En Caracas conviven dos realidades económicas donde algunos pueden pagar cenas de hasta 200 dólares mientras millones sobreviven con un salario mínimo equivalente a 0,34 dólares

 

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En Caracas conviven dos realidades económicas que contrastan de manera contundente.

Mientras algunos restaurantes de la capital venezolana ofrecen cenas que superan los **200 dólares**, miles de ciudadanos siguen enfrentando una situación marcada por salarios mínimos que apenas alcanzan para sobrevivir.

Ese contraste resume la compleja situación económica del país, donde los signos de apertura y recuperación conviven con una profunda brecha social.

Durante los primeros meses del año se ha extendido entre algunos sectores de la población una sensación de cambio.

La expectativa generada por nuevas dinámicas económicas y la posibilidad de cooperación energética internacional ha alimentado cierto optimismo en parte de la sociedad.

“Ya tú le ves los ojos a la gente y tienen ese brillo de esperanza”, comenta un ciudadano entrevistado en Caracas, reflejando el sentimiento que se percibe en algunas calles de la capital.

Sin embargo, esa esperanza se enfrenta con la realidad cotidiana de quienes viven con ingresos extremadamente bajos.

En Venezuela el salario mínimo oficial continúa siendo de **130 bolívares**, equivalente a unos **0,34 dólares**, una cifra que evidencia el impacto acumulado de años de inflación, devaluación y crisis económica.

Una pensionada que recibió a periodistas en su vivienda describió con crudeza la situación que enfrentan miles de venezolanos.

“Mi salario es 130 bolívares. Esos 130 bolívares no alcanzan”, explicó mientras mostraba el interior de su nevera.

Según relató, incluso los alimentos más básicos resultan difíciles de adquirir de forma regular.

“El pollo está accesible, pero la carne no. Así haya bajado un poco, no alcanza”, añadió.

 

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Las cifras respaldan ese testimonio.

De acuerdo con estimaciones de centros de análisis económico, la **canasta básica alimentaria supera los 677 dólares**, lo que significa que un trabajador necesitaría más de **1700 salarios mínimos** para cubrir el costo mensual de alimentos esenciales.

La diferencia entre ingresos y gastos refleja una brecha que continúa siendo uno de los mayores desafíos para la economía venezolana.

Al recorrer el centro de Caracas se observa una ciudad con actividad comercial, vendedores informales, pequeños negocios y personas que han regresado del interior del país o del extranjero.

En algunos establecimientos los comerciantes afirman que ciertos precios han comenzado a estabilizarse, algo que no ocurría durante los años más intensos de la crisis inflacionaria.

“Antes los precios cambiaban varias veces al día. Ahora al menos se mantienen durante más tiempo”, explica un comerciante.

Esa estabilidad relativa se atribuye, en parte, al uso del dólar como referencia en muchas transacciones comerciales, aunque no todos los establecimientos respetan exactamente la tasa oficial.

En algunas carnicerías de la capital los vendedores aseguran que ciertos productos han experimentado una reducción moderada en su precio.

“En meses anteriores la carne estaba entre 18 y 20 dólares. Hoy se viene manejando entre 10 y 11 dólares”, afirma un comerciante mientras atiende a sus clientes.

Aun así, muchos consumidores señalan que esas reducciones siguen siendo insuficientes frente al nivel de ingresos de la mayoría de la población.

 

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El contexto económico se ve influido también por los anuncios de inversión vinculados al sector energético.

Recientemente se conocieron planes de cooperación que podrían impulsar la producción petrolera venezolana y generar mayores ingresos para el país.

Desde sectores internacionales se ha señalado que el desarrollo de esa industria podría aumentar significativamente las exportaciones energéticas en los próximos años.

“Venezuela va a ganar más dinero del que jamás ganaron”, afirmó una de las voces vinculadas a los proyectos energéticos, destacando el potencial de crecimiento del sector petrolero y gasífero.

Analistas económicos consideran que el país podría experimentar una etapa de recuperación si logra consolidar inversiones, reformas financieras y nuevas políticas de apertura económica.

Algunas proyecciones incluso hablan de un posible crecimiento sostenido durante los próximos años impulsado por exportaciones de energía.

Sin embargo, expertos advierten que el verdadero desafío será trasladar ese crecimiento a los ingresos de la población.

Un economista consultado resume el problema con una pregunta clave sobre el futuro laboral de los jóvenes venezolanos.

“¿Qué expectativa de trabajo puede tener un muchacho que egresa de la universidad si los salarios siguen siendo como son?”, plantea.

 

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Esa incertidumbre define el debate actual en Venezuela.

Por un lado, existen señales de apertura económica, nuevas inversiones y expectativas de crecimiento.

Por otro, millones de ciudadanos continúan enfrentando una realidad marcada por ingresos insuficientes y dificultades para cubrir necesidades básicas.

Mientras en algunos sectores de Caracas resurgen restaurantes exclusivos y comercios orientados a consumidores con alto poder adquisitivo, en muchos hogares la preocupación diaria sigue siendo llenar la nevera.

Como resume un ciudadano entrevistado en la capital: “Si tienes un trabajo donde te pagan bien, sí puedes comprar. Pero muy poco. No puedes llenar la nevera para un mes”.

En ese contraste se refleja la situación actual del país.

Caracas aparece nuevamente en el radar económico internacional, impulsada por el potencial de su industria petrolera.

Pero en las calles, lejos de los anuncios macroeconómicos, gran parte de la población sigue esperando que esa recuperación se traduzca en mejoras concretas en su vida cotidiana.

Así, la capital venezolana continúa mostrando dos rostros distintos de una misma economía: uno que celebra oportunidades y otro que lucha por resistir día a día.

 

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