido la captura de varios de sus hermanos.
En menos de 72 horas, dos de ellos fueron detenidos por las autoridades, señalados de pertenecer a la estructura criminal.
En total, cuatro familiares han sido arrestados entre 2025 y lo que va de este año, bajo cargos que incluyen concierto para delinquir y porte ilegal de armas.
“El hecho de ser hermanos de Iván Mordisco no nos convierte en parte de la organización”, afirma uno de ellos antes de su detención.
La familia insiste en que las capturas responden a una interpretación errónea basada únicamente en vínculos de sangre.
El padre no oculta su dolor.
“Un dolor, verdaderamente dolor, porque es una falsedad lo que están hablando, una mentiraza”, dice.
“Lo único que le duele a uno es que hablen lo que no es”.
La situación ha generado temor entre los demás integrantes.
Una de las hermanas confiesa que vive con miedo constante.
“A mí me da mucho miedo salir, siento como que la gente me rechazara”, expresa.
Sin embargo, asegura que el apoyo de vecinos y conocidos ha sido clave para sobrellevar la presión.
“Salgan, tengan confianza porque no deben nada”, le repiten.
En el casco urbano del municipio, varios habitantes coinciden en esa percepción.
Un comerciante asegura: “Nunca los he visto en nada malo, para nada”.
Un electricista agrega: “Ellos trabajan en el campo, no los he visto en malas influencias”.

Incluso líderes locales han manifestado preocupación por lo que consideran una posible estigmatización.
“Es una persecución a una familia trabajadora, una familia honesta”, señala un habitante reconocido del pueblo.
“El problema es el apellido”.
Mientras tanto, las autoridades defienden la legalidad de las capturas y sostienen que existen pruebas que vinculan a los detenidos con actividades ilícitas.
La ofensiva contra las disidencias continúa como parte de la estrategia de seguridad nacional, en un contexto donde estos grupos han retomado fuerza tras el acuerdo de paz con la antigua guerrilla.
El caso de la familia Vera Fernández pone en evidencia una tensión compleja entre la lucha contra estructuras criminales y el impacto colateral sobre entornos familiares.
En medio de esa realidad, el padre de Iván Mordisco mantiene una postura clara: “Yo no sé nada de lo que él haga ahora. Yo no lo volví a ver”.
En este rincón rural de Colombia, donde la vida transcurre entre cultivos y caminos de tierra, la guerra se siente de otra manera.
No llega con uniformes ni operativos visibles, sino con señalamientos, capturas y una sombra que se extiende sobre quienes comparten un apellido con uno de los hombres más buscados del país.

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