Antes del descubrimiento del petróleo, Irán destacaba por su esplendor cultural y artístico bajo los Safávidas

En el año 1908, durante el reinado del Eshá Abas el Grande, Irán era un país que deslumbraba al mundo con su esplendor.
Isfáhan, la capital del imperio Safávida, era considerada por muchos como “la mitad del mundo”.
Sus impresionantes plazas, como la de Nakash Exyahan, rodeada de palacios, bazares y mezquitas, eran testigos del auge cultural y artístico que vivía Persia.
A lo largo de los siglos X y XVI, el arte persa alcanzó su apogeo, con miniaturas, alfombras y caligrafía que se convirtieron en símbolos de una época dorada.
Sin embargo, la historia de Irán dio un giro drástico cuando los británicos descubrieron petróleo en 1908.
Este hallazgo no solo transformaría la economía del país, sino que también cambiaría su estructura política y social.
La población, que en aquel entonces rondaba los 5 a 6 millones de habitantes, creció vertiginosamente hasta los 93 millones en la actualidad.
El país, antes gobernado por la dinastía Qajar, vio cómo su destino se entrelazaba con los intereses de potencias extranjeras.
El Shah Nacer al-Din, quien reinó entre 1848 y 1896, fue una figura clave en esta transición.
Aunque introdujo tecnologías modernas como el telégrafo y la fotografía, su gobierno estuvo marcado por la corrupción y la insatisfacción popular.
“El pueblo ya no puede soportar más, estamos cansados de ver cómo se venden nuestros recursos”, solía decir un comerciante de Teherán, reflejando el descontento que crecía entre la población.

En 1890, el Shah otorgó una concesión de tabaco a un británico que provocó una revuelta popular.
La mayoría de los iraníes preferían prescindir del pan antes que del tabaco, y la indignación fue tal que el clero, liderado por el gran ayatolá Mirza Shirazi, emitió una fatua que prohibía su consumo.
“No podemos permitir que un extranjero controle nuestros recursos”, clamaban los manifestantes en las calles de Teherán.
La situación se tornó más compleja con la concesión Ruter de 1872, que otorgaba derechos sobre casi todos los recursos de Persia a un empresario británico.
La indignación pública fue tal que el acuerdo tuvo que ser cancelado.
“¿Cómo es posible que un forastero tenga más derechos sobre nuestra tierra que nosotros mismos?”, se preguntaba un líder local, reflejando el sentimiento nacionalista que comenzaba a surgir.
La llegada de los británicos y su interés por el petróleo también significó la división de Persia en zonas de influencia entre Gran Bretaña y Rusia, un acuerdo secreto que no consultó a los persas.
“Nos tratan como si fuéramos piezas de ajedrez en un juego que no entendemos”, lamentaba un intelectual de la época.
Este contexto de intervención extranjera y explotación de recursos llevó a la Revolución Constitucional persa entre 1905 y 1911, un movimiento que buscaba limitar el poder del Shah y establecer un parlamento.
El Shah Mosafar al-Din, que asumió el trono tras el asesinato de su padre, se vio obligado a aceptar la creación de un parlamento en 1906.
“Es hora de que el pueblo tenga voz”, proclamó durante la inauguración, aunque su salud frágil y su falta de habilidades políticas pronto lo llevarían a la ineficacia.
La Asamblea Constituyente, que se reunió por primera vez en octubre de ese año, marcó un hito en la historia del país, convirtiéndose en el primer parlamento del mundo islámico.

La influencia del clero chiita también comenzó a crecer, convirtiéndose en un poder paralelo al del monarca.
“La fe de nuestro pueblo no puede ser ignorada”, afirmaba un clérigo en un discurso que resonaba en las mezquitas y en las calles.
A medida que la modernización avanzaba, la resistencia a la influencia extranjera se intensificaba, y la población comenzó a unirse en torno a líderes religiosos que abogaban por un Irán soberano.
El auge de la industria de las alfombras, que pasó de 1,000 a 65,000 tejedores en una sola generación, simbolizaba un cambio en la economía local y un intento de recuperar la identidad nacional.
“Nuestras alfombras cuentan la historia de nuestra cultura y nuestra resistencia”, decían los artesanos en sus talleres.
Irán, un país de rica historia y cultura, se encontraba en una encrucijada.
La llegada del petróleo y la intervención británica no solo transformaron su economía, sino que también despertaron un sentido de identidad nacional que perdura hasta hoy.
“Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, advertían los intelectuales, un recordatorio de la importancia de recordar y aprender del pasado.

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