Amaya Uranga se convirtió en la voz emblemática de Mocedades, llevando al mundo éxitos como Eres tú que la hicieron reconocida internacionalmente

 

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María Icíar Amaya Uranga Amézaga nació en Bilbao el 18 de febrero de 1947 en el seno de una familia donde la música era tan natural como el aire que se respira en el norte de España, hija mayor de nueve hermanos y con el canto profundamente arraigado desde la infancia.

Su prodigiosa voz, primero en los coros escolares y luego como parte de tríos familiares, acabó por conformar lo que sería uno de los grupos más entrañables de la música hispana: Mocedades.

Fue la principal voz solista de esta agrupación durante casi dos décadas, llevando éxitos inmortales como “Eres tú” —que obtuvo un memorable segundo puesto en el Festival de Eurovisión 1973 y se convirtió en himno internacional— o “Tómame o déjame”, marcando a toda una generación con su tono grave, melodioso y distintivo.

En sus años con Mocedades, el grupo pasó de ser un conjunto de jóvenes entusiastas a iconos de la música pop y folk, recorriendo escenarios de España, Europa y América Latina con un repertorio que combinaba armonías vocales, sensibilidad y una presencia escénica sobria pero profundamente expresiva.

La relación con el productor Juan Carlos Calderón fue crucial: fue él quien transformó Voces y Guitarras en Mocedades y potenció el talento de Amaya para conquistar audiencias de todos los rincones.

 

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Sin embargo, tras años de giras intensas, grabaciones constantes y una presión artística agotadora, Amaya tomó una decisión que sorprendió a muchos: en 1984 decidió dejar Mocedades para buscar un ritmo de vida más tranquilo, alejado del bullicio del espectáculo y atendiendo más a asuntos personales y familiares.

«Cuando me bajé del tren de Mocedades estaba muy cansada. No dejé la música sino el mundo del espectáculo», recordaría años más tarde, reflejando su necesidad de un respiro tras quince años de carrera imparable.

Su salida no significó un adiós a la música.

En 1986 presentó su primer álbum en solitario, Volver, explorando boleros y versiones que mostraban su versatilidad interpretativa más allá de los grandes hits con su antiguo grupo.

A pesar de que estos proyectos en solitario no alcanzaron el impacto masivo de Mocedades, consolidaron su propuesta personal y su amor por géneros diversos.

Más adelante, temas como Lilura Urdinak, grabado en su lengua vasca natal, reflejaron su conexión con sus raíces culturales.

 

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La década de los noventa marcó un nuevo capítulo: Amaya aceptó la propuesta de sus antiguos compañeros y familiares para formar El Consorcio, un grupo que recuperaba la memoria musical española y vasca de décadas pasadas.

Junto a Estíbaliz, Iñaki Uranga, Carlos Zubiaga y el ya fallecido Sergio Blanco, este nuevo conjunto musical refortaleció la identidad artística de sus integrantes y rindió homenaje a estilos clásicos con elegancia y respeto, manteniendo viva la conexión con su historia musical compartida.

Aunque con los años Amaya ha preferido un perfil más sosegado, su voz sigue siendo un referente imborrable en la música en español.

En entrevistas recientes, con más de setenta años de trayectoria, ella misma ha reconocido que “la música es la mejor forma de expresarme, aunque no sea autora”, y que siempre ha sentido que su arte continúa siendo su motivo para seguir adelante, incluso a pesar de no haber alcanzado “una meta definitiva” en su carrera.

Este enfoque sincero revela a una artista que no ha dejado de reinventarse, aunque siempre con la misma pasión de aquellos primeros días en Bilbao.

Hoy, Amaya Uranga continúa siendo recordada no solo por su papel en uno de los mayores éxitos de la música europea del siglo XX, sino también por una carrera que ha sabido combinar la profundidad emotiva de su voz con una búsqueda constante de significado personal en cada nota.

Su legado perdura, y su historia inspira tanto a quienes crecieron con sus canciones como a nuevas generaciones que descubren su música.

 

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