Catalina Gutiérrez, estudiante de arquitectura e influencer con más de 880,000 seguidores, fue asesinada por su amigo y compañero Néstor Aguilar Soto tras una discusión en su casa en Córdoba

 

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El 17 de julio de 2024 quedará marcado para siempre en la memoria de Córdoba, Argentina, como el día en que la vida de Catalina Gutiérrez, una joven de 21 años estudiante de Arquitectura y figura destacada en redes sociales, terminó de forma brutal a manos de su amigo Néstor Aguilar Soto.

Lo que comenzó como una amistad confundida con amor se transformó en uno de los casos más conmocionantes de violencia de género en los últimos años en el país.

Catalina, conocida por su carisma y sus más de cientos de miles de seguidores en Instagram, había planeado junto a un grupo de amigos una noche de juegos en un boliche de la ciudad.

Esa noche, cerca de las 21:30, pidió el auto familiar para pasar a buscar a Néstor, compañero de estudios en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba.

Según reconstrucciones judiciales, ambos se encontraron en la casa de él y empezaron a conversar.

Lo que parecía una charla entre amigos derivó en un desencuentro fatal.

Según declaró el propio Néstor durante el juicio, la discusión escaló rápidamente.

“Se me apagó la tele”, dijo en una frase estremecedora ante los jueces al describir cómo perdió el control y atacó a Catalina.

La autopsia reveló que la joven fue asfixiada con la llamada maniobra del “mataleón”, una técnica de estrangulación con las manos, y presentaba múltiples lesiones y quemaduras posteriores a su muerte.

 

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Minutos después de privarla de la vida, Néstor cargó el cuerpo en el asiento trasero del Renault Clio y condujo hasta un descampado en el barrio Ampliación Kennedy.

Cámaras de seguridad captaron el vehículo estacionado allí durante unos 30 minutos.

En un intento desesperado por borrar pruebas, Néstor trató de prender fuego el auto con gasolina, pero las llamas no prosperaron.

Finalmente, regresó a su casa y comenzó a lavar la ropa que había usado Catalina esa noche.

En medio del caos, Catalina envió un último mensaje de voz a su novio, en el que decía con calma que estaba por llegar para organizar los turnos de bolos y reunirse con él y los demás.

Cuando no respondió más mensajes, sus seres queridos empezaron a preocuparse; la última ubicación registrada de su teléfono los llevó hasta la zona donde horas después su cuerpo fue hallado.

Durante la búsqueda, Néstor incluso llamó a la madre de Catalina para decirle que no la había visto, e incluso se unió a los familiares y amigos que recorrían la ciudad en su busca.

La presencia de alguien que, horas antes, había terminado con su vida generó un impacto devastador en todos los presentes.

 

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Cuando fue detenido e interrogado, Néstor no solo admitió que había sido la última persona con quien Catalina habló, sino que afirmó que ella era “el amor de su vida”, una declaración que, lejos de justificar sus actos, evidenció una mezcla peligrosa de obsesión y frustración.

El juicio por femicidio contra Néstor Aguilar Soto comenzó en marzo de 2025.

Testimonios forenses detallaron la violencia del ataque y descartaron cualquier otro móvil del crimen más allá de la relación personal entre víctima y victimario.

La defensa intentó minimizar la calificación del hecho y argumentó que lo ocurrido fue un trágico accidente dentro de un contexto emocional, pero estas teorías no convencieron al tribunal.

En marzo de 2025, la Cámara Criminal y Correccional de Córdoba condenó a Néstor a prisión perpetua por homicidio calificado por violencia de género y criminis causa, una de las penas más severas del sistema judicial argentino.

Los magistrados consideraron que existió una violencia machista evidente, agravada por el vínculo de confianza entre ambos y la intención de ocultar el crimen tras su comisión.

Durante el juicio, el fiscal Marcelo Sicardi describió a Néstor como “un lobo con piel de cordero”, subrayando la peligrosidad de aquel joven que supo ganarse la confianza de Catalina.

 

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La repercusión del caso traspasó las fronteras de Córdoba y generó amplias discusiones sobre la violencia de género en Argentina.

Organizaciones sociales, feministas y colectivos de derechos humanos denunciaron que el femicidio de una joven talentosa y respetada como Catalina evidenció la urgencia de enfrentar estructuralmente las conductas posesivas y la cultura de la violencia hacia las mujeres.

En palabras de activistas, “la violencia patriarcal nos sigue matando en nombre del amor”.

Familiares y amigos de Catalina califican la pérdida como una tragedia irreparable.

Su hermana, en redes sociales, compartió un mensaje desgarrador: “hermanita, no hay palabras para el dolor inmenso que siento… sigo por vos. Justicia por siempre”.

Desde el momento en que se conoció la noticia, el homenaje a su vida ha sido constante, con memoriales, tatuajes con su nombre y un clamor colectivo para que el recuerdo de Catalina perdure.

Este caso, que pasó de ser una historia de amistad y proyectos universitarios compartidos, se convirtió en un símbolo de alarma para la sociedad argentina sobre cómo la obsesión y la violencia pueden surgir silenciosamente en vínculos aparentemente normales, dejando un legado de dolor y reflexión profunda.