La captura de “El Doble R” en Guadalajara se realizó mediante un operativo encubierto tras identificarlo operando disfrazado como vendedor de tacos

 

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La madrugada del viernes 13 de marzo de 2026, en una calle secundaria de Guadalajara, terminó una de las operaciones de inteligencia más precisas de los últimos años en México.

El objetivo era uno de los hombres más buscados del país: “El Doble R”, presunto coordinador logístico del Cártel Jalisco Nueva Generación tras la caída de su liderazgo principal.

Lejos de los escenarios tradicionales de captura, el operativo se desarrolló en torno a un puesto de tacos callejero.

Bajo un mandil manchado de grasa y con una gorra que ocultaba parcialmente su rostro, el hombre servía alimentos a clientes nocturnos, mientras ocultaba un arma corta con silenciador entre sus pertenencias.

“No estaba huyendo, estaba camuflado”, explicó un agente involucrado en la operación.

“Ese era su último nivel de invisibilidad”.

La detención fue el resultado de una secuencia de acciones iniciadas semanas antes, tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes.

Desde entonces, fuerzas federales intensificaron operativos simultáneos que debilitaron la estructura del cártel: decomiso de armamento, aseguramiento de aeronaves y cateos a propiedades vinculadas a la organización.

“El cerco se fue cerrando día a día”, señaló una fuente de inteligencia.

“Cada operativo eliminaba una salida posible”.

 

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Dentro de ese contexto, “El Doble R” emergió como una figura clave.

No era un sicario común, sino el responsable de coordinar rutas, contactos y mecanismos financieros que mantenían operativa la organización.

Su nombre apareció en servidores cifrados incautados en operativos previos, lo que permitió a las autoridades construir su perfil y rastrear su ubicación.

Durante once días, tres líneas de investigación avanzaron en paralelo: análisis de datos digitales, interrogatorios a detenidos y monitoreo tecnológico de dispositivos encriptados.

Todos los caminos convergieron en la zona sur de Guadalajara.

La noche del 12 de marzo, drones de vigilancia detectaron un elemento inusual: un puesto de tacos instalado sin historial previo en una calle de baja circulación.

Lo que llamó la atención no fue el negocio en sí, sino su entorno.

Cuatro individuos se encontraban en posiciones estratégicas, con patrones de vigilancia que no correspondían a clientes comunes.

“Estaban protegiendo algo, no comprando comida”, explicó un analista.

Los sensores térmicos confirmaron la sospecha.

La firma corporal del vendedor indicaba la presencia de un objeto metálico en el torso.

Al mismo tiempo, el rastreo de señales ubicó un dispositivo encriptado activo en ese punto exacto.

 

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El entonces secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, recibió el informe consolidado y ordenó una intervención inmediata bajo una premisa clara: evitar enfrentamientos y proteger a civiles.

La estrategia fue inusual.

Agentes encubiertos, vestidos como ciudadanos comunes, se acercaron al puesto en intervalos controlados.

“Pidieron tacos como cualquier cliente”, relató un elemento operativo.

“Era la única forma de acercarse sin activar sospechas”.

Durante casi 20 minutos, los agentes se posicionaron alrededor del objetivo mientras drones y equipos terrestres mantenían vigilancia constante.

La señal de intervención fue tan simple como precisa: una orden codificada para solicitar “tacos de lengua”.

En cuestión de segundos, el operativo se activó.

Vehículos cerraron la calle, helicópteros descendieron a baja altura y los escoltas periféricos fueron neutralizados simultáneamente.

“El Doble R” intentó reaccionar.

“Metió la mano al mandil”, describió un agente.

“Pero no llegó a sacar el arma”.

Fue reducido sin disparos, esposado en el suelo aún con el mandil puesto, mientras la plancha de gas seguía encendida.

La escena reflejaba el contraste entre su rol dentro del cártel y su último intento de ocultamiento.

 

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El aseguramiento del carrito reveló evidencia clave: un arma calibre 9 mm con silenciador, cargadores adicionales, dinero en efectivo en distintas divisas, un pasaporte falso y un dispositivo encriptado oculto en la caja de condimentos.

Además, se localizaron compartimentos ocultos en la estructura metálica.

En uno de ellos, un dispositivo USB contenía información estratégica: nombres codificados de células activas, rutas de transporte alternas y contactos financieros internacionales.

“Era un plan de reconstrucción”, afirmaron investigadores.

“Un intento de reorganizar lo que quedaba del cártel”.

Las autoridades confirmaron que el detenido había operado el puesto durante al menos cuatro días en distintas ubicaciones, utilizando la actividad como cobertura móvil.

“No era improvisación”, señaló un analista.

“Era adaptación a la presión operativa”.

El operativo dejó un saldo de nueve personas fallecidas en acciones relacionadas y doce detenidos en distintos puntos vinculados a la red.

La captura de “El Doble R” representa un golpe significativo a la capacidad de reorganización del CJNG.

En círculos de seguridad, el caso es interpretado como un ejemplo del nivel de infiltración y adaptabilidad de las organizaciones criminales, pero también de la capacidad de respuesta de las instituciones.

“Esto no es solo una captura”, concluyó un funcionario.

“Es el cierre de un ciclo operativo que tomó semanas, pero que redefine el tablero completo”.