Trece legionarios de la Legión Española portaron el Cristo de la Buena Muerte durante la Semana Santa de Málaga acompañados por el himno “El Novio de la Muerte”

 

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Málaga vivió ayer una de las jornadas más intensas y emotivas de su Semana Santa cuando, a las 12:10 de la mañana, las puertas de la iglesia se abrieron para dejar paso a los trece legionarios que iban a portar el Cristo de la Buena Muerte, una de las imágenes más veneradas de la ciudad, que se esperaba fuera recibido entre el fervor de miles de presentes con el tradicional canto de “El Novio de la Muerte”.

Bajo un cielo tranquilo y con decenas de cámaras enfocando la plaza, la solemnidad marcaba el pulso de un momento que combina fe, tradición y el respeto que cientos de malagueños sienten por la Legión Española.

La escena comenzó mucho antes, con el acto protocolario en el que el teniente coronel, jefe de Estado Mayor de la Brigada de la Legión, entregó el estandarte del Cristo de la Buena Muerte y Ánima al tercero Gran Capitán, acompañado por los guiones y banderas legionarias.

El compromiso era claro: custodiar la sagrada imagen hasta el próximo acto penitencial, un ritual que entronca tradición militar y religiosidad popular.

Según explicó el presentador en directo, “la vinculación tan intrínseca entre la Legión y la congregación de Mena” es lo que convierte este momento en algo singular, diferente a cualquier otro acompañamiento militar en España.

Apenas se abrieron las puertas, los legionarios, ataviados con su característica disciplina y porte, avanzaron hacia el interior, llevando consigo el trono del Cristo, mientras a los pies del templo miles de fieles aguardaban en un silencio cargado de emoción.

 

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Las notas de El Novio de la Muerte comenzaron a escucharse en el aire, primero tímidas, después en crescendo, interpretadas por una banda de guerra junto a la banda de música de la región, que acompañó a los soldados en su solemne marcha.

Una voz emocionada, la de uno de los oficiales, resonó al micrófono: “Hoy, este Cristo se presenta ante vosotros con el respeto y la devoción que siempre lo ha acompañado”.

Mientras sonaban las notas, muchos malagueños presentes no pudieron ocultar su profunda emoción.

“Es imposible no sentir un nudo en la garganta cuando escuchas eso aquí”, comentaba entre sollozos una de las cofrades presentes, con la mirada fija en la imagen que ascendía lentamente hasta quedar expuesta en el centro de la plaza.

Los legionarios, perfectamente sincronizados, ajustaban las cuerdas y poleas con precisión casi milimétrica para colocar el trono en su sitio, un acto que requiere destreza física y absoluta concentración.

Entre la tribuna de autoridades se encontraban figuras civiles y militares, así como representantes de hermandades y cofradías que, al ritmo del himno, se unieron en una mezcla de solemnidad y orgullo patrio.

No faltaron exclamaciones de asombro cuando varios asistentes, incluso fuera de Málaga, entonaron el famoso himno con la misma intensidad que las bandas musicales, un gesto que muchos interpretaron como una muestra de la profunda arraigación de esta tradición en el corazón de la ciudad.

 

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Algunos de los comentarios más repetidos por parte de los presentes destacaban la importancia de “sentir” el momento, más allá de verlo.

“Es el respeto con el que todos seguimos al Cristo, y escuchar El Novio de la Muerte aquí no es solo música, es historia, es nuestra identidad”, explicaba un veterano cofrade con la voz entrecortada por la emoción.

A su lado, un joven legionario añadía: “Para nosotros, es un honor acompañar esta sagrada imagen, es más que un acto oficial, es una entrega total”.

La emotividad se intensificó cuando el obispo, recientemente asignado a la diócesis y visible ante los asistentes, pronunció unas breves palabras que destacaban la importancia de la tradición y el respeto entre culturas y generaciones.

“Aquí se mezcla la fe, el respeto, y la historia de una manera que trasciende lo puramente religioso y se convierte en un acto de unión social”, afirmó ante el público, al tiempo que muchos asentían con reverencia.

El momento cumbre se vivió cuando el Cristo fue finalmente recogido por los legionarios y colocado en el trono de la izquierda dentro del salón principal de la iglesia, acompañado por cornetas, tambores y el canto profundo que simboliza el compromiso entre la imagen sagrada y quienes la acompañan.

“Este momento de subir y colocar al Cristo aquí, como ofreciéndolo a los devotos, es literalmente impresionante”, describió un periodista que narraba en directo para los espectadores que seguían el acto desde sus hogares y dispositivos móviles.

 

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No fue casualidad que muchos malagueños recordaran la importancia de este ritual, que hunde sus raíces en la historia de la Semana Santa en Andalucía y la figura del Cristo de la Buena Muerte tallado por el maestro Pedro de Mena, una de las obras más representativas del arte religioso español.

La devoción por esta imagen ha trascendido décadas, y su presentación al público es uno de los momentos más esperados del Jueves Santo malagueño, una jornada cargada de significado cultural y espiritual que une tradición, fe y memoria colectiva.

A medida que la ceremonia avanzaba, la plaza se llenaba de murmullos reverentes, aplausos contenidos y rostros marcados por la emoción.

La mezcla de música, historia y fervor popular hizo de este acto algo más que un simple desfile ritual: se convirtió en un punto de encuentro intergeneracional, donde antiguos y jóvenes coincidían en un mismo latido de devoción y respeto.

Al cerrar la jornada y con las últimas notas de El Novio de la Muerte resonando en el aire, muchos asistentes expresaban la misma sensación: que habían presenciado no solo una tradición, sino un momento de unión profunda con su pasado y su identidad.

Era, sin duda, un instante para recordar y para conservar en la memoria colectiva de Málaga, donde la fe se vive con intensidad y la historia se entrelaza con cada acorde y cada paso marcial de los legionarios que, con respeto y disciplina, corean al unísono: “Soy un novio de la muerte…”.

 

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