Sánchez, con la renuncia a tener la máxima representación diplomática en Tel Aviv, replica la ruptura avanzada por Netanyahu / La posición del Gobierno en el reconocimiento de Palestina y la crítica a la ofensiva tras el 7-O marcan la brecha

 

Benjamin Netanyahu saluda a Pedro Sánchez

 

Las relaciones entre España e Israel atraviesan su momento más delicado en décadas, en un deterioro que coincide de forma simbólica con el 40 aniversario del establecimiento formal de vínculos diplomáticos entre ambos países.

La decisión del Gobierno español de dejar su representación en Tel Aviv en manos de un encargado de negocios, sin nombrar por ahora a un nuevo embajador, ha elevado la tensión con el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu y ha consolidado una ruptura política que ya venía profundizándose desde hace meses.

La medida adoptada por el Ministerio de Asuntos Exteriores no surgió en el vacío.

La embajadora española había sido llamada a consultas con anterioridad y su salida definitiva terminó formalizando una rebaja del nivel diplomático que, en la práctica, coloca a España e Israel en un esquema de representación reducido.

Israel, de hecho, ya venía manteniendo en Madrid una representación del mismo rango, también encabezada por un encargado de negocios.

El gesto, por tanto, no es solo administrativo.

Es una señal política de máximo enfriamiento entre dos gobiernos que han dejado de hablarse en términos de confianza.

 

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La crisis actual tiene un origen claro en la guerra desencadenada tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y en la respuesta militar israelí sobre Gaza.

Desde entonces, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha endurecido progresivamente su posición.

Primero llegó el reconocimiento del Estado palestino, una decisión que colocó a España en una línea de fuerte distanciamiento con Netanyahu.

Después, el Gobierno español reforzó su discurso contra la ofensiva militar israelí, incrementó el apoyo humanitario y avanzó medidas para restringir el flujo de material militar vinculado a Israel.

Esa acumulación de decisiones fue ensanchando la brecha hasta volverla casi irreparable.

Pedro Sánchez ha mantenido en este conflicto una de las posturas más severas de Europa occidental contra la estrategia israelí en Gaza.

Su discurso ha insistido en la necesidad de un alto el fuego duradero, en la defensa de la legalidad internacional y en la urgencia de una solución política que pase por el reconocimiento efectivo de Palestina.

En ese marco, la continuidad de Netanyahu al frente del Gobierno israelí ha funcionado como un factor multiplicador del choque.

En Madrid se considera que la deriva militar y política del gabinete israelí ha cerrado espacios de interlocución.

En Tel Aviv, en cambio, se interpreta que Sánchez ha abandonado la neutralidad diplomática para alinearse con posiciones hostiles.

 

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La tensión se agravó todavía más en las últimas semanas, después de nuevos cruces verbales entre dirigentes de ambos países.

Desde el entorno israelí se acusó a España de situarse del lado equivocado en el conflicto regional, mientras el Gobierno español defendió que sus decisiones responden a principios de derecho internacional, no a una animadversión hacia la sociedad israelí.

Esa distinción es importante en la estrategia diplomática de Madrid: el conflicto, insiste el Ejecutivo, no es con Israel como Estado o con su ciudadanía, sino con la política concreta de Netanyahu y con la ampliación de una guerra que España considera devastadora y sin horizonte político.

El simbolismo histórico hace aún más visible la gravedad del momento.

España tardó décadas en reconocer oficialmente a Israel.

Las relaciones diplomáticas no se establecieron hasta enero de 1986, después de un larguísimo periodo de distancia marcado por la memoria de la Segunda Guerra Mundial, las complejidades del franquismo, el peso del mundo árabe en la política exterior española y unas negociaciones prolongadas durante la Transición.

Aquel acuerdo supuso el cierre de una anomalía diplomática y abrió una etapa de cooperación política, económica y cultural que, con altibajos, logró consolidarse.

Cinco años después, Madrid incluso se convirtió en sede de la gran conferencia de paz de 1991, uno de los momentos de mayor protagonismo internacional de España en Oriente Próximo.

 

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Por eso el contraste actual resulta tan fuerte.

Durante décadas, incluso en medio de desacuerdos, España había logrado preservar un canal político estable con Israel.

Hoy ese canal está reducido a su mínima expresión.

El deterioro no significa una ruptura total de relaciones, pero sí una degradación visible del nivel de interlocución y una pérdida de confianza mutua difícil de recomponer mientras Sánchez y Netanyahu sigan representando proyectos políticos tan enfrentados sobre Gaza y Palestina.

Aun así, la relación bilateral no desaparece.

El comercio civil, los vínculos tecnológicos, los intercambios empresariales y los contactos sociales siguen existiendo, aunque el clima político inevitablemente los condiciona.

Lo que ha cambiado es el tono general.

Donde antes había desacuerdo gestionado, ahora hay desconfianza abierta.

Donde antes se buscaba preservar la interlocución, ahora predominan los gestos de castigo diplomático.

En este escenario, España e Israel no solo atraviesan una crisis coyuntural.

Están viviendo una redefinición profunda de su vínculo político.

Cuarenta años después de aquel pacto diplomático que costó tanto construir, la relación ha entrado en una fase de frialdad sin precedentes recientes, con una conclusión que ya casi nadie se atreve a disimular: mientras continúe la guerra en Gaza y mientras Sánchez y Netanyahu mantengan sus actuales posiciones, la reconciliación diplomática parece muy lejana.

 

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