El valse de las cuatro vidas: La verdadera historia de «Dios nunca muere» y la memoria indestructible de Oaxaca – News

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El valse de las cuatro vidas: La verdadera historia de «Dios nunca muere» y la memoria indestructible de Oaxaca

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De las más de cincuenta composiciones que Macedonio Alcalá concibió a lo largo de su existencia, apenas un puñado logró esquivar las garras del olvido.

Todo lo demás se esfumó con él la misma noche en que tocó sus notas por última vez, sumergiéndose en el silencio sin que nadie pudiera volver a escucharlo jamás.

Esta trágica pérdida deja una sola pregunta en pie, un enigma que sostiene el pulso de este relato: ¿por qué, entre docenas de piezas que se borraron para siempre, sobrevivió precisamente esta melodía que hoy todo Oaxaca canta de pie en los entierros, en la Guelaguetza y en las bodas? La respuesta se despliega en cuatro capas entrelazadas, y la última de ellas no guarda relación directa con la partitura, sino con el hombre que la concibió y con una edificación monumental que cualquiera puede contemplar si camina por el centro histórico de Oaxaca de Juárez.

Al contrastar las páginas amarillentas de un periódico de circulación nacional publicado en enero de 1956 con los archivos históricos de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia y con la lírica que Vicente Garrido escribió casi nueve décadas después de la muerte del autor, emerge una crónica de resistencia cultural donde, si tan solo una de esas cuatro encrucijadas hubiese fallado, el pueblo oaxaqueño carecería hoy del valse que acompaña el descanso de sus muertos y del acorde sagrado que hace brotar lágrimas a miles de kilómetros de la patria chica.

Para comprender por qué la mayor parte de su legado se extravió resulta indispensable retroceder a la raíz del personaje conocido afectuosamente como el «Tío Macedas».

Lejos de ser un modesto músico rural favorecido por el azar, Macedonio Alcalá fue un virtuoso consumado que fundó y dirigió hasta seis orquestas distintas, agrupaciones cuyos ecos resonaron en nueve estados de la República Mexicana y en la propia capital.

Con apenas veinte años de edad, ya encabezaba su propio ensamble amenizando bailes, palenques y veladas privadas, expandiendo su reputación a una velocidad superior a la de sus propios viajes.

Sin embargo, en esta cúspide germinó la primera gran contradicción de su vida: un creador de tal envergadura debió haber heredado un catálogo prolífico y meticulosamente archivado, pero casi no dejó testimonio escrito.

Un episodio revelador ilustra el motivo de esta carencia.

Cierta ocasión, tras habérsele encomendado una obra para orquesta completa destinada a ejecutarse en un salón consular ante las máximas autoridades estatales, llegó el día del concierto con la orquesta formada y dispuesta, pero sin una sola partitura sobre los atriles.

Sin perder la compostura, Macedonio se aproximó al pianista y le susurró que lo acompañara de oído mientras él resolvía el compromiso; tomó el violín y comenzó a improvisar de memoria en tiempo real frente a un auditorio refinado que ignoraba estar presenciando una obra nacida cinco minutos atrás.

Aunque el trance concluyó con vítores, esa prodigiosa facultad para crear sobre la marcha constituía el motivo exacto por el cual sus ideas no quedaban fijadas en el papel: una melodía que brota en el aire, por sublime que resulte, se extingue al extinguirse el último acorde a menos que alguien se tome el trabajo de escribirla.

Ese hábito desenfadado explica la pérdida del resto de su obra, pero abre una segunda interrogante crucial: ¿qué ocurrió de diferente la noche en que sí decidió transcribir Dios nunca muere? La génesis de esta excepción comenzó en un lecho de dolor.

En 1854, Macedonio había contraído matrimonio con Petronila Palacios en la localidad de Santo Domingo Yanhuitlán, procreando tres hijos: José, Ignacio y Soledad.

La fama itinerante que cosechaba de pueblo en pueblo no alcanzaba para solventar las necesidades básicas del hogar, y el abismo entre las ovaciones del público y la penuria cotidiana sumió al maestro en una profunda depresión acompañada por el alcoholismo.

