El Real Madrid volvió a caer en Europa con una actuación sin intensidad ni orden, confirmando una crisis que se repite independientemente del entrenador.

 

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La derrota del Real Madrid ante el Benfica no fue solo un resultado adverso más en la Champions League.

Fue, para muchos, la confirmación definitiva de una crisis profunda que trasciende entrenadores, esquemas y discursos coyunturales.

El equipo blanco volvió a ofrecer una imagen desordenada, sin intensidad ni compromiso colectivo, y cayó de manera contundente ante un rival que le superó desde el primer minuto en juego, ritmo y convicción.

La indignación no tardó en aparecer.

“¿Pero qué se creían estos tíos, que iban a ganar sin bajar del autocar?”, se escuchaba con rabia tras el pitido final.

La sensación general fue de hartazgo.

No por inesperada, sino precisamente porque lo ocurrido parecía escrito desde antes de empezar.

“No por esperado es menos indignante”, resumía una de las voces más críticas del entorno madridista.

El partido dejó claro que el problema no es nuevo ni aislado.

La llegada de nuevos entrenadores no ha cambiado el fondo de la cuestión.

“La culpa no era de Ancelotti el año pasado, no era de Alonso este año”, se repetía con insistencia, señalando directamente a una plantilla que, según esta lectura, no ha respondido a ninguno de los mensajes recibidos desde el banquillo.

La etapa de Xabi Alonso fue breve y marcada por intentos de imponer orden y disciplina.

“Duró lo que duró Florentino Pérez y lo que quisieron los jugadores”, se afirmó con crudeza.

 

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Con Álvaro Arbeloa, el guion no ha variado de forma sustancial.

Es cierto que hubo señales positivas en partidos concretos, como ante el Mónaco o el Villarreal, donde el equipo mostró cierta solidez y compromiso.

Sin embargo, frente al Benfica reaparecieron todos los fantasmas.

Un rival intenso, ordenado y eficaz aprovechó cada concesión de un Madrid que volvió a deambular por el campo.

“Era una nave a la deriva desde el primer minuto”, se resumió con una imagen tan gráfica como demoledora.

El Benfica, dirigido por José Mourinho, ofreció una exhibición táctica que no pasó desapercibida.

“Me ha dado un baño táctico, me ha dado un baño en toda regla”, se ironizaba tras el encuentro.

El técnico portugués, tantas veces cuestionado, volvió a demostrar su capacidad competitiva en Europa.

Con un equipo sin grandes nombres mediáticos y con veteranos como Otamendi liderando desde atrás, el conjunto lisboeta desnudó todas las carencias del Madrid.

“Si mañana preguntas a un chaval cuántos jugadores del Benfica conoce, igual te dice tres o cuatro”, se decía, subrayando aún más el mérito del planteamiento.

 

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El análisis individual tampoco dejó lugar a la complacencia.

Courtois volvió a ser señalado como el mejor del equipo.

“San Courtois”, lo llamaron algunos, conscientes de que sin sus intervenciones el resultado habría sido aún más duro.

En el resto, predominó la crítica.

Jugadores desaparecidos, falta de desborde, decisiones tardías y una alarmante tendencia a buscar la jugada individual antes que el pase sencillo.

“Soban y soban el balón y el pase al compañero siempre llega tarde y mal”, fue una de las frases que mejor retrató el atasco ofensivo.

La falta de intensidad volvió a ser un tema central.

“En este fútbol, si no corres igual que el contrario, con la calidad sola no te vale”, se insistió.

El Benfica llegaba “como aviones”, rompiendo líneas sin oposición, mientras el Madrid defendía en inferioridad constante, víctima de una presión inexistente desde los hombres de arriba.

“La defensa empieza por los delanteros”, se recordó, señalando una desconexión colectiva evidente.

Tras el partido, Arbeloa asumió públicamente la responsabilidad.

“No he sabido imprimir a los jugadores el nivel que quería que diesen”, reconoció.

Un gesto que fue valorado, pero que para muchos no aborda el problema real.

“Cuando uno no quiere recepcionar el mensaje, por mucho que hagas, da igual”, se escuchaba con resignación.

La sensación es que el vestuario no responde, que hay jugadores “endiosados, mimados y malacostumbrados”, convencidos de que el pasado les garantiza el futuro.

 

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La consecuencia inmediata es un Real Madrid fuera del Top 8 y obligado a mirar con preocupación el cruce que se avecina.

“Casi prefiero al equipo noruego antes que volver a enfrentarme al Benfica”, se decía, tras la exhibición sufrida.

Pero más allá del rival, lo que preocupa es el diagnóstico de fondo.

“Este no es un problema de entrenadores, es un problema de jugadores”, se repitió como conclusión final.

La llamada a tomar decisiones drásticas empezó a ganar fuerza.

“Por mucho nombre que tengas, si vas a ser un cáncer en el vestuario, es mejor que te vayas”, se afirmó sin rodeos.

Tres, cuatro o los que hagan falta.

La exigencia histórica del club parece reclamar una sacudida profunda.

La noche en Lisboa no fue solo una derrota europea.

Fue el espejo de un equipo que vive de recuerdos, que confía en milagros cada vez más escasos y que ha perdido el hambre competitiva que durante años definió su identidad.

El resultado fue previsible, sí, pero también revelador.

Y quizá, por eso mismo, más doloroso.

 

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