El FC Barcelona reaccionó tras un inicio complicado, remontó con autoridad y aseguró su clasificación directa en el Top 5, evitando rondas extra y reforzando su proyecto deportivo y económico.

 

 

La jornada europea dejó un contraste tan contundente como simbólico entre los dos grandes del fútbol español.

Mientras el FC Barcelona supo sobreponerse a sus dudas iniciales, remontar y sellar su clasificación directa entre los mejores, el Real Madrid vivió una de esas noches que marcan temporada: derrota dolorosa, expulsiones, polémica arbitral y un golpe deportivo que lo deja fuera del Top 8 tras caer ante el Benfica en un partido que acabó siendo humillante, incluso con un gol encajado del guardameta rival.

El Barça no lo tuvo fácil.

El inicio fue espeso, con errores, cierta desconexión mental y un primer golpe del Copenhague que hizo saltar las alarmas.

“Empezábamos con una pájara, con la empanada mental”, se escuchaba en la grada.

Sin embargo, el equipo de Hansi Flick no se vino abajo.

A diferencia de otros escenarios recientes, reaccionó con personalidad, ritmo y pegada.

“El Barça gana sin brillar”, pero gana, y eso terminó siendo decisivo.

La reacción llegó en modo vendaval.

Robert Lewandowski apareció cuando más se le necesitaba, Raphinha asumió galones, Lamine Yamal volvió a demostrar descaro y Marcus Rashford puso la firma a una remontada que terminó con cuatro goles.

“Necesitábamos goles y te marca Lewandowski, te marca Raphinha, te marca Lamine Yamal y te marca Marcus Rashford”, resumía el sentir azulgrana tras el pitido final.

Cuatro tantos que no solo sellaron la victoria, sino que aseguraron al Barça una posición privilegiada en la tabla, dentro del Top 5, evitando rondas extra y garantizando ingresos clave.

 

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La lectura económica tampoco pasó desapercibida.

“Esto también supone ingresos millonarios porque es mucha pasta la que nos ahorramos en jugar dos partidos extras”, se comentaba en el entorno culé, consciente de la importancia deportiva y financiera del logro.

Muy distinta fue la noche del Real Madrid.

El equipo blanco llegó al encuentro con una narrativa optimista instalada desde ciertos sectores mediáticos.

“Este equipo ha recuperado el gol”, se repetía con insistencia.

Incluso se hablaba de “vuelta al paraíso” y de un Madrid renovado, intenso y dominante.

Pero la realidad del césped fue otra.

El Benfica, dirigido por un José Mourinho al que muchos daban por amortizado, ofreció un baño táctico en toda regla.

“Me ha dado un baño táctico, me ha dado un baño en toda regla”, se escuchó con tono irónico al final del partido.

El Madrid no solo perdió, sino que dio la sensación de no saber cómo reaccionar cuando el plan inicial se vino abajo.

El golpe fue doblemente doloroso.

No solo por el resultado, sino por la forma.

El conjunto blanco encajó cuatro goles, sufrió expulsiones —primero Asencio, luego Rodrygo— y terminó viendo cómo el mundo del fútbol “les volvía a ver el plumero cuando las cosas no van como quieren”, según una de las voces más críticas de la noche.

 

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El momento más surrealista llegó con el tanto del portero del Benfica, una acción que simbolizó el desconcierto total del Madrid.

“Les ha marcado el portero, que no se enteraba ni por dónde les sopla el viento”, se comentaba entre incredulidad y sarcasmo.

Ese gol terminó de sellar una derrota que deja al equipo fuera del Top 8 y con una sensación de fracaso imposible de maquillar.

La reacción institucional y mediática tampoco sorprendió.

El arbitraje volvió a colocarse en el centro del discurso.

“Tenemos que sacar un informe contra la UEFA”, se ironizaba, anticipando un relato ya conocido.

Las protestas por penaltis, las quejas televisivas y la idea de que “están todos contra nosotros” reaparecieron con fuerza, mientras desde otros sectores se preguntaban por qué el análisis deportivo quedaba, una vez más, relegado a un segundo plano.

En paralelo, el contraste con el Barça fue evidente.

Mientras el Madrid se descomponía, Flick tomó decisiones valientes.

Sin Pedri ni Frenkie de Jong, apostó por Mark Bernal al descanso.

“Saco a Mark Bernal porque tenemos que remontar el partido”, una decisión que fue leída como una muestra de personalidad y confianza en el proyecto.

El joven respondió y el equipo creció.

 

 

 

La noche dejó también espacio para la reflexión más amplia.

“Está muy bien atacar al Barça, está muy bien exagerar e inflar la pelota”, se escuchaba, “pero tienes que acordarte de que tu equipo no juega a nada”.

Una frase que resumió el sentir de muchos tras una jornada en la que las expectativas y la realidad chocaron de frente.

El Barça, sin euforia desmedida, celebró el objetivo cumplido.

“No hay nada resuelto, hay muchas cosas por arreglar”, se reconocía, pero el golpe sobre la mesa estaba dado.

Clasificación directa, autoridad competitiva y un mensaje claro en Europa.

El Real Madrid, en cambio, cerró la noche entre lluvias, reproches y dudas.

“Tápense, porque tiene una pinta…”, advertían algunos, conscientes de que el relato optimista se había derrumbado en 90 minutos.

La Champions no perdona, y esta vez dejó un veredicto claro: mientras unos avanzan con hechos, otros vuelven a quedarse fuera del lugar reservado para los equipos que, de verdad, responden en las noches grandes.