En un intento por hallar estabilidad, emprendió el retorno hacia la ciudad de Oaxaca, pero en el trayecto cayó gravemente enfermo, víctima de tuberculosis según algunos cronistas o de paludismo según otros.

En el momento de mayor vulnerabilidad, sus propios hermanos le dieron la espalda, dejándolo a su suerte.

Quienes acudieron en su auxilio fueron los integrantes de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia —institución que él mismo había ayudado a cimentar en su juventud—, costeándole médico y medicinas para prolongarle la existencia en aquella humilde habitación entre 1867 y 1868.

En medio de esa convalecencia tuvo lugar la concepción del valse, envuelta en dos tradiciones orales que no se anulan entre sí.

La primera vertiente narra que su compadre Maqueo —a quien algunos registros llaman Roberto y otros José— acudió a visitarlo en sus momentos finales y, al despedirse, deslizó de manera sigilosa algo de dinero, variando las versiones entre doce pesos en plata o cuarenta pesos ocultos bajo la almohada.

La segunda versión sostiene que fue una comitiva de indígenas provenientes de Tlacolula de Matamoros la que se presentó con devoción para encargarle una composición dedicada a la Virgen de la Asunción, entregándole como pago la humilde suma de doce pesos de plata que habían reunido entre todos.

Más allá de cuál relato guarde la verdad histórica absoluta, ambas vertientes coinciden en el hecho fundamental: en medio de la indigencia y la agonía, una mano generosa le ofreció un alivio económico inesperado.

Aquel acto de caridad encendió en Macedonio una gratitud tan poderosa que doblegó la costumbre de dejar la música flotando en la memoria.

Con el cuerpo abatido por la fiebre y ante la ausencia de papel pautado, el maestro se incorporó en la cama y realizó un gesto inusual en un músico de oficio: trazó con lo que tuvo a mano las primeras líneas del pentagrama sobre la pared de adobe de su cuarto.

Posteriormente, con el pulso debilitado, trasladó esos trazos al papel ante la mirada atónita de Petronila, bautizando la pieza como Dios nunca muere en testimonio de fe por la ayuda recibida.

La melodía logró así salvar el primer gran obstáculo, el de la impronta oral, pero la creación de la partitura no garantizaba su supervivencia definitiva.

La muerte sorprendió a Macedonio Alcalá el 24 de agosto de 1869, a los treinta y ocho años de edad, en la absoluta pobreza, dejando desamparadas a su viuda y a sus tres criaturas, la mayor de doce años y la menor de apenas nueve.

Aunque las autoridades le rindieron honores fúnebres en el panteón de Oaxaca, con su partida se extinguió para siempre la inmensa mayoría de su catálogo de más de cincuenta piezas, salvándose únicamente junto al célebre valse obras contadas como una marcha fúnebre, la pieza Solo Dios en los cielos, la danza El cohete y un Ave María.

El segundo peligro contra la existencia del himno oaxaqueño se manifestó en 1876, siete años después del fallecimiento del compositor, y surgió desde el núcleo familiar más íntimo.

Bernabé Alcalá, hermano de Macedonio y el mismo que lo había abandonado durante su enfermedad, publicó la partitura de Dios nunca muere en una casa editorial de la Ciudad de México bajo su propia autoría, inscribiendo en la portada la leyenda «Bals popular para piano por B.

Alcalá».

Ante el despojo deliberado de la memoria de un artista difunto que carecía de recursos o abogados para defender su legado, la restitución de la verdad no provino de las instituciones oficiales, sino de los propios músicos de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia y del pueblo de Tlacolula de Matamoros.

Uniendo sus voces con indignación, reclamaron la paternidad de la obra y lograron impedir que el nombre de Macedonio fuera borrado de la historia impresa.

Casi un siglo más tarde se presentó la tercera amenaza, en una época en que la pieza amenazaba con sufrir una alteración definitiva en la conciencia popular mexicana.

