El escritor Arturo Pérez-Reverte califica de intolerable la gestión de Fernando Grande-Marlaska tras la muerte de dos guardias civiles en Huelva, acusándolo de abandonar material y moralmente a los agentes frente a la violencia del narcotráfico

La tragedia ha vuelto a teñir de luto el uniforme de la Guardia Civil, y con ella, ha estallado una tormenta de indignación que apunta directamente al corazón del Ministerio del Interior.
Tras el fallecimiento de dos agentes en las costas de Huelva durante una persecución contra el narcotráfico, el silencio cómplice de las instituciones ha sido roto por la voz más afilada de las letras españolas.
Arturo Pérez-Reverte, académico y escritor, ha salido a la palestra para ejecutar una ejecución dialéctica contra Fernando Grande-Marlaska, calificando su gestión de “intolerable” y denunciando un desamparo que ya no solo es material, sino profundamente moral.
Con su habitual estilo directo y sin concesiones, Reverte ha puesto el dedo en la llaga de una realidad sangrienta.
El escritor ha ridiculizado la figura del ministro, definiéndolo con una amargura punzante como “el ministro de las condecoraciones a título póstumo”.
Según el académico, el Gobierno solo se acuerda de los agentes cuando ya es demasiado tarde para salvarles la vida, prefiriendo el brillo de las medallas sobre el pecho de los ataúdes que la inversión real en patrulleras y blindaje jurídico.
Esta crítica no es una hipérbole literaria; es el reflejo de una estadística espeluznante: bajo el mandato de Marlaska se han registrado ya 244 ataques contra los agentes, una cifra que acredita la ineficacia criminal de un Ministerio que parece haber entregado las llaves del Estrecho al crimen organizado.
La indignación en el seno de los cuerpos de seguridad es un clamor que hiela la sangre.
Mientras el narcotráfico aumenta su violencia y agresividad con embarcaciones que superan en potencia a cualquier medio oficial, los agentes se ven obligados a combatir en una situación de inferioridad técnica vergonzosa.
El portavoz de Jucil en Cádiz lo resumió con una crudeza que no admite matices: “Nos abandonan”.
Esta sensación de orfandad institucional es lo que ha prendido la mecha de una rebelión que ya no pide diálogo, sino dimisiones inmediatas.
Desde organizaciones como Jusapol y Jucil, la respuesta ha sido tajante.
No perdonan la resistencia del ministro a declarar su trabajo como “profesión de riesgo” ni su negativa a cumplir con una equiparación salarial real.
La permanencia de Marlaska en el cargo es vista por los sindicatos policiales como un ejercicio de “supervivencia rastrera”, una metáfora de la resistencia desesperada de Pedro Sánchez por mantener el poder a toda costa.
“Este ministro no puede estar ni un minuto más. Se agarra al sillón como una garrapata”, denuncian voces desde el colectivo policial en redes sociales, vinculando su desidia con la de un Ejecutivo que parece más preocupado por el acercamiento de presos de ETA que por la seguridad de quienes pisan el barro.

Pérez-Reverte, que conoce bien la psicología del hombre que se juega la vida en la frontera, habla de una falta de “higiene moral”.
Para el escritor, dejar a la Guardia Civil en una situación de inferioridad humana frente a los narcos es una traición al Estado de derecho.
La tragedia de Huelva no es un accidente fortuito, sino la consecuencia lógica de años de desmantelamiento de unidades de élite y de la ignorancia sistemática de las peticiones de auxilio que llegaban desde el sur.
Marlaska ha preferido la complacencia política antes que la protección de sus hombres, permitiendo que el narco le gane la partida al Estado en una humillación pública sin precedentes.
El descrédito del ministro es hoy un clamor que une a intelectuales, agentes de a pie y ciudadanos que asisten atónitos al espectáculo de la desidia.
Ya no hay margen para las excusas ni para los pésames de cartón piedra en Twitter.
El abandono material es evidente en cada motor averiado y en cada lancha que no arranca; el abandono moral es palpable en cada desplante del ministro a las familias de los caídos.
Cada día que Grande-Marlaska pasa al frente del Ministerio del Interior es interpretado por los cuerpos de seguridad como un insulto directo a la memoria de los que ya no volverán a casa.
La figura del titular de Interior ha quedado reducida a la de un gestor negligente, un político que ha perdido el respeto de aquellos a quienes dirige.
La rebelión contra Marlaska no es una cuestión de siglas, sino de supervivencia.
Como ha dejado claro Pérez-Reverte, un país que permite que sus defensores mueran por falta de medios mientras su ministro se dedica a la cosmética política es un país que está perdiendo su integridad.
La cuenta atrás para Marlaska parece haber comenzado, empujada por el peso de los muertos y por el juicio implacable de una sociedad que, por fin, ha decidido no callar ante la infamia.

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