Un veterano del formato logra revertir un rechazo rotundo en la decisión final tras confesar fenómenos paranormales en su hogar y ofrecer un crucero a Italia para conocer a Eros Ramazzotti.

 

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MADRID

El restaurante de First Dates volvió a convertirse anoche en el escenario de una de las dinámicas de cortejo más estrambóticas y desmedidas que se recuerdan en la trayectoria del programa de Cuatro.

Eduardo, un viejo conocido del formato por su pasado como bailarín erótico, regresó al plató de Carlos Sobera para protagonizar un encuentro con tintes de comedia del absurdo junto a su cita, una mujer profundamente apasionada por la cultura italiana.

Lo que comenzó como una cena marcada por el distanciamiento ante las confesiones esotéricas del soltero concluyó en un insólito giro de guion en el último segundo de la emisión.

La velada se encarriló rápidamente hacia el terreno de lo bizarro cuando Eduardo decidió compartir, sin ningún tipo de filtro, sus experiencias con el más allá y las terapias chamánicas.

Ante la mirada de estupefacción de su acompañante, el comensal relató una serie de supuestos fenómenos poltergeist que acontecen en su domicilio, asegurando que los electrodomésticos se encienden solos, que ve «sombras pasar por el pasillo» y que contempla estrellas en el techo de su habitación.

Lejos de amedrentarse, Eduardo afirmó con ligereza que dichas presencias «le protegen», provocando un repliegue inmediato en el lenguaje no verbal de su cita, visiblemente incómoda ante el cariz de la conversación.

 

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La desconexión estética e intelectual de la soltera se agravó cuando el comensal intentó hacer valer sus antiguas dotes profesionales.

En un intento desesperado por impresionar a su compañera y demostrar que se había «currado» la velada, Eduardo improvisó un estriptis en mitad del restaurante, despojándose de la camisa y ejecutando una serie de movimientos que provocaron el rechazo físico inmediato de la mujer, quien no dudó en apartar las manos del soltero de sus caderas.

Llegado el momento de la decisión final, el desenlace parecía completamente escrito.

Ella tomó la palabra para comunicarle que, a pesar de valorar la originalidad y la diversión de la velada, no deseaba mantener una segunda cita sentimental con él debido a la falta de afinidad y al impacto de sus revelaciones.

 

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Fue en ese preciso instante de desahucio afectivo cuando Eduardo desplegó una audaz estrategia de persuasión que ha encendido el debate sobre la mercantilización del interés en televisión.

Tras indagar qué puntuación merecía el encuentro —un exiguo cuatro y medio— y preguntar qué faltaba para alcanzar el aprobado, ella sugirió que el esfuerzo debía nacer del soltero.

Eduardo, consciente de la absoluta devoción de su cita por el cantante Eros Ramazzotti, lanzó una oferta irrechazable:

«Yo haría llegar un crucero a Italia para ver a Eros Ramazzotti. ¿Me he ganado una segunda cita?»

Ante la perspectiva de cumplir el sueño de su vida y viajar al país transalpino con todos los gastos cubiertos, la soltera quebrantó su propia determinación inicial, modificó su veredicto en directo y aceptó un segundo encuentro bajo la promesa del mencionado periplo.

Los analistas del comportamiento televisivo coinciden en señalar este desenlace como uno de los ejercicios de pragmatismo y conveniencia más flagrantes del formato, donde la firmeza de los principios cede ante el beneficio material inmediato en horario de máxima audiencia.

 

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