Aunque el valse resonaba incesantemente en las bandas de viento, misas y festividades de Oaxaca, era poco conocido en el resto del país.

Tal panorama cambió drásticamente entre finales de 1955 y principios de 1956, cuando el compositor Vicente Garrido le adaptó una letra lírica para ser interpretada por Pedro Infante, difusión discográfica y radial que introdujo la melodía en millones de hogares.

En ese preciso instante de proyección masiva, el diario El Universal publicó un reportaje a plana entera afirmando categóricamente que Dios nunca muere no pertenecía a Macedonio Alcalá, sino a un músico de la época llamado Donato Ortega Urrutia.

La falta de sustento documental en los archivos impide precisar el origen de aquella atribución errónea, pero las consecuencias de no haber sido desmentida a tiempo habrían sido irreversibles para la posteridad.

Ante la desinformación masiva, la respuesta emergió nuevamente desde la base social: la sociedad oaxaqueña en pleno se movilizó en los medios para desmentir la publicación y reafirmar la autoría de Alcalá, relegando el nombre de Ortega Urrutia a un mero desacierto periodístico.

Paralelamente a la salvaguarda de la partitura, el nombre del compositor debió librar su propia batalla para quedar esculpido en la geografía urbana de su tierra.

En 1903, el gobierno de Oaxaca emprendió la construcción del recinto cultural más ambicioso del estado, una obra financiada con cien mil pesos de la época y encomendada al ingeniero Rodolfo Franco Larrainzar.

El inmueble fue inaugurado el 5 de septiembre de 1909 con la representación de la ópera Aida, pero no llevó el nombre del músico en sus inicios; abrió sus puertas bajo la denominación de «Teatro Casino Luis Mier y Terán», en homenaje a un militar porfirista.

Durante la Revolución Mexicana, el inmueble fue rebautizado como «Teatro General Jesús Carranza», debiendo transcurrir la intervención de dos figuras de armas antes de que, en la década de 1930, se tomara la decisión de nombrar la fachada del recinto en honor al ilustre compositor indigente.

Décadas más tarde, en septiembre de 2017, los devastadores sismos que sacudieron el sur del país causaron severos daños estructurales en los plafones, muros y elementos ornamentales de dicho teatro.

Su preservación fue posible gracias al trabajo multidisciplinario de especialistas y al mecenazgo de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, logrando mantener en pie la edificación ubicada en la avenida Independencia número 900, a escasas calles de la plaza principal de la capital oaxaqueña.

La vigencia de la obra se consolidó a nivel nacional con las grabaciones realizadas por Javier Solís, la primera con banda sinfónica en 1959 y la segunda en 1963 acompañado por el Mariachi Nacional de Arcadio Elías.

Con el paso de las décadas, Dios nunca muere trascendió la categoría de pieza musical para convertirse en un símbolo de identidad y consuelo colectivo.

Semejante al arraigo de la Canción Mixteca, que evoca la nostalgia por la tierra distante, el valse de Alcalá lleva consigo la impronta de quien conoció el desamparo y la necesidad de emigrar.

Por ello, la pieza resuena con igual devoción en las festividades patronales de la comunidad oaxaqueña radicada en California como en los barrios de Tlacolula, acompañando las misas, las bodas, la Guelaguetza y, de manera solemne, los cortejos fúnebres donde las bandas despiden a los difuntos o reciben los restos de los hijos que fallecieron lejos de su patria.

A más de un siglo y medio del deceso de su creador, el Congreso del Estado de Oaxaca ha promovido las iniciativas correspondientes para declarar formalmente a Dios nunca muere como el himno oficial de la entidad.

Ciento cincuenta y seis años después de que Macedonio Alcalá rindiera su último aliento en la indigencia, la memoria del hombre que pagó una deuda de gratitud dibujando notas sobre una pared de adobe ha quedado perpetuada en la ley, en el corazón de su pueblo y en la piedra del majestuoso teatro que lleva su nombre en el centro de Oaxaca de Juárez.

 

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