El telescopio espacial James Webb detectó en el exoplaneta K2-18 b una combinación química atmosférica, incluido dimetil sulfuro, compatible con procesos biológicos y con un alto nivel de confianza científica.

 

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Más allá de las estrellas familiares que componen el cielo nocturno terrestre, en una región aparentemente tranquila de la constelación de Leo, una variación casi imperceptible en la luz infrarroja terminó por alterar una de las preguntas más profundas de la ciencia moderna.

La señal, registrada por el telescopio espacial James Webb tras un viaje de más de un siglo a través del espacio, no destacaba a primera vista entre los billones de datos recolectados por el observatorio más avanzado jamás construido.

Sin embargo, en ese rastro luminoso se escondía una combinación química que ha obligado a la comunidad científica a detenerse y mirar con atención.

Durante el análisis del tránsito de un planeta distante frente a su estrella, los instrumentos del James Webb detectaron cómo determinadas longitudes de onda eran absorbidas al atravesar la atmósfera del mundo en cuestión.

Ese patrón espectral permitió identificar moléculas ya conocidas por los astrónomos: vapor de agua, metano y dióxido de carbono, compuestos habituales en ambientes planetarios complejos.

Pero hubo un elemento adicional que cambió el tono del hallazgo.

 

Científicos detectan señales de posible vida en un planeta a 124 años luz  de la Tierra | Elementosmx

 

“Cuando apareció la señal de dimetil sulfuro, supimos que no estábamos ante un planeta cualquiera”, reconoció uno de los investigadores involucrados en el análisis de los datos.

En la Tierra, este compuesto está estrechamente asociado a la actividad biológica y, hasta donde se sabe, no se produce de forma significativa mediante procesos puramente geológicos o químicos inertes.

La intensidad de la señal redujo la probabilidad de un error estadístico a un nivel excepcionalmente bajo para la astronomía observacional.

El planeta, conocido como K2-18 b, orbita una estrella enana roja situada a unos 120 años luz de la Tierra.

Se encuentra dentro de la denominada zona habitable, la región donde las condiciones permiten la existencia de agua líquida.

No se trata de un planeta rocoso similar a la Tierra, sino de una supertierra: un mundo más grande y masivo, envuelto por una atmósfera densa y rica en hidrógeno.

Lejos de convertirlo en un entorno hostil, esa atmósfera podría ser precisamente la clave de su estabilidad.

Las estimaciones actuales sitúan su temperatura media alrededor de los 120 grados Fahrenheit, suficiente para mantener océanos líquidos sin llegar a un escenario de evaporación extrema.

“La atmósfera actúa como un aislante térmico global”, explicó otro miembro del equipo científico.

“Distribuye el calor de forma eficiente y evita contrastes extremos entre el lado iluminado y el lado oscuro del planeta”.

 

El Telescopio Espacial James Webb detectó posibles señales de vida en un  exoplaneta - Infobae

 

La gravedad, casi tres veces superior a la de la Tierra, contribuye a retener esa atmósfera espesa, impidiendo que se pierda en el espacio, como ocurrió con Marte en el pasado remoto.

Lo que desde una perspectiva humana podría parecer una condición extrema, se perfila como una ventaja decisiva para la estabilidad a largo plazo.

En un entorno así, la vida no tendría que enfrentarse a cambios bruscos constantes, sino que podría evolucionar durante millones o incluso miles de millones de años en condiciones relativamente uniformes.

La estrella anfitriona, una enana roja, añade otro elemento clave al escenario.

Estas estrellas, más pequeñas y frías que el Sol, consumen su combustible de forma mucho más lenta y pueden permanecer estables durante trillones de años.

“Si la vida surge en un planeta como K2-18 b, dispone de un tiempo prácticamente ilimitado para desarrollarse”, señaló un astrofísico consultado durante la presentación de los resultados.

El planeta completa una órbita cada 33 días, recibiendo una cantidad de energía comparable a la que la Tierra recibe del Sol.

El aspecto más debatido del descubrimiento sigue siendo el comportamiento químico de su atmósfera.

Los gases detectados coexisten en un estado de desequilibrio que, en ausencia de procesos activos, debería resolverse con el tiempo.

En la Tierra, ese tipo de desequilibrio se mantiene gracias a la actividad biológica.

“Algo está reponiendo continuamente esos compuestos”, afirmó un investigador.

“Y, hasta donde sabemos, la única explicación conocida para un fenómeno así es la vida”.

 

El Telescopio James Webb detecta indicios de posible existencia de vida  fuera del Sistema Solar - LA NACION

 

Aunque los científicos subrayan que el hallazgo no constituye una prueba definitiva de organismos vivos, sí representa una de las evidencias más sólidas obtenidas hasta ahora de un entorno potencialmente habitado fuera del sistema solar.

También desafía la idea tradicional de que la vida requiere planetas casi idénticos a la Tierra.

Bajo la atmósfera rica en hidrógeno de K2-18 b podrían existir océanos globales de enorme profundidad, capaces de albergar ecosistemas extensos y diversos.

Las implicaciones son profundas.

Las enanas rojas constituyen cerca del 75 % de las estrellas de la Vía Láctea.

Si una fracción de los planetas que las orbitan presenta condiciones similares, el número de mundos potencialmente habitables se multiplica de forma exponencial.

“Tal vez el universo no esté lleno de excepciones raras como la Tierra, sino de supertierras acuáticas estables”, comentó un científico con cautela, pero sin ocultar el entusiasmo.

El James Webb no ha respondido de forma definitiva a la pregunta sobre la existencia de vida extraterrestre, pero sí ha transformado su naturaleza.

La búsqueda deja de ser puramente especulativa y se convierte, cada vez más, en una cuestión observacional.

El universo, antes concebido como vasto y silencioso, comienza a mostrarse dinámico, químicamente activo y, quizás, sorprendentemente fértil.