Desde la cárcel La Picota, un excomandante vinculado al antiguo bloque Oriental de las FARC ofrece su versión sobre hechos clave del conflicto armado en Caquetá y responde a las acusaciones que lo relacionan con crímenes de alto impacto

Daniel Bolaños Trujillo, conocido en los expedientes judiciales y en la guerra como alias Muelas o alias Diván, volvió al centro del debate público tras hablar ante cámaras desde la cárcel La Picota de Bogotá, donde enfrenta un nuevo proceso mientras arrastra un largo historial de señalamientos por su antigua pertenencia a las FARC.
Su nombre aparece desde hace años ligado a estructuras del antiguo bloque Oriental y, en particular, a la columna móvil Teófilo Forero, el mismo aparato armado que las autoridades han vinculado con el secuestro y asesinato del entonces gobernador del Caquetá, Luis Francisco Cuéllar, ocurrido en diciembre de 2009.
En la entrevista, Bolaños no negó su paso por la guerrilla ni su cercanía con mandos históricos.
“Conocí a alias el Paisa. Sí, claro, lo conocí. Él era el jefe inmediato mío”, dijo, en una frase que condensa buena parte de su trayectoria dentro de una organización que durante años ejerció control armado en vastas zonas del sur del país.
También relató que ingresó siendo apenas un adolescente.
“Aún no recuerdo bien, pero creo que en una edad de 12, 13 años máximo”, afirmó.
Su testimonio insiste en una idea que ha acompañado a muchos relatos del conflicto colombiano: la normalización de la guerra en territorios donde la presencia del Estado fue precaria durante décadas.

El nombre de alias Muelas genera especial conmoción por su relación histórica con el caso Cuéllar.
El 21 de diciembre de 2009, el gobernador fue secuestrado en su residencia en Florencia en una operación armada que conmocionó al país; un día después, las autoridades confirmaron que había sido asesinado en zona rural del departamento.
Desde entonces, la hipótesis central de las investigaciones ha apuntado a la columna Teófilo Forero.
En su declaración reciente, Bolaños admitió que aparece en esos expedientes, pero trató de fijar un límite sobre su responsabilidad individual.
“Yo aparezco en esos expedientes y en esas investigaciones porque finalmente eso del gobernador lo realizó la columna Teófilo Forero a la cual yo pertenecía”, sostuvo.
La frase no equivale a una confesión del crimen, pero sí vuelve a poner su nombre junto a uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente de Caquetá.
Su situación judicial, además, se ha vuelto más compleja en los últimos años.
En febrero de 2025, la Fiscalía informó que judicializó a Daniel Bolaños Trujillo como presunto cabecilla del bloque Jorge Briceño Suárez de las disidencias de las FARC, con injerencia en San Vicente del Caguán, Puerto Rico y Florencia.

Según esa imputación, estaría vinculado a concierto para delinquir agravado y a actividades como narcotráfico, extorsiones, amenazas, homicidios y compra de armas.
La Fiscalía sostuvo que habría hecho parte de esa estructura desde 2018 y que, para 2023, presuntamente coordinaba la comercialización de pasta base de coca y el cobro de supuestos impuestos en la zona.
Él rechazó de plano esa narrativa.
“Es una calumnia a raíz de la estigmatización por lo que yo fui. Soy firmante de paz”, aseguró.
La defensa del excomandante sostiene precisamente que el expediente actual está contaminado por esa carga simbólica.
Su abogado ha argumentado que varios señalamientos no corresponden a hechos posteriores a la firma del Acuerdo de Paz y que parte del caso responde a un “montaje”.
Ese pulso entre la justicia ordinaria y la justicia transicional ya aparece reflejado en decisiones de la JEP.
En 2023, la Sala de Amnistía o Indulto declaró no amnistiable una conducta de homicidio agravado atribuida a Bolaños dentro de un proceso en Caquetá, pero al mismo tiempo le concedió libertad condicionada o provisional por esos mismos hechos y remitió actuaciones para el seguimiento correspondiente.
Ese antecedente muestra que su situación jurídica está lejos de una conclusión definitiva y que su nombre sigue orbitando entre beneficios transicionales, procesos pendientes y nuevas imputaciones.
Desde la cárcel, Bolaños intenta también construir una imagen distinta a la del hombre temido en los montes del Caquetá.
Se presenta como artesano, esposo y padre, y su entorno familiar refuerza esa versión íntima de su historia.
Pero ni esa dimensión doméstica ni su discurso político logran borrar el peso de su pasado.
Cuando se le preguntó si se arrepiente, respondió con una frase de tono seco y revelador: “Siempre hemos dicho a las víctimas, perdón por todo lo que se ha causado, pero arrepentirme como tal, no”.
En esa respuesta conviven el reconocimiento del daño y la negativa a asumir un lenguaje pleno de contrición, una ambigüedad que explica por qué su figura sigue dividiendo a Colombia entre quienes lo ven como un actor armado responsable de crímenes graves y quienes lo consideran también producto brutal de una guerra que reclutó niños, arrasó territorios y dejó cicatrices todavía abiertas.
Hoy, alias Muelas no habla desde la selva sino desde una celda, pero cada una de sus frases vuelve a tocar fibras sensibles de una región que todavía no termina de procesar su pasado.
Su voz reaparece cuando el país sigue discutiendo cuánto de verdad, cuánto de justicia y cuánto de reparación ha logrado construir tras la firma de la paz.
Y mientras él insiste en que es inocente de lo que hoy le imputan, el recuerdo del asesinato de Luis Francisco Cuéllar y la sombra persistente de la Teófilo Forero impiden que su nombre sea solo el de un excombatiente que quiere reescribir su historia.